Viernes 18.10.2019 | 23:39 hs


17-09-2019 / Entrevista a Emilce Parga

“Ser artista es una decisión”

La primera vez que subió a un escenario lo hizo con muchas dudas y algo de pudor, pero un par de miradas la aprobaron en el momento justo e hicieron que la artista naciera. Con casi 30 años bailó en escenarios de muchas provincias del país y del exterior. Cada verano, Parga brilla en el corsódromo de Gualeguaychú.

Sabina Melchiori
redaccion-er@miradorprovincial.com

Su primer escenario fueron las gradas de un club, durante una cena a la que había ido en familia. Subió cuando la canción “Ojos así” de Shakira ya había empezado, pero aún así logró hacerse lugar entre las otras niñas que bailaban desinhibidas. A la canción la conocía porque, encerrada en su habitación, solía imitar el movimiento de caderas con estilo odalisca de la colombiana. “Todavía puedo cerrar los ojos y revivir esa conversación interna que tuve: ¿Subo o no subo?; ¿voy o no voy?; ¿me animo o me quedo mirando como las demás bailan? Lo más fuerte fue haber visto que estaba siendo vista. Mis papás estaban en la pista, quietos, mirando lo que yo hacía. Y cuando percibí eso, apareció una nueva conversación: ¿Dejo de hacer esto y me siento llena de vergüenza o me dejo ver? Y decidí dejarme ver”, rememoró Emilce Parga, una destacada artista de Gualeguaychú.

Hoy, a la distancia y con una carrera consolidada como bailarina, coach, docente y terapeuta corporal, define aquel momento como un “cruce de umbral”, en el que puso en valor su coraje y la valentía de estar vulnerable ante la mirada de su mamá y su papá. “Ser artista es una decisión, definitivamente”, reflexionó en una entrevista con Mirador Entre Ríos.

Entremedio, como es habitual, pasaron muchas cosas. El camino nunca es tan claro y menos cuando se trata de decidir ser artista. Aparecieron los miedos (propios y ajenos), los deseos, sueños, la confusión, alguna enfermedad, los mandatos sociales y su interés por la literatura, la psicología y el deporte. “Y finalmente un hermano como lo es Emanuel me trajo con su ejemplo la claridad que necesitaba, esa claridad elevada, casi dictada por la divinidad. Se trataba del propósito de mi vida, de responder al llamado de ser bailarina, artista”, analizó, y agregó: “Ahora puedo ver que nuestro contexto familiar es un gran generador de oportunidades. Es el micro mundo que nos llena de valentía o de miedo, donde encontramos las herramientas, por presencia o por carencia para salir al mundo; es el círculo que nos genera la confianza para arriesgarnos. Una parte de quien soy tiene que ver con todos ellos”.

Escenarios del mundo

—Hoy sos una gran estrella en el carnaval de Gualeguaychú, pero también te has destacado en otros escenarios...

—Gracias a la vida, a mi dedicación y a personas que fueron puentes, bailé en un montón de escenarios. Mi amado teatro Gualeguaychú, Baradero, Cosquín, otros escenarios de la provincia de Entre Ríos, Córdoba, Buenos Aires y Tucumán. El sambódromo, el Marqués de Sapucaí, y en las giras por Europa: España, Portugal, Finlandia, Londres, Estonia y los escenarios frente a los lagos. La música de mi país, la comunicación corporal que trasciende el idioma, la posibilidad de contar en movimiento. Todo ha sido una gran celebración y un gran regalo. Aunque creo especialmente que el corsódromo de Gualeguaychú va a conmoverme para siempre.

—¿Qué géneros musicales bailás? ¿Cuál te da más satisfacciones y cuáles te gustaría aprender?

—Aprendí muchos estilos y géneros. Empecé bailando árabe y fueron como diez años de estar con eso copándome la vida (risas). Empecé de chica también a bailar folklore y jazz. Cuando me fui a vivir a Córdoba, mientras estudiaba Letras, empecé a bailar salsa, mambo, bachata y en Buenos Aires hice un instructorado con dos bailarines que admiro mucho: Mumy Coto y Carlos Aragón. Allá por el 2014 me enamoré del tango y apareció Cacho Dinzel, el primer maestro que cambió la historia de mi danza y me revolucionó la vida junto a Marina Gubbay y Déborah Kalmar, hija de Patricia Stokoe, creadora de la expresión corporal en Argentina. Después empecé con el zapateo en la compañía de Koki y Pajarín Saavera y el folklore volvió a tener protagonismo en mis días. 

Actualmente sigo tomando clases con otros referentes del folklore y el zapateo además de los maestros santiagueños, entre ellos Javier Gardella (mi actual compañero de la vida) y el Polaco Pastorive.

Hace 5 años, me dedico casi con exclusividad al “Samba no pé”, y mis viajes a Río de Janeiro me abrieron la puerta a grandes maestros cariocas del género.

—¿Quiénes son tus ejemplos a seguir?

—La verdad me gusta decir que hay personas que me inspiran, pero no hay caminos que quiera seguir, porque entiendo que el camino es singular. Cada maestro antes mencionado ha hecho un aporte fundamental en mi historia corporal y personal. Los elegí por reveladores, por investigadores, todos han trascendido el movimiento, todos han sido filósofos de la danza, por distintos, por auténticos, por perseverantes, por luminosos. Me han alumbrado el cuerpo y la vida con coherencia. Todos han entregado y entregan sus dones al mundo. Se hacen cargo, se expresan con libertad, con contenido, con propósito. Todos respondieron al llamado, tomaron su talento y lo comparten desde la profundidad de su pulso. No tengo más que palabras de agradecimiento, quiero —como ellos— dejar huellas hondas que abran espacio y enciendan chispas.

Luego aparecieron otros maestros: los médicos ayurvédicos, terapeutas ayurvédicos, coaches ontológicos, terapeutas tántricas, astrólogas, hechiceras y sanadores. Y mi vida tomó más sentido, porque empecé a sentir la danza como una posibilidad de evolución para el alma, la danza evolutiva, el cuerpo físico mental y emocional como el gran maestro.

—Sabemos que también sos coach ontológico ¿Cómo vinculás esto con la danza o la enseñanza del baile?

—¡Ay, qué linda pregunta! Puedo decir que no sé cómo sería no vincularlo todo. No puedo dividir los aprendizajes, porque todo lo que he recibido ya se encarnó. La alquimia es permanente: la bailarina, nutre a la docente, a la terapeuta, a la estudiante de astrología, y a la coach; y así cada una de las etiquetas de las que me hago cargo. Lo que tengo claro es que lo que me interesa es la evolución, los vínculos, el cuerpo, las emociones, el cerebro, la profundidad y la transformación. 

Entiendo el estado de aprendizaje en el aula/salón como “el estar siendo” del que hablamos en el coaching, veo en mis estudiantes una coherencia de lenguaje, cuerpo y emoción materializada. Hoy, con todas las distinciones intelectuales y corporales que he ido adquiriendo: como el lenguaje de la danza, la sensibilidad, la percepción sutil de la energía y la escucha activa, logro dar determinadas indicaciones y sobretodo invitaciones para abordar el cuerpo, el lenguaje dancístico y el mundo emocional desde una mirada muy integrada, con toda la ternura que tengo para dar.

Me ocupé de desarrollar un método que regala la posibilidad de ingresar a uno mismo. Mi eslogan habla mucho de mi propósito: “Que el movimiento revele al ser”, quiero que las personas conecten con toda su ontología y puedan transformarse en quienes quieran ser como intérpretes y profesionales de su propio cuerpo.

—Sea en un escenario o en dando clases ¿Qué es lo que más te ha conmovido hasta el momento en tu carrera?

—Lo que me conmueve permanentemente son las transformaciones, los mensajes o las conversaciones “in praesentia” sobre los saltos que se animaron a dar después del seminario, del encuentro corporal de coaching, la terapia ayurvédica o la sesión individual de coaching.

Empoderar a las personas, acompañarlas a tomar contacto con la libertad, con las posibilidades, con sus luces y sus sombras, me llena de propósitos la vida. Me da vitalidad y me ayuda a reafirmar mi vocación y el poder que tuvo y tiene haberme elegido sanadora, docente e intérprete para siempre.

Por otro lado, algo muy movilizador es saber que tres personas me tienen tatuada en su piel: mi logo, que es mi nombre y apellido; mi frase y una foto de carnaval. Eso sí que fue inesperado.

Carnaval y neurociencia

—¿Cuáles son los próximos desafíos y proyectos, y dónde te veremos bailar próximamente?

—Siempre estoy buscando nuevos desafíos y proyectos. Lo inmediato es Río de Janeiro. Este carnaval 2020 seré parte del <ct:Italic>Ala Oficial de Passistas de Gres Paraiso do Tuiuti<ct:>, una escuela de la categoría especial. Me voy a mediados de noviembre y regreso mediados de marzo, será una experiencia llena de aprendizajes. En este viaje conviven varios proyectos, pero principalmente estoy enfocada como bailarina y alumna.

Como terapeuta y coach, en octubre voy a lanzar un taller que nombramos “Maternarnos”, junto a una amiga y colega coach, donde vamos a trabajar con madres con bebés de 0 a 6 meses para acompañarlas a conectar de nuevo con el cuerpo y sus nuevos roles. Por otra parte, soy la coach corporal de View Connection, de Manuel Colombo, donde llevo adelante el Módulo de Cuerpo en movimiento y siempre estamos buscando nuevas propuestas para dinamizarlos, y además en Buenos Aires, estoy acompañando a un grupo de futuros coaches donde les regalo interpretaciones de sus guías de aprendizajes.

Y lo último, último, es que estoy trabajando en el llamado “laboratorio” con gente relacionada a la neurociencia y a la percusión, estudiando el movimiento, la danza y el ritmo. De esto ya tendremos algunos experimentos muy pronto.


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