28-07-2020 / Primer cuerpo médico del Hospital de Victoria

De personas presentes y pasadas

El 1º de enero de 1883 el hospital Fermín Salaberry de Victoria abrió sus puertas. Hoy se lo conoce como el hospital aún en funcionamiento más antiguo de la provincia. En pasadas entregas de Mirador Entre Ríos, se relató la gestión y colocación de la piedra fundacional. En esta edición se presentará el primer grupo humano que puso en marcha su historia, quienes desde su inauguración sentaron las bases éticas de una comunidad que lo vio nacer y crecer.


Ignacio Etchart
redaccion-er@miradorprovincial.com

La colocación de la piedra fundacional significó una fiesta para la ciudad. Gracias a la iniciativa del párroco Ciro Placco, quien encontró en la Sociedad de Beneficencia el espíritu emprendedor para concretar un centro de asistencia que atendiera los padecimientos de cualquier persona que lo requiriera.

Apenas dos años necesitó el entonces Hospital de Caridad para comenzar sus humanitarias tareas. Denominado así inicialmente en homenaje a las Hermanas de Caridad, primeras responsables administrativas de la institución.

El primer director

Quien inauguró los servicios médicos como director del hospital fue el Dr. Juan A. Gallino, victoriense de cuna. En su generoso altruismo, ofreció su tiempo y cuerpo gratuitamente a quienes lo necesitaban durante los primeros ocho meses desde el comienzo de las funciones sanitarias de la institución.

Sin embargo, como todo trabajador con derechos, a partir del mes de agosto de 1883, solicitó su merecida retribución por la asistencia prestada a quien lo necesitara. El sueldo requerido por el Dr. Gallino era de 40$ mensuales, pero ante la escasez de recursos que enmarcaba todo accionar del hospital en aquellos iniciales momentos, la comisión de las Hermanas de Caridad sólo podía pagar un sueldo de hasta 30$.

Sin posibilidad de un acuerdo salarial, la resolución tomada por el Dr. Gallino fue continuar sus labores administrativas de manera gratuita hasta el 31 de diciembre de 1883, plazo que luego se extendió hasta el 30 de junio de 1884. Propuesta que fue bienvenida por la administración del hospital, que aún continuaba ejecutando obras complementarias al edificio, pues lo ya abierto al público no lograba satisfacer las necesidades de la sociedad.

Entre una escasez creciente y una cartera reservada más a la infraestructura en desarrollo que a los recursos humanos, emerge la figura del doctor Joaquín Vivanco.

Y su primer doctor

Nacido y formado en Buenos Aires, el Dr. Vivanco llegó a Victoria a los 22 años, en 1849. Desde la inauguración del Hospital de Caridad hasta su desaparición física, trabajó gratuitamente en la institución, férreo a sus juramentos y convicciones como ciudadano y hombre de ciencia.

Médico asiduo de los pobres, jamás tuvo nombramiento oficial como miembro del personal hospitalario. Su credencial de doctor en medicina, cirugía y partos, sumado al ejercicio ciego y apasionado de su vocación, era suficiente para recibir cientos de pacientes que hallaban el alivio y la esperanza en sus cuidados.

La historia del Dr. Joaquín Vivanco merece una pieza completa de escritura. Una vida entera entregada al servicio del sufrimiento ajeno, e incluso obtuvo su rol significativo en la historia de la región, ya que fue durante mucho tiempo amigo y parte del equipo de médicos de Justo José de Urquiza.

Tras su muerte, sucedida el 9 de julio de 1898, el Concejo Municipal levantó un busto en su honor, ubicado originalmente frente al Cementerio Municipal. Posteriormente, fue trasladado a la plaza Mariano Moreno, donde aún se mantiene.

Entre nuevas necesidades y nuevos nombres

Sin haber cumplido siquiera su primer aniversario, y con múltiples obras del edificio aun sin terminar, el Hospital de Caridad ya necesitaba un mayor espacio de funcionamiento. Hacia fines de 1883, la Comisión Directiva de la Sociedad de Beneficencia ya preveía estas necesidades futuras del establecimiento.

Prodigiosas en la administración e interpretación de lo cotidiano, la Comisión gestionó un terreno
baldío existente en la manzana contigua del hospital, el cual fue delimitado por el agrimensor público don Raimundo Salvat y certificado a favor de la Sociedad de Beneficencia por el escribano don Ricardo Álvarez.

Estas obras comenzaron ni bien finalizaron las obras iniciales, en febrero de 1884.Para ese entonces, a las necesidades de una mayor infraestructura se le sumó el imperativo de contratar un nuevo médico, ya que el Dr. Gallino había cumplido con sus deberes, como bien había sido estipulado, hasta el 30 de junio de ese mismo año. Las tareas del Dr. Gallino fueron retomadas por el Dr. Victoriano C. Albornoz, quien había ofrecido previamente sus conocimientos y disposición al servicio del Hospital de Caridad, también de forma gratuita, por el término de seis meses.

Cumplido dicho plazo, y una sociedad de Hermanas de Caridad que siempre actuó de acuerdo a sus falencias y no a sus fortunas, logró conseguir, mediante una comisión especialmente designada para esta labor, que el Dr. Albornoz continuara prestando servicio como director del hospital por un año más, siempre y cuando un colega divida con él las responsabilidades. Dicho acuerdo fue realizado el 19 de febrero de 1885.

Una vez cumplido su primer año de funciones en el hospicio, el Dr. Albornoz continuó sus labores en la institución, ya con una retribución mensual estipulada previamente.

De pobres riquezas

Fue a partir de un paulatino progreso y desarrollo de las actividades en el Hospital de Caridad, que el entonces director de la institución, el Dr. Albornoz, realizó la primera estadística que comparaba la cantidad de pacientes en atención con la disponibilidad de camas, elaborado a principios de 1885.

El resultado dio a conocer que la mayoría de los internados eran de patologías crónicas y ancianos, lo que privaba de atender a los padecientes de enfermedades agudas.

Por esta razón fue que el Reglamento Interino formulado durante la etapa inaugural tuvo su primera modificación, expresada en el Artículo 2, donde establecía que “mientras el Hospital no cuente con mayores elementos, se habilitarán hasta ocho camas, cuatro en el salón de varones y cuando en el de mujeres para enfermos crónicos”.

Por último, la redacción de dicho apartado destaca explícitamente los ideales de quienes iniciaron, a fuerza de pulmón y conciencia social, el camino transitado por el Hospital de Caridad, hoy Fermín Salaberry: “Cuando se presenten varias solicitudes para llenar este número de camas, se atenderán con preferencia, las de aquellas personas más pobres y necesitadas”.


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