Jueves 20.06.2019 | 01:02 hs


06-06-2019 / Un experto del ‘decrecimiento’ estuvo en Paraná

Otra filosofía de vida, para evitar un perjuicio mayor

Mientras la civilización baila sobre la cubierta de un imaginario Titanic, el español Carlos Taibo, firme partidario del anarquismo, el decrecimiento, la democracia directa y la autogestión, sugiere a los pueblos del sur que no reproduzcan irreflexivamente las ideas de progreso y bienestar del norte.

Mirador Entre Ríos
redaccion-er@miradorprovincial.com

De visita a la Argentina para participar del III Encuentro latinoamericano y europeo sobre edificaciones y comunidades sostenibles, que tuvo lugar en Paraná y Santa Fe, el catedrático español Carlos Taibo no deja de expresarse esperanzado -pese a toda la evidencia existente- en que la Humanidad abandonará a tiempo la idea de una vida atada al consumo ilimitado que ha dejado a la especie al borde de un colapso general. Su propuesta, que encuentra una síntesis en la propuesta “vivir mejor con menos”, rechaza el atajo de que con algunos tips “saludables” y/o “verdes” se alcanzará un desarrollo “sustentable” y, en cambio, advierte sobre el agotamiento de recursos energéticos, el deterioro del medio ambiente y la cada vez mayor presión demográfica. En diálogo con MIRADOR ENTRE RÍOS, Taibo desafía a pensar en la recuperación de hábitos de vida perdidos, relaciones sociales abandonadas y valores basados en principios diferentes.
Muy bien dispuesto, conceptual, durante la conversación Taibo surge que está instaurada culturalmente esa convicción según la cual el crecimiento sostenido es una marca de progreso de nuestro tiempo. Y que, sin embargo, esa carrera, que derivó en una brecha terrible entre los que no saben qué más consumir y los que no logran juntarse con lo elemental para supervivir. El comentario fue, de hecho, el comienzo de la entrevista formal. “¿Hay maneras de evitar la crisis civilizatoria, a nivel humano y ambiental?”, se consulta. “A medida que el tiempo va pasando la respuesta más convincente a esa pregunta es que no”, prologa Taibo, mientras parece lamentarse por el gesto con el que acompañó la intervención. “Cuando me plantean si vamos a esquivar el riesgo de un colapso general del sistema respondo que intuitivamente mi respuesta es negativa y que lo que está a nuestro alcance son formas de mitigar las manifestaciones de algunas de sus concreciones más negativas y postergar un poco en el tiempo esa manifestación”, sostiene, no sin agregar que “me temo que el panorama se ha ido cerrando al calor ante todo del cambio climático y el agotamiento de todas las materias primas energéticas que empleamos”.

–¿Es el crecimiento en sí mismo el responsable de esta situación o es el modo en que ha ido asumiendo?

–Es un todo compacto. En cualquier caso, hay muchas supersticiones que rodean al crecimiento económico.

–Podemos repasar algunas…

–Se nos viene a decir en todas partes que allí donde hay crecimiento económico hay cohesión social, servicios públicos razonablemente asentados y niveles altos de consumo, mientras la pobreza, la desigualdad y el desempleo no ganan terreno.

Siempre he dicho que, a mi entender, sobran las razones para recelar de todas estas supersticiones: el crecimiento económico no genera necesariamente cohesión social, guarda una relación muy liviana con la generación de puestos de trabajo, se traduce muy a menudo en agresiones medioambientales literalmente irreversibles y propicia el agotamiento de recursos básicos que no van a estar a disposición de las generaciones venideras. Además, los países ricos beben en un grado u otro del expolio de recursos humanos y materiales de los que no lo son tanto y, en fin, en el terreno individual, se materializa a partir de la ilusión óptica que nos hace pensar que seremos más felices cuantos más bienes acertemos a consumir.

Planteos

–¿Qué proponen las teorías del decrecimiento?

–Básicamente, señala que los países ricos del norte opulento –subrayo esta dimensión- tenemos inexorablemente que reducir los niveles de producción y de consumo. Pero también tenemos que hacer otras muchas cosas.

–¿Por ejemplo?

–Recuperar la vida social que hemos ido dilapidando, obsesionados como estamos por la lógica de la producción y del consumo; apostar por fórmulas de ocio creativo, no mercantilizadas; repartir el trabajo; reducir las infraestructuras de las muchas que hoy utilizamos; restaurar la vida local, en un escenario de búsqueda de expresiones de democracia directa y autogestión y, en el terreno individual, apostar por la sobriedad y la sencillez voluntarias. Creo que estas seis recomendaciones que acabo de realizar son de aplicación también en los países del sur.

–¿No es un riesgo que en el sur creamos que el dispendio no es nuestro sino del norte y, entonces, nos convenzamos de que es allá donde se deben producir los reajustes?

–La mayor parte de los teóricos del decrecimiento no están pidiendo que decrezcan los países del sur, sino que crezcan de otra manera, que no imiten de manera mecánica el sinfín de callejones sin salida a los que hemos llegado en el norte rico. En todo caso, que procuren una fórmula de crecimiento que probablemente y en muchas de sus dimensiones refleje la voluntad de recuperar elementos de la vida tradicional de muchos de los pueblos originarios que, históricamente, han mantenido una relación fluida con el medio natural.

En realidad, sospecho que por detrás de muchas de las manifestaciones de la perspectiva del decrecimiento está la idea de que en el norte rico tenemos que imitar muchos de los hábitos estas comunidades humanas que hemos descripto como primitivas y atrasadas y que, sin embargo, atesoran una riqueza de sabiduría popular muy apreciables.

–Así las cosas, pese a que por aquí envidiamos el crecimiento del norte, ¿los países del sur nos terminamos encontrando en una situación de ventaja?

–Al menos en lo que respecta al colapso, no me cabe ninguna duda. He dicho muchas veces en España, donde vivo, cuando tengo la oportunidad de hablar de estas materias en comarcas tradicionalmente deprimidas, que son paradójicamente las que mejor van a sobrellevar los problemas en el escenario del colapso. ¿Por qué? Porque son las menos dependientes de tecnologías y de energías que, por definición, tienen que llegar de muy lejos.

Naturalmente, a esta paradoja conviene administrarla prudentemente y discernirla en sus distintos elementos; pero, en efecto, la situación argentina en este terreno es probablemente preferible a la de muchos otros países, acaso más desarrollados, que son hiperdependientes en materia de energía y de tecnologías.

Filosofías

Taibo plantea algo más allá de lo estrictamente económico. Su programa no se circunscribe a la producción por ejemplo de alimentos, con independencia de que es notablemente más conveniente elaborarlos en la proximidad de donde residen las comunidades. “Lo que dice la teoría del decrecimiento es que le prestamos demasiada atención a los bienes materiales y que nos desentendemos usualmente de los bienes relacionales”, señala, al acotar que “cualquier persona moderadamente consciente sabe que una vez satisfechas las necesidades básicas –lo que es muy importante- nuestro bienestar tiene más que ver con el acrecentamiento de nuestras relaciones personales que con la multiplicación de los bienes de consumo”.

–La expresión “necesidades básicas” es polisémica, de todos modos…

–Es verdad. Es un concepto más difuso que lo que en principio puede parecer. Vuelvo sobre ella, entonces, porque no son las mismas las de alguien que tiene 70 años de edad y las de un adolescente; las de los habitantes del medio rural o del medio urbano. De tal suerte, admito de buen grado que el concepto precisaría matizaciones.

–La cementarización y la concentración de unidades habitacionales en superficies cada vez más pequeñas son características del modelo de ciudad en boga. ¿Qué alternativa plantea la perspectiva del decrecimiento?

–Como cuestión de fondo, reivindica una reruralización y una desurbanización de nuestras sociedades. Pero, a título provisional, lo que reclama es ante todo la voluntad de difuminar un tanto los límites entre el medio urbano y el medio rural.

Mire, a principios del siglo XX el 90% de las verduras que se consumían en la ciudad de París se plantaban en la propia capital francesa. Este horizonte está completamente alejado de los medios urbanos que conocemos hoy y que sin embargo revela la necesidad de empezar a desvanecer estos límites que infelizmente hoy son demasiado claros entre el medio urbano y el rural.

–Muchas veces se piensa más en dotar de servicios a los bordes de las ciudades, donde suelen residir los expulsados del campo, que en imaginar políticas que los arraiguen al área rural…

–No luce como una decisión acertada. Tal vez en el corto plazo genere efectos saludables, no lo niego; pero mi impresión es que debemos apostar con seriedad a reruralizar las sociedades y recuperar muchos de los elementos de sabiduría popular que lamentablemente hemos ido perdiendo.

Creo, por lo demás, que todo el mundo sabe que hace varias décadas atrás, muchos de nuestros abuelos o bisabuelos abandonaron el medio rural para pasar a vivir en las ciudades, en las que entendían legítimamente que el escenario era más habitable. Hoy, me parece a mí que las personas que son moderadamente conscientes de un colapso general del sistema saben que una de las pocas respuestas efectivas pasa por reconstruir esa vida rural a la que hemos sometido a agresiones infames en un período de tiempo extremadamente breve.

Horizontes

–¿Hay una estimación más o menos precisa en relación a cuándo podría acontecer el colapso que usted y otros intelectuales plantean?

–Las personas que a mi entender seriamente dominan la materia (aclaro que no me incluyo entre ellas) afirman que el colapso no es para dentro de 100 o 150 años. El período crítico al que tenemos que prestar atención es el que separa el 2020 del 2050, es decir que está a la vuelta de la esquina.

En ese colapso se dan cita dos elementos ya mencionados: el cambio climático y el agotamiento de todas las materias primas energéticas. Pero se suman en la argumentación otras crisis que, aparentemente menores, podrían oficiar sin embargo como multiplicadores de las tensiones: estoy hablando de la crisis demográfica, que castiga en singular a determinadas regiones del planeta; de la crisis social, cuyos perfiles todos conocemos; de la crisis de los cuidados que se manifestará en una previsible expansión de las enfermedades; de la crisis financiera que puede acrecentar la caotización en todo el planeta y, en fin -y por dejarlo ahí-, en la proliferación de violencias varias entre las cuales se cuentan las que asuman las formas de genuinas guerras de rapiña, en virtud de las cuales las grandes potencias buscarán las materias primas que les faltan.

–En relación a la crisis demográfica, ¿la cuestión es dónde se radica la población o el problema es la cantidad de habitantes en función de los recursos disponibles?

–El discurso dominante nos dice que la crisis demográfica afortunadamente se haya en vías de resolución, toda vez que la tasa de crecimiento de la población planetaria se va reduciendo. Creo que no es un argumento muy tranquilizador porque si hoy tenemos graves problemas con 7.600 millones de habitantes, cuántos inconvenientes más tendremos en 40 o 50 años si, según los pronósticos oficiales, la población llegara a ubicarse entre los 10.000 u 11.000 millones de seres humanos en un escenario lastrado por las condiciones ya descriptas.

Esto nos conduce a una pregunta básica: cuántos seres humanos puede mantener el planeta tierra. Siempre digo que la única respuesta solvente a esta pregunta es: depende.

–¿Depende de qué?

–De qué modelo de ser humano tengamos en mente. Si estamos pensando en los niveles de consumo de un campesino de Burkina Faso o de Mali la Tierra da para mantener a 23.000 millones de habitantes; ahora si pensamos en los niveles de consumo de un madrileño, un barcelonés o un porteño que viaja una vez al año a Cancún y otra a las Islas Seychelles, la Tierra apenas si puede mantener a 800 millones de personas. De tal forma que es imprescindible que definamos cuál es el modelo político, social, económico y ecológico que tenemos en mente.

Ecofascismos

–¿Qué plantea el decrecimiento en torno al control de la natalidad?

–La mayoría de las escuelas en efecto plantean políticas de control de la natalidad que debo subrayar, sin embargo, nada tienen que ver con lo que algunos autores empiezan a describir como ecofascismo, que es un proyecto de marginación consciente y en su caso de exterminio de buena parte de la población planetaria. Pero si la teoría del decrecimiento en términos generales afirma que si vivimos en un planeta con recursos limitados no tiene sentido que aspiremos a seguir creciendo ilimitadamente, estamos obligados a extender el peso de este argumento a la propia discusión demográfica.

Paradojas

No deja de ser una formidable paradoja advertir que en la cúspide del dominio de la ciencia y la técnica, la Humanidad esté en condiciones de producir su propia extinción. “Esto es así”, remarca Taibo, como no pudiéndolo creer. “La era llamada del Antropoceno, en la que nos encontramos, se caracteriza por una inconsciencia dramática en lo que respecta a nuestra conducta, materializada en un sistema enloquecido llamado capitalismo, que funciona infelizmente con una lógica cortoplacista aberrante y que parece olvidar cuáles son nuestros deberes en relación con el planeta Tierra”, describe, no sin hacer notar que “admito de buen grado que la lectura inicial tiene que ser muy pesimista pero conservo alguna esperanza que nace de la capacidad y lucidez de la especie humana y a que los países del norte aprendamos algunas prácticas del sur y que, en países como Argentina, valoren mejor la sabiduría de los pueblos originarios”.


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