13-10-2020 / Entre Ríos, patrimonio y paisajes culturales

Grandes fábricas, epicentro de organizados desarrollos urbanos

Testigos de una época en que la industria cárnica fue un eje vertebrador del crecimiento económico, en Santa Elena en particular pero también en Liebig, ciertas urbanizaciones quedaron atravesadas por historias y por lógicas organizacionales que vale la pena repasar.


Los chalets del barrio para jerarquizados, bien diferentes del sector para residencias de obreros.
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Mariana Melhem
redaccion-er@miradorprovincial.com

Cuando a mediados del siglo XVII, Hernando Arias de Saavedra, apodado Hernandarias, introdujo ganado para que se criara en tierras altas, de buena pastura y con suficientes aguadas, sembró la semilla de una industria que fue un motor fundamental de la economía entrerriana durante un largo tiempo, junto a la extracción calífera. Al factor económico se integró la estrategia de poblar estas tierras para ofrecer una resistencia al asecho frecuente de portugueses e ingleses.

De la faena del ganado se apreciaban los cueros, la grasa y el sebo con usos para la construcción y la fabricación de velas, entre otros. Así, las curtiembres se desarrollan desde fines del siglo XVIII y los saladeros son las actividades productivas más importantes en la primera mitad del siglo XIX, especialmente en tiempos del gobernador Urquiza quien es a su vez, el empresario más importante de este rubro.

La industria fue transformándose, pero quedaron vestigios de aquellas factorías que funcionaban como verdaderas ciudadelas.

Del saladero al Pueblo fábrica

Durante el último cuarto del siglo XIX, los saladeros desarrollaron técnicas de conservación que facilitaron la generación de novedosos productos - como el extracto de carne- y con ello favorecieron inversiones por parte de capital foráneo que los convirtió en unidades industriales llamadas Company Towns o Pueblos Factoría.

La Liebig’s, sobre la costa del Uruguay, instalada en el antiguo Saladero Colón y más tarde la Bovril, en la costa del Paraná, cuyo antecedente es el saladero Santa Elena, significaron el paso de una actividad artesanal, con escasa tecnología, a un sistema productivo de tipo industrial acompañado de nuevas relaciones sociales de producción y de una planificación singular en torno a la fábrica y su hinterland productivo.

Así lo cuenta Ignacio Barreto, ex operario de la Liebig’s: “(…) se lanzaron con premura a modernizar el saladero, que si bien era moderno, no respondía a los planes de la compañía en sentido de aprovechar integralmente el animal, elaborando corned beef, extracto de carne, cueros, grasa, soup stock m (extracto inferior obtenido del cocimiento de los huesos), lenguas enlatadas, rolled beef (matambre), brisket beef (pecho), huesos industriales, huesos molidos, astas, marlos de astas, sangre seca, jugo de hígados, cálculos biliares, cerdas y otros”.

Además de la actualización en el sistema productivo, se incorporó un programa urbano completo que proponía viviendas para los obreros especializados y sus familias; viviendas para el personal jerárquico proveniente del extranjero; sectores de encuentro social, infraestructura y servicios urbanos.

Con la fábrica como eje, la pertenencia a estos sectores ordenaba el área ocupada en base a un sistema de diferenciación: donde viven los obreros, por un lado; donde reside el personal técnico y jerárquico por el otro.

El diseño de estos pueblos va a estar signado por la actividad, con la planta fabril al centro y la diagonal de la manga por la que accede el ganado como eje estructurador de las componentes del sistema. A su vez, para aprovechar la potencialidad del transporte fluvial, las plantas funcionaban en proximidad al río.

El protectorado que imponía la fábrica transformaba estos dominios en estados dentro de otro estado, similar a lo que ocurrió en el Chaco Santafecino con “La Forestal”.

El caso de Santa Elena

El 2 de octubre de 1871 se instaló la sociedad de Eustaquio y Norberto de la Riestra junto a Federico González para establecer el saladero Santa Elena, que una década después adquiriera la empresa Kemmerich y Cía. Por cierto, el inversor mejoró las instalaciones fabriles como tales de manera sustantiva, pero además la potenció con la construcción de un muelle, canales de desagües, laboratorio químico, chimeneas, calderas, fábrica de conservas, hojalatería, fábrica de peptona, fábrica de extracto de carne, guano, grasería, playa para matanza, horno para secar carne, cancha de chatasca, varales para secar carnes y galpón para tasajo entre otras.

Ya iniciado el siglo XX, los registros de comercios vieron surgir a la firma Establecimientos Argentinos de Bovril Ltda., de capitales ingleses, que compró la fábrica, el pueblo y las estancias circundantes. Formalmente, comenzó sus actividades el 8 de mayo de 1909.

Desde el punto de vista espacial, el arroyo Gómez oficio de límite natural: el área de las viviendas e instalaciones obreras estaban en el barrio Norte; la fábrica, en el área central; el barrio Sur era para el personal jerárquico.

Para los obreros había viviendas individuales o colectivas, dentro de esta categoría existía el tipo “hotel popular”, con un salón para actividades comunitarias, flanqueado por tiras de habitaciones. El otro tipo, más sencillo aún, era el conocido como “Cuarteles” consistente en hileras de habitaciones elementales y un patio de por medio que oficiaba de acceso.

Mientras tanto, en el barrio sur, se encuentran los chalets con un modelo de organización de ciudad jardín y equipamientos tales como club de Golf, Tenis, Natación y Salón Social, al que solo accedía el personal jerárquico.

Más allá del mayor o menor refinamiento aplicados a los detalles, hay en el conjunto una clara presencia de la arquitectura funcionalista inglesa: el ladrillo a la vista, las estructuras de hierro y madera y las cubiertas de chapa acanalada.

Para que se advierta la complejidad de la microciudad erigida, es conveniente consignar que el pueblo contaba con agua potable, energía eléctrica, proveeduría y mercado de carnes, verduras y frutas, entre otros comercios, a los que se sumaba un único hospital para atención de la salud.

Toda una organización

Fábrica y pueblo, permanecieron en manos inglesas hasta la década de 1940. Allí se resolvió que el área residencial pase al Estado, que se compren y vendan las propiedades en que vivían los trabajadores y que se cree un municipio. Este traspaso no pudo realizarse (debido a un golpe de estado) hasta el 9 de junio de 1950 en que el Decreto Provincial N° 422 declaró a Santa Elena como Municipio de Primera Categoría. Hasta entonces, las jornadas de trabajo iban de sol a sol, el jornal se pagaba en bonos o vales que obligaban a adquirir productos de primera necesidad en los comercios que administraba la propia empresa y no estaba permitida la organización gremial. No se admitía la entrada de ningún comerciante que no fuera del pueblo, excepto en una zona sobre el río (espacio de jurisdicción nacional).

Con la declaratoria de municipio, la firma siguió a cargo de la fábrica pero los trabajadores pudieron acceder a los beneficios propios de todo ciudadano argentino: jornada laboral de 8 horas, cobro del salario en pesos y derecho a la sindicalización.

Los capitales ingleses se retiraron definitivamente el 6 de abril de 1972, sin previo aviso. En un abrir y cerrar de ojos, unas 2.000 personas se quedaron sin trabajo.


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