Lunes 23.09.2019 | 16:56 hs


10-09-2019 / La opinión de tres curas del noroeste de la ciudad de Santa Fe

Compleja situación social: "Si antes faltaba calidad en la comida, ahora falta la comida"

Los efectos de la crisis en un sector de la ciudad ya inmerso en una pobreza estructural que, en la voz de tres referentes, se afianza desde hace 30 años.


Nancy Balza
redaccion@miradorprovincial.com


“La pobreza estructural es una deuda de la dirigencia política de hace 30 años”. En esa frase, potente y directa, coinciden José Milesi, Axel Arguinchona y Marcelo Blanche, curas que desarrollan su tarea pastoral en el noroeste de la ciudad y que observan todos los días cómo se deteriora la situación económica y social de sus comunidades. Comunidades donde las necesidades se multiplican y amplifican, porque a las carencias básicas se suman temas de infraestructura que complican todavía más la vida cotidiana: la falta de luminarias, de cloacas y gas natural; el estado de las calles; la ausencia de transporte público en algunos sectores. Y donde todos los indicadores económicos golpean de la peor forma: “Si antes faltaba la calidad en la comida, ahora falta la comida”, sintetizan.

Los tres sacerdotes aceptaron la invitación a conversar con este diario sobre una situación que conocen del día a día. La charla fue en la casa parroquial de San Agustín, un espacio por donde circuló el mate y alguna que otra chanza, pero claramente predominó la preocupación por un panorama que se complicó mucho más con las últimas (malas) noticias económicas, y que tiene una base estructural difícil de modificar sin una decisión firme del Estado. En esto coincidieron Arguinchona, anfitrión del encuentro; Milesi, párroco de Nuestra Señora de las Américas que “pivotea” entre los barrios Brigadier López, Acería, Loyola, Santo Domingo, Los Troncos y Las Lomas, y Blanche, de Yapeyú.

En el intercambio, que sumó la voz de Silvina De Pierro, de Cáritas San Agustín, fueron desfilando las carencias del amplio sector que compone el límite noroeste de esta capital: desde la falta de servicios de transporte público en Las Lomas, hasta las obras públicas que se “paralizaron” después de las elecciones provinciales y municipales y que antes aseguraban trabajo a gente de la zona; desde la necesidad de reforzar la asistencia alimentaria los fines de semana en algunos puntos, hasta las distancias que hay que transitar para comprar la garrafa social y los madrugones para acceder a la atención médica en un efector público.

Pero también se habló de la solidaridad de la gente (“que podría ser mayor”, aseguran) y del trabajo en red que posibilita una respuesta común a las dificultades individuales.

Pobreza estructural
Para Milesi, está claro que “la pobreza se hizo estructural” y los barrios “no han crecido para nada, ni siquiera desde el punto de vista social o civil: falta iluminación, barrido, limpieza y calles por las que se pueda transitar”. Le preocupa especialmente la situación en Las Lomas, “un barrio excluido de la sociedad, donde ni siquiera entra el transporte urbano y el más cercano pasa por Blas Parera, a casi 2.000 metros. Para la gente es imposible acceder a los servicios y beneficios que tiene el resto de la sociedad, y la inseguridad agrava toda esta situación que venimos contando desde hace tiempo”.

El sacerdote es taxativo: “Todos los años, los curas que estamos en esta zona elevamos la voz, pero siempre encontramos poca respuesta de parte de las autoridades públicas. No ha habido un empeño, por lo menos en lo que se ve y más allá de algunas obras. Porque se habla de los desagües, pero ése es un beneficio para toda la sociedad. Más allá de eso no han habido grandes obras que modifiquen la realidad de pobreza estructural en los barrios”.

En este marco, la crisis económica no hace más que agravar un panorama complejo.

- ¿Cómo se vive o se sobrevive en semejante contexto?
- Se sobrevive como se puede, a veces brota la generosidad de la gente. Pero lo cierto es que hubo que aumentar el auxilio en lo indispensable y así fue como en la capilla de barrio Las Lomas funciona un comedor y copa de leche los sábados y domingos, y en la capilla Itatí una copa de leche. El refuerzo es para los fines de semana porque durante la semana hay instituciones educativas que tienen, en su mayoría, comedores. El fin de semana es cuando el hambre se vuelve más acuciante y si bien hay adultos que también se acercan a pedir, la mirada está más enfocada en la niñez y la adolescencia.

La semana pasada se tuvo un diálogo con Desarrollo Social que permitió que vislumbren la situación desde nuestro parecer. Es una realidad difícil en la provincia y el país, pero habrá que enfocar los ingresos para aquellas cosas que son esenciales para la vida. Y la alimentación es una de ellas.

- ¿Dependen mucho de la solidaridad de la gente?
- La Iglesia siempre se nutrió en su mayoría de la solidaridad de la gente, que colabora en forma desinteresada, más que del Estado. Al Estado tenemos que recriminarle que esta pobreza estructural lleva, al menos, 30 años. Es una deuda que tiene la dirigencia política y ha llevado a que este sector de la sociedad viva en cierta anomia, cierta libertad de reglas y de estructuras, ha fomentado el tema de la delincuencia, el narcotráfico, robos, una violencia que es más patente. Porque si bien es cierto que toda la sociedad se volvió más violenta, las formas agresivas son patentes en los barrios marginales. Basta con mirar el índice de homicidios en esta zona comparado con otro sector, fruto de la desesperanza, de la desidia de la dirigencia política, la falta de promoción de una verdadera educación que transforme a las personas. Todos estos factores hacen este “combo”. Y salir de esta situación requerirá el compromiso de todos, no solamente de una parte.

El trabajo en red
Arguinchona volvió a la capital provincial el 15 de diciembre del año pasado para hacerse cargo de la parroquia de San Agustín, luego de más de tres años en la ciudad de Esperanza. Cuando se le pregunta con qué se encontró al llegar al barrio, no duda en celebrar que “la gente es cálida y afectiva” y en evaluar que “es hermoso tardar una hora y media para hacer 100 metros”, cálculo que es fácil de confirmar si se lo acompaña cuando sale a la calle.

Pero admite que es una comunidad “con muchos inconvenientes y dificultades, aunque con muchas ganas de compartir”, y si bien ya conocía esta zona de la ciudad, asegura que “no es lo mismo que estar aquí todos los días”.

Fiel a su tarea de evangelizador dice que “lo primero que tenemos que recordar es que la pobreza más grande es la ausencia de Dios en el corazón”. Y después “acompañar en los dolores de todos los días, los desencuentros intrafamiliares y extrafamiliares entre las personas, la falta de trabajo”, a sabiendas de que “uno tiene que llevar esa palabra de fortaleza y esperanza sabiendo que estar unidos es muy importante”. “Sabemos que la única manera de salir adelante es provocando la unidad en el encuentro, reconociendo que somos diferentes”, dice para dejar en claro que la invitación es a personas de su propia y de distinta fe.

Allí destaca el trabajo en red que protagonizan en el barrio todas las instituciones, oficiales y no oficiales. “Todos los meses nos reunimos y cada uno aporta su granito de arena para construir un barrio mejor”.

- ¿Cómo se logra ese encuentro cuando las necesidades son tantas y tan urgentes?
- En primer lugar, lo importante es encontrarse con las personas, mirarlas a los ojos, compartir la vida, preguntar qué les está pasando interiormente. La gente sabe que no tenemos soluciones a todos los problemas, pero que siempre van a estar las puertas abiertas y que tratamos de direccionar las ayudas, porque hay temas que corresponden al Estado. Hay que invitar a la gente a ser partícipe de barrio nuevo y que pongan a disposición de la comunidad lo que son y lo que tienen, por poco que sea. Porque nadie es tan rico que no necesite a los demás, pero nadie es tan pobre que no tenga algo para compartir.

La distancia
Blanche pasó de El Trébol (departamento San Martín) a barrio Yapeyú, donde se hizo cargo de la tarea pastoral el 15 de diciembre pasado. “Ya sabía que la demanda iba a ser importante”, dice el cura, que no duda en que “el problema es la distancia: éste es el límite norte de la ciudad de Santa Fe (noroeste, para ser precisos) y, más allá de la necesidad de comida, hay un tema con la salud porque todo nos queda lejos. Entonces, para hacerte un estudio tenés que ir a las 4 de la mañana y a veces no llegás a tiempo”.

A su opinión se suma el resto: “El Sayago y el Mira y López están desbordados”, dice Blanche y en sus palabras resume parte de los efectos de la crisis actual que multiplica la demanda en efectores públicos. “Hay gente de Las Lomas que no conoce el centro de la ciudad”, sumará Milesi. “Una mujer puede llegar a padecer alguna complicación en su embarazo y, si está sola, le va a resultar más difícil conseguir un turno”, sumará De Pierro.

Aun así, Blanche reconoce la contención fundamental que representa la escuela de su barrio, a la que define como “un espacio donde dignifican a las personas, más allá de las carencias materiales”. E invita a caminar el barrio “como anónimo” para saber cómo son las cosas en el noroeste, que también forma parte de “la capital de la provincia invencible de Santa Fe”.

¿Emergencia?

Sobre el pedido de declaración de emergencia alimentaria, los sacerdotes son claros, pero prudentes: “Queremos una solución a la situación de los barrios, pero que el tema no se use políticamente”. “Nosotros vemos necesidad en la gente y de alimentos. Si se subsana sin necesidad de declarar la emergencia, bien. Pero si es necesario declarar algo para que se puedan resolver los problemas... Todo depende de la voluntad de la dirigencia política”, apunta José Milesi.

Para Axel Arguinchona, el tema va un poco más allá: “La Pastoral Social propuso la declaración de la emergencia alimentaria y nutricional”, remarca. “Acá ocurre lo mismo que en una casa de familia: es una redistribución del dinero. No se están buscando más impuestos, sino redistribuir lo que se tiene y privilegiar la comida con nutrición”.

En cualquier caso los tres sacerdotes coincidieron en que, “si el Estado nacional no actualiza sus partidas desde 2016, no podemos seguir de la misma manera. Hay que buscar soluciones de fondo, pero en este momento en que hay hambre, tenemos que salir al encuentro de esa necesidad concreta y que la ayuda llegue a los más necesitados”.

En cascada

En la casa parroquial donde se produce este diálogo hay objetos y prendas que en algún momento tendrán otro destino, el de personas con mayores necesidades que aquellas que decidieron donarlos. “Como llegan las donaciones, se van”, asegura Silvina De Pierro, de la Cáritas de San Agustín. Y apunta que esos elementos “se reparten y se visita a las familias, pero hay personas que no están conformes y piden ‘cosas buenas’ que acá no llegan”.

Sobre ese tema, José Milesi apunta que “a veces la gente no comprende que Cáritas es una institución que nace de la Iglesia y de la caridad, y que todo lo que puede dar es lo que recibe”. Eso sí, “se espera que la gente done elementos que sean usables, no que haga un despojo de su ropero o de su alacena”, advierte como para dejar en claro que soltar no es lo mismo que subestimar. E inmediatamente confirma lo que dicen las estadísticas: “La clase media también está afectada por la crisis, y ese sector también sufre la pérdida de empleos y de recursos. Entonces, el aporte que antes podían brindar, ahora resulta imposible”.

“Acá la responsabilidad primera siempre va a ser del Estado; todas las instituciones trataremos de apoyar y de brindar lo nuestro, pero sin el Estado es difícil subsanar una carencia que abarca a un 30 % de la población argentina”. José Milesi, párroco de Nuestra Sra. de las Américas.

“Esta es una pobreza dentro de las paredes de una casa, pero también afuera, porque nos cuesta tener un barrio con la luminaria suficiente, las calles en condiciones y sin cloacas en pleno siglo XXI”. Axel Arguinchona, párroco de San Agustín.

“Para entender cómo es esto hay que venir, ‘de anónimo’, y caminar. Ahí se ve cómo hace la gente para conseguir cada cosa. Pero hay que venir para entender”. Marcelo Blanche, párroco de Yapeyú.




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