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22-08-2019 / Literatura deportiva

El lápiz clandestino de Juan

El escritor paranaense Juan Henares, radicado en Colonia Avellaneda, presenta dos relatos con tintes deportivos de su obra Lápiz Clandestino, su primer libro de cuentos: Cuestión de Prioridades y La orden.

Cuestión de prioridades

Apuntó a la rapada cabeza, y con toda su fuerza lanzó la piedra; como el juez de línea corría a la par del delantero que llevaba la pelota, el proyectil cayó a varios metros de distancia. Al ver que había errado su tiro, gritó a viva voz:

—¡Pero si no fue orsai! ¿Qué cobrás animal?

Por supuesto, entre tanto bochinche el lineman ni se enteró del grito. El que lo escuchó fue otro hincha que estaba a su lado, quien tranquilamente le contestó:

—Ramírez estaba adelantado.

Andrés le devolvió una furibunda mirada, como si fuera su enemigo, a punto de golpearlo; el estruendo de miles de gargantas que gritaban ¡penal! lo hicieron olvidar instantáneamente su propósito. Dio vuelta la cabeza, miró la cancha y notó que el juego continuaba, ya que el referee no cobró la falta. Cinco minutos después, en medio de un concierto de insultos, el encargado de impartir justicia dio por finalizado el encuentro. Se quedó en la tribuna, embroncado por la derrota, tirando piedras y botellas a los integrantes de la hinchada visitante, quienes intentaban salir rápido del estadio. Ya afuera, junto a una veintena de fanáticos, se tomó a golpes con unos pocos simpatizantes del equipo ganador; no era cuestión de perder también en la calle. Luego, tomaron varias cervezas heladas en un bar cercano al estadio.

Cerca de la medianoche llegó a su casa, borracho y con restos de sangre en la cara; su mujer se enojó mucho. Tras una corta discusión ella le pidió:

—Por favor comé algo, bañate y acostate, que mañana tenés que ir temprano a trabajar —le recordó que el alquiler estaba vencido, y que habían recibido los avisos de corte por atraso en el pago de las facturas de cable, electricidad y teléfono.

Se levantó media hora tarde; en el tren insultó a un joven que llevaba puesta la camiseta del club rival. Al llegar al trabajo su patrón lo estaba esperando impaciente en la puerta del local; lo recibió con un tajante:

—Otra vez tarde.

No hubo respuesta, solo una mirada al piso. Ante su silencio, el dueño volvió a la carga:

—Me cansaste, no aguanto más tu irresponsabilidad, ¡estás despedido!

Andrés lo miró como un niño que acaba de cometer una travesura y no sabe de qué forma disculparse.

—Perdón jefe —atinó a murmurar tímido y asustado. No discutió, protestó ni intentó cambiar la situación; dio media vuelta y regresó, cabizbajo, por el mismo lugar que había llegado.

Pocas cuadras más adelante encontró a un viejo amigo.

—¿Cómo estás Andrés?

Ofuscado le contestó:

—¿Y cómo voy a estar? ¡Para la mierda! Perdimos, ¡nos robaron un penal!

Muy molesto, continuó por su camino.


La orden

Don Carlo es como mi padre, gracias a él estoy hoy aquí; cambió mi destino, sino hubiera terminado mis días encerrado en la cárcel. De pibe me la pasaba de pelea en pelea, tanto en la escuela —llegué solo hasta tercer grado— como en el barrio. Pero me rescató del reformatorio para menores en el que me habían encerrado y me llevó a trabajar a su lado; Don Carlo me dio una razón para vivir. Le debo todo.

Muchos le temen, lo llaman el mafioso del barrio, y tienen razón. Se dedica a la venta de drogas, a la quiniela clandestina y es dueño de la mayoría de los bares y prostíbulos de la zona; tiene arreglos con la policía y con los ladrones, maneja los negocios sucios de gran parte de la ciudad. Lo he visto matar gente con sus propias manos, pues estuve a su lado en varios de esos momentos. En cierto punto, yo también le temo.

Una tarde me dijo que debía dedicarme al boxeo, ya que con la fuerza que tenía y sus contactos llegaría a ser campeón. Así que le hice caso —sus consejos son órdenes—, entrené muy fuerte durante estos últimos años, y después de un invicto de veinte combates ganados hoy es mi gran día.

Mi viejita está orgullosa, tiene guardados todos los recortes que hablan de mí. De la cárcel al estrellato es el título de su nota preferida, a color y doble página en El Gráfico. Ahora está sentada en primera fila, espera ver a su hijo ganar la corona nacional de los pesos pesados. Soy su vida —todo lo que tiene— y su deseo mayor es colocarme el cinturón de campeón.

Estoy solo en el camarín, en treinta minutos llegará el gran momento. Desde el estadio se escuchan los gritos de la gente; la mayoría corea mi nombre, nadie duda que seré el campeón. Yo tampoco. Me pongo el pantalón, luego las botas, ato los cordones y de pronto se abre la puerta de la pequeña sala. Es Don Carlo, acompañado de sus guardaespaldas que no se separan en ningún momento de su lado. Está alegre, lleva puesto un traje bordó —con camisa azul y corbata amarilla— que se hizo confeccionar exclusivamente para esta ocasión. Se acerca y me palmea, me recuerda los años que llevamos juntos, todo lo que ha hecho por mí y la fidelidad que le debo. Se lo agradezco.

De pronto me dice que las apuestas están nueve a uno a mi favor, y que esta noche el gran negocio es mi derrota; debo pelear hasta el último round, y ahí tirarme a la lona. Me quedo mudo, es el golpe más fuerte que me han dado en toda mi carrera de boxeador; me abraza y explica que no tengo que hacerme problema: la revancha vendrá en poco tiempo y ahí seré el campeón. Se retira con su séquito y quedo solo de nuevo; no puedo contener las lágrimas. Tengo mucha bronca, pero se que son las reglas de juego: a Don Carlo no se lo traiciona; gracias a él estoy en este lugar y lo más importante es su negocio. Mi gloria deberá esperar. Aprieto los dientes, me pongo la bata, aviso a mi entrenador que estoy listo, y junto a los auxiliares salgo hacia el ring.

Subo al cuadrilátero, el estadio está colmado; en el ringside resalta la figura de Don Carlo con su mujer, una joven de veinte años —hermosa rubia— llena de joyas. Sentados junto a ellos los custodios. Unos metros al costado, mi madre; la noto emocionada, es su día soñado. Pobre, cuando me vea caer… ¿Cómo le voy a explicar la derrota? Esto la matará.

Está todo listo; nos presentan al público, hay un bullicio ensordecedor.

—¡Segundos afuera! —ordena el árbitro, tras lo cual viene el saludo con mi rival. Me mira fijo y noto en su rostro una risa burlona, pues ya sabe lo que va a suceder. Suena la campana y esa sonrisa no se borra: se me ríe en la cara. Pienso en mi madre, y con todas mis fuerzas lanzo un cross de derecha directo a la mandíbula. Como fulminado por un rayo cae a la lona, no se levanta más.

—¡Knock-out! —gritan enardecidos todos en el estadio.
Todos menos Don Carlo.


Juan Luis Henares, nacido en 1963 en la ciudad de Paraná, Provincia de Entre Ríos; desde 2012 vive en Colonia Avellaneda. Es Profesor en Ciencias Sociales y da clases en escuelas secundarias. Jugador de basquetbol en su adolescencia (Hindú Club, Recreativo B.C. y selecciones paranaenses varias), subcampeón Entrerriano Superior de Ajedrez en 1990 (jugando para el Círculo Paranaense de Ajedrez) y ganador de varios torneos locales, trabajó como periodista deportivo en los programas Turbodeportes en FM Río, Tribuna deportiva en LT14 y en el Diario Hora Cero. En 2004 con el ensayo “Treinta mil imprescindibles” obtuvo el Primer Premio en el “Concurso Entrerriano de Ensayos Memorias y Dictadura”, organizado por UNER y UADER, ensayo que fue publicado en el libro “Recorridos de las Memorias”, Paraná, 2006, comenzando en ese momento a escribir notas sobre temas sociales en la revista “El colectivo”. Desde el año 2015 escribe cuentos y relatos, algunos de los cuales han obtenido premios y menciones, y otros han sido publicados en diferentes antologías y páginas web de Argentina, España, Cuba, México, Uruguay, Canadá y Estados Unidos. En agosto de 2018 fue publicado su primer libro de cuentos y relatos (“Lápiz clandestino”, Ana Editorial, Paraná, 2018).


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