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10-06-2020 / Carnavales en Victoria

Farolitos de colores encendidos en la historia

Esta es la continuación de la historia de los corsos victorienses, construida originalmente por Mónica Mereles, en su tesis de grado titulada “Cronología Histórica de los Carnavales de Victoria: 1868-2010”. En la entrega previa de MIRADOR ENTRE RÍOS se presentó, entre variados tópicos y temáticas a La Charanga, ya que refería a la primera comparsa integrada por jóvenes de la ciudad. Y es aquí donde continúa este relato.

Ignacio Etchart
redaccion-er@miradorprovincial.com

Anteriormente, las comparsas estaban integradas por los obreros de la ciudad. Pero La Charanga fue el primer grupo conformado por jóvenes de la ciudad en participar formalmente en los carnavales. Y lo que en su momento fue casi un hecho casual, hoy fue la bisagra que cambió todo.

En 1920 surge “Iris del Plata”, que al igual que La Charanga también animaba bailes en clubes y casas de familia. Cinco años después se organizan asociaciones musicales integradas enteramente por obreros, “La Entrerriana”, “Los Hijos de Victoria”, “Estrella Azul” e “Indios”, uno de los más recordados porque se pintaban el cuerpo entero y se adornaban con plumas. Ya para ese entonces el reglamento de los carnavales exigía que los grupos “debían integrarse con por lo menos 20 personas y no menos de 10 músicos.

En aquel entonces, todas las comparsas marchaban con al menos tres payasos encabezando la marcha. Muy recordado por don Eufrasio Muñoz, vecino de la ciudad entrevistado por Paralelo 32 en 1992, fue el payaso encarnado por Bombacha Gutiérrez, quien era además el destacado arquero de El Porvenir y de la Liga Victoriense de Fútbol.

En 1986 el diario local La Mañana entrevistó, para su edición especial llamada “Victoria y su Carnaval”, a don Luis Capato, organizador de los carnavales durante varios años. En dicha nota, titulada “Recuerdos de Don Luis Capato”, se destacan párrafos que describen detalladamente el desarrollo de los corsos durante las primeras décadas del siglo XX.

La primera de cada noche de corso se realizaba con el desfile de la Policía Montada “cuyos efectivos estaban ataviados con uniformes de gala, haciendo lo propio el Comisario”. Luego comenzaba la tradición propia de cada noche, iniciada por una lluvia de “micalina”, una sustancia brillosa de color dorado y plateado. En ese tiempo se jugaba mucho con la serpentina que inevitablemente quedaba atascada en las ruedas de los carruajes, empujadas siempre por tracción a sangre.

Respecto a las comparsas de la época, don Luis destaca que “allá por 1925, los principales animadores eran los obreros o empleados de distintas empresas”. Entre ellas se encontraba Tabaco Puerto Nuevo, que tenía alrededor de 400 trabajadores que se sumaron a la fiesta.

Luego de una noche cotidiana de carnaval, como ya fue descripta y detallada en entregas previas, Capato recuerda que “las veladas bailables continuaban” en el club de Artes y Oficios, hoy Jockey Club, con entrada gratuita. La diversión, sumado siempre a la música y el baile, consistía en el juego con papel picado, serpentina, pitos y matraca, que se extendía hasta “que el sol marcase el nacimiento de un nuevo día”.

Cuenta una historia, perpetuada en una publicación del semanario Propuesta del 13 de febrero de 1988 titulada “Victoria, Hechos y Personajes”, que Ignacio “Pituco” Albornoz, Juan Bautista Seghesso y Félix Bazán, junto con otros muchachos vecinos de la panadería y almacén Casanova e Hijos, fundaron una sociedad recreativa con el nombre de “Unión y Trabajo” en 1931.Un año después, consecuencia de esta iniciativa se funda la comparsa “Los Entrerrianos”, presidida por Carlos Sánchez Matharán y con José Ulián como secretario.

El hito de Los Entrerrianos, según el mismo Pituco, talabartero de oficio pero guitarrista de pasión, fue simple pero trascendental. Fue la primera comparsa mixta, donde varones y mujeres danzaban y tocaban por igual, vestidos todos con una chaqueta verde y pantalones blancos. Además, entonaban una melodía propia, cuya música y letra fue compuesta por el famoso flautista Tabaré, que resonaba por las calles victorienses al son de seis bandoneones, siete violines y 12 guitarras. Obviamente, a pesar de la dura competencia, ese año se llevaron el máximo galardón reservado para las asociaciones musicales.

A una gris infamia, coloridas noches

En tanto Argentina transitaba su primer gobierno de facto en la historia, tras la destitución de Yrigoyen en 1930 por los sectores más conservadores del país, Victoria mantenía su curso acelerado en la historia del carnaval.

Mientras La Década Infame daba sus primeros pasos, se conformaron los grupos “La Comparsa Entre Ríos”, “Los Pelotaris”, “Juventud Unida”, “Estrellas Nocturnas” y “Los Pierrot de la Noche” y por supuesto, la ya mencionada Los Entrerrianos.

Lejos del tono gris del momento, los colores de los corsos victorienses encandilaban a todo quien posara la mirada en ellos. En 1937, los hoy históricos farolitos de colores inauguraban su lugar protagónico en las alturas de las calles. Existe aún el pedido formal por parte del Departamento Ejecutivo Municipal con fecha del 20 de enero, donde se le solicita al Dr. Isidro Gerónimo Balbi “prestar los focos y guirnaldas de pertenencia de la Sociedad Cooperadora y de la Comisión Pro Bodas de Plata de la escuela Laprida para usarla en los corsos”.

Abrigados por su luz, las comparsas avanzaban, los portaestandartes saludaban con tres inclinaciones y los payasos hacían de las suyas e incluso recibían “donaciones” por sus travesuras.
En una edición especial del semanario Propuesta titulada “Por Siempre Victoria”, con fecha de febrero de 1985, se relatan escenas de las noches carnavalescas de aquel momento que parecían no reflejar el contexto nacional. La nota detalla las formas en que las comparsas y el público interactuaban dando siempre ese tinte especial que tienen “los carnavales más divertidos del país”.

El artículo recuerda que “para esos menesteres de asustar el público”, los payasos recurrían a las más ingeniosas tretas como llevar un gatito o una gallina en una canasta, o arrojar baldazos de agua inexistente, para luego ver llover miles de pequeños retazos de papel picado. Por su parte, las “mascaras sueltas” muchas veces se incorporaban a las comparsas, vistiendo a la noche con una espontaneidad particular.

Por su parte, el público cada vez más numeroso y desinhibido, se ingeniaba para apreciar cómodamente el espectáculo. La costumbre de los niños acarreando sillas para sus mayores se mantenía, así como también la imagen de palcos adornados y ocupados por las familias más pudendas de la ciudad. Movilizada por una sociedad comprometida, y a contrapelo del contexto general, en la década del 30’ se dio un salto de calidad en la realización de los carnavales.

Con nuevos tiempos, nuevos rostros

Con la vuelta de la democracia en 1943, bajo la presidencia de Juan Domingo Perón, los carnavales de Victoria se mantenían sobre el mismo riel construido por Los Pobres Iniciadores y su reglamento fundacional.

Durante este período surgen las comparsas “Hijos de Entre Ríos” en 1940, “Los Príncipes del Arte” en 1944 y “Los Gauchos de Güemes” y “Los Hijos de Victoria” en 1948.

Esta década, además, presentó un fenómeno completamente nuevo para ese entonces. Rosario, vecina metrópolis, inauguraba la tradición turística que tanto destaca a los corsos victorienses.

Durante el verano partían hasta cinco lanchas por día desde el otro lado del Paraná, cargadas con quienes aún desconocían estas particulares noches, pero acompañados siempre por gente local que entusiasmaba durante todo el viaje a los visitantes.

De estas horas inolvidables, recuerda don Eufrasio Muñoz que “por los años 40, los corsos se iniciaban siempre igual: la disparada de bomba de estruendo anunciaba la iniciación del baile”. Por su lado, el artículo “Victoria: Hechos y Personajes” relata lo “clásico” que se mantuvo el carnaval durante muchos años. Esta impronta la garantizaba un “Comisario de Corso”, una persona con autoridad y disposición para ordenar las marchas y contramarchas. Al cargo lo ocupó durante mucho tiempo el recordado Aníbal Carballo, quien siempre daba la primera vuelta a la plaza.

La mitad de siglo está llegando y los corsos de Victoria apenas están alcanzando su máxima expresión. En el siguiente número de MIRADOR ENTRE RÍOS, continuará este apasionante relato.

PARTE 1

PARTE 2 


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