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11-07-2019 / Crónica de viaje

El culo del mundo

Llegar a Erice, a 750 metros de altura, en Sicilia, por un camino en zigzag desde el llano de la isla, tiene lo suyo. Uno se pregunta, en estos sitios, con 40°C de temperatura qué hace aquí.


Raúl “Bigote” Acosta
redaccion@miradorprovincial.com


El mar se acerca y se aleja y el conductor no puede hacer otra cosa que atender los reclamos de curva y contra curva. A veces uno desea mirar fotografías. No es mejor, pero clava el tiempo en el paisaje. El retrato en la mesa de noche.

Este es el Siglo XXI y los datos confirman que en el Siglo VII ya hay certeza de gente que vivió en esas alturas, subiendo de un modo diferente. Hay que saber subir o tener un solo destino. Ése. La cima del Monte San Giuliano. Un cartel sobre un muro de piedras montadas sobre sí, indica que en el Siglo VIII se hizo (la pared) y sigo en la duda del cómo fue que se hizo.

El vicio periodístico de las preguntas lleva a la historia que suma invasiones de Normandos, pueblos que ya estaban, otros que llegaron, antiguos templos que podríamos llamar paganos. pero por qué hacerlo si al calificar estamos condenando. Otras religiones. Mujeres sacerdotisas que pagaban con sexo la comida. Nada lejano al más oscuro día de hoy. Y los eternos. Los fenicios. La sal. El mar de la civilización occidental dándole al contorno del monte la epopeya de seguir, de subir, de conquistar. También de quedarse.

Quién habrá estado aquí en el 1492, cuando dos acontecimientos sacuden España. El decreto echando a los judíos y Cristóforo Colombo. Quién cuando Napoleón. Quién habrá sido amigo de Torquemada.

Quién en agosto de 1945, cuando Hiroshima. Así todo. Las Cruzadas, la caída de Constantinopla. Si por aquí estuvieron, los fenicios trajeron todo. Dinero, interés, propiedad. Si estuvieron los españoles, un patio interior tan español (árabe, tan árabe, tan moro). De hecho estuvieron. Es cierto que las alturas permiten ver tierra en el continente. Túnez. También el Etna, ese volcán tan siciliano.

Esas calles de piedras con una flecha del tiempo tan diferente que desafiarían a Einstein y la fisión atómica se sostienen, apenas pulidas, desafiantes. Allí están abrillantándose en una ciudad con diseño medieval, premedieval.

Hoy cuesta subir. Hace 1.200, acaso 1.300 años atrás, la razón indica los imposibles. Subir y construir castillos, torres, iglesias. Los imposibles se ven. Defender a Erice hasta la última gota de sangre. No pasarán. Quién, cuántas veces, por qué. Invierno. Verano. No hay imposibles. Parece a simple vista.

“Fa caldo”
Este verano quien quiera invadir Erice puede. No encontrará en mí resistencia alguna. En sus pobladores naturales tampoco. “Fa caldo”.

Las puertas de las casas, las puertas mas antiguas de casas muy antiguas, son angostas y bajas, casas con pocas ventanas, en muchos casos ninguna.

En mitad de una de esas callejuelas que doblan y se quedan curvas una casa abierta y el nombre Ristorante. Entramos. “Los tulipanes” Ristorante.

Un aire levemente más suave, en fin, que se soportaba. Un mostrador al frente, otro en el lateral. Dos escalones y al pie la caja que vigila los dos mostradores y la puerta. Los Tulipanes. Preguntamos si estaba abierto. Dijo sí la señora de la caja. Entramos, nos sentamos. El lugar más fresco era al lado de la caja.

Entre la caja y el mostrador, tres mesas. La señora de la caja atendía el teléfono, las confituras, las pastillas de un minikiosco alrededor suyo y escuchaba los gritos de los mozos hacia la cocina. De aquel lado de uno de los mostradores, el que estaba frontal a la puerta, otras tres mesas. Poco. Los baños hacia arriba. Escalera. Uno solo. Uso múltiple.

Pedí dos torrejas de arroz con relleno de salmón. Arancini le dicen. Para ellos esos buñuelos o torrejas constituyen un plato típico. Después pez espada a la parrilla. Agua con gas. Un pan.

La señora miraba la mesa. Dove sei. Argentinos. Ahà mal la cosa en Argentina eh... Sí, mal, me oí contestar. Aquí también me dijo en ese idioma que es un italiano mordido con palabras que nunca entenderé. Hablando se entiende la gente, pero más por señas y ganas de entenderse. El mundo es global. Debería usar el traductor múltiple del telefonito. En Italia sería demasiado.

El mozo trajo juntas las croquetas de arroz con un centro de salmón molido y verduras que no era reprochable. No estaba embebido en aceite. Eso salva bastante las cosas. Después el pez espada con los alambres marcados. Bien a la parrilla.

Con la segunda agua con gas nos miramos con la señora, adicionista y jefa del lugar. Cuántos años tiene. Muchos, me dijo. Menos que yo, le aseguré. Sesenta y nueve dijo, primero con los dedos, después con ese idioma. Le mostré mi anillo con el número 75. Tiene nietos, le pregunté. Del figlio mayor dos, uno de 13 y otro de 8, jubilada pregunté, pensionada de mi marido, pero no alcanza. Atendió un pedido telefónico. Cobró la cuenta con el tarjetero portátil, que todos los restaurantes poseen. Con todos los sistemas de pago con tarjeta. Con batería, con buena conexión. Sin pedir domicilio ni teléfono porque se sabe, si autoriza el pago es que tiene fondos y, si tiene fondos, el vendedor cobra y chau.

El otro figlio uno de 4 años y otro de 3 meses, me indicó por señas. Y agregué la seña de limpiarme la baba en la comisura de los labios por el bambino. Sí, me dijo. El hijo más grande trabaja en Ristorante Massimo en la otra calle y su hijo primero ayuda en el ferragosto. El más chico no.

En la gelatería y cafetería mi otro hijo y su mujer. ¿Usted dónde vive..?; enfrente, me dijo. Una de esas casas... y señaló una de esas puertas pequeñas, pequeñas... ¿Viajó?, le pregunté. A Roma, al Vaticano y a Milano. Para qué, no me agrada. Vive bien. No, exactamente dijo: “ma... no”. Y sonrió.

Toda la familia en el negocio de la comida, dije en mi italiano del neorrealismo, Fellini, Gassman y el gran Marcelo Mastroianni. Sí, me contestó y suspiró. No hay lunes ni descanso. Hay turistas. Teléfono. Televisión. Teléfono de línea. De 40 grados a cero. Siempre viento.

¿Nacida aquí? Sí. ¿Es feliz?, le pregunté. “Ma... no”. En voz baja, pero segura agregó: la felicidad es la vida y eso es todo. ¿Va a misa..? un poco, por qué no.

Massima sonrió. Me dio el recibo y saludó. Siguió trabajando. No revisé la cuenta. La vida sigue. Para ella. Para todos.

La felicidad es la vida
En el descenso confié en el conductor como se confía en los pilotos de los aviones. Si se equivocan morirán con nosotros, no hay salvación individual en algunos casos.

Pensé en los inmigrantes que vinieron de tantos lados. Alguno seguro de esa zona de Sicilia. En los que, más cercanos, todavía vienen a las ciudades a lo mismo. La felicidad es la vida y eso es todo. Es la imprecación que la deuda provoca. Hay que darles vida. Buscan eso.

Allá, en el culo del mundo lo entienden. Massima no tiene dinero ni busca fama. Come, duerme, trabaja, tiene hijos, nietos.

Para muchos argentinos, inmigrantes perdidos en su territorio, definitivamente perdidos ellos, sus hijos, sus nietos, sería bueno que pudiesen llegar al menos a eso, al más lejano y extraño lugar. Sería la felicidad que ya dijo la veterana. La felicidad es la vida.

Dispénseme la brutalidad. Argentina, hoy, para muchos, más de lo tolerable, ni siquiera es el culo del mundo. Como dijese Federico: “e la nave va”.




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