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27-06-2019 / Viñeta urbana

La Toma Vieja, un área verde totalmente desaprovechada

Poco honor le hace la caracterización de “camping” a las inmensas posibilidades de esparcimiento, recreación, entrenamiento deportivo y educación no formal que ofrece el predio de lo que fuera la primera toma de agua de Paraná, la vieja, que instalara un tal James Anderson, a finales del siglo XIX.

Mirador Entre Ríos
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Ubicado en el extremo norte de Blas Parera, el solar es aprovechado mejor durante el verano, por las piletas, y se convierte en activo panal los domingos por el atractivo del sector de asadores. Pero el resto del tiempo es un área desaprovechada, envuelta en una quietud sólo interrumpida por empleados municipales y por algunos deportistas, sobre todo corredores, que usan los circuitos para practicar. Mejor oxigenación, más pura, difícilmente encuentren.

Una ciudad mejor pensada, podría integrar temáticamente a una constelación de espacios tales como el Parque Urquiza, el Parque Varisco, el Paseo de Bajada Grande, el Paseo Jardín “Marcelino Román”, el Parque Gazzano y el Parque Botánico, por citar tal vez los más destacados. Nuevas misiones, funciones acordes a los tiempos que corren, le podrían imprimir otro carácter a lugares que hoy por hoy no proponen demasiado, salvo ser puntos de encuentro donde los eventuales usuarios intuyen que habrá un entorno natural, con todo lo que ello significa para la salud incluso mental.

Otra idea de ciudad

Y el salto de calidad podría proponer otra forma de vida que mejore la convivencia, desde el cuidado del agua, la protección de la fauna regional, el descubrimiento de la flora autóctona, el conocimiento del río y su riqueza múltiple, la toma de una mayor conciencia en torno a la producción, gestión y tratamiento de los residuos, de la propia ciudad con su cultura, su historia, su institucionalidad, su realidad topográfica, sus nodos de desarrollo y también sus desafíos y –cómo no– de la producción científica a partir de una trama de organizaciones clave donde no puede faltar la universidad pública.

Ese salto de calidad en las propuestas está en condiciones de recrear otro sentido de pertenencia en el residente y ofrecerle razones concretas para permanecer un tiempo más a los visitantes. Si hoy se asume como irremediable que estas áreas deben conformarse con el pasivo rol de ser depósitos ocasionales de grupos humanos que –con su mesita y sus sillones– buscan pasar un momento agradable y a la que se espera con el pasto corto y los baños oliendo a lavandina, una propuesta superadora consistiría en capitalizar la presencia de tantas carreras educativas y de gestión cultural, para imaginar –desde estos enclaves– espacios donde se juegue y se descubra, se conozca y se valore, se integre y se apueste al trabajo en equipo y se revierta la rutina sedentaria. Y, por sobre todas las cosas, salir en busca de los ciudadanos, no sólo aguardar a que lleguen.

Condiciones

En esa galaxia la Toma Vieja debería tener un papel clave. Hoy atesora un arbolado tupido, cierta sectorización (asadores, canchas, miradores, senderos, lugares con sombra para matear) aportados en buena medida por la antigua conformación espacial, de cuando era el primer eslabón en la cadena de producción de agua potable.

Lo que predomina es una sensación de abandono gubernamental, que el aporte de los trabajadores por mantener las cosas lo mejor posible no alcanza a disimular: asadores rotos o remendados, juegos para niños antiquísimos (de metal y madera, muchos de ellos sin reparar), instalaciones eléctricas deficientes, profundos desniveles en el terreno surcados por robustas raíces y un pavimento repleto de pozos que en algún sector se pierde y se transforma sólo en un mejorado. Los viejos aros de cemento que, semienterrados, delimitan las áreas de circulación vehicular no cubran toda la extensión de los caminos. La cartelería es inexistente, no sólo en cuanto no se informa qué hubo allí hasta mediados del siglo XX, sino porque no hay indicaciones para caminantes, corredores o ciclistas. No hay, de hecho, evidencias de ninguna noción de circuito, de los tantos posibles.

Desde uno de los puntos más altos de la ciudad, la vista al río y sus islas es magnífica, aguas arriba y abajo. Pero el aporte humano para el mejor disfrute de ese patrimonio agreste es nulo. Un sistema de escaleras que lleva al río luce discontinuo por movimientos de la barranca y también inseguro, muchas veces invadido por la brava vegetación o por montañas de basura. El abandono de los miradores se percibe ya en la pintura resquebrajada y se comprueba al pisar las maderas.

Rediseño

En uno de los tantos solares por donde aparecen perros moviendo la cola, podrían instalarse cabañas y, con ellas, un servicio de proveeduría que supere la oferta de “vecinos” que han roto la alambrada perimetral y con carteles ofrecen, sobre todo bebidas.

Desde el “camping” se ingresa a un complejo residencial, con puerta corrediza que se activa mediante control remoto y cámara de vigilancia montada sobre postes erigidos en terrenos de pública propiedad.

Un par de notas sobre los accesos

Con radicaciones urbanas permanentes, ese tramo norte de Blas Parera merece una jerarquización. Y lo mismo para Ambrosetti, la paralela a Avenida Uranga, que es el otro camino que lleva a la Toma Vieja. En mapas de hace algunos años puede verse que hasta allí (Blas Parera y Ambrosetti) en algún momento llegó la ciudad. Hoy ese sector ribereño se ha visto conmovido por un boom inmobiliario, con casas que dan cuenta de un desigual patrón de ingresos, y a la que la ciudad –por la razón que fuere– no acompañó con infraestructura vial adecuada. En fin, hay mucho por hacer en toda esa sección.


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