27-10-2020 / Boxeo

El recuerdo de batallas épicas

Mirador Entre Ríos entrevistó al ex boxeador Juan Carlos Portela, quien habló de sus históricas peleas contra Héctor Rohr en el Atlético Echagüe Club. Pese a la popularidad de esos combates, el paranaense destacó su victoria ante Juan Carlos Fernández como la más importante de su carrera. Además, repasó su trayectoria, contó cómo se inició en el pugilismo y reflexionó sobre algunos temas ligados a la actividad.


Juan Carlos Portela sentado en los bancos de suplente del estadio de Echagüe, donde peleó ante más de 5.000 personas. Foto: Víctor Ludi
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Víctor Ludi

Tal vez por idiosincrasia, por desinterés o por la razón que fuere, históricamente el público paranaense ha sido reacio a la hora de acompañar a los espectáculos deportivos que se han desarrollado en la ciudad. Por lo general, de no ser que viniese alguna figura rutilante de afuera, son contadas con los dedos de las manos las veces que un evento local contó con concurrencia masiva.

Y una, o mejor dicho dos, de esas ocasiones que lograron quebrar la apatía del público de la capital entrerriana, se registraron durante la primera mitad de la década de 1980, en el estadio Luis Butta del Atlético Echagüe Club. Ese recinto, siempre relacionado estrechamente al básquet, fue el escenario que albergó dos enfrenamientos entre boxeadores locales (o, mejor dicho, un local y otro vecino), que protagonizaron tremendas y multitudinarias batallas.

Juan Carlos Portela, oriundo de Paraná, y el ya fallecido Héctor Pedro Rohr, originario de Aldea Valle María, fueron los actores principales de dos combates que quedaron para la historia, tanto por su desarrollo como por el contexto. El primer enfrentamiento, registrado el 3 de diciembre de 1982, lo tuvo como vencedor el púgil anfitrión; mientras que en la revancha, acontecida el 23 de septiembre de 1983, fue el visitante el que finalizó con el brazo en alto.

Mirador Entre Ríos citó a Juan Carlos Portela a que recordara aquellas épicas peleas y que repasara su destacada trayectoria sobre el ring. El lugar del encuentro, como no podía ser de otra manera, fue el Butta. “Este estadio me trae recuerdos hermosos. Era una locura la cantidad de gente que había, unas 5.000 personas y las tribunas estaban que reventaban. Fue algo fabuloso”, recordó con alegría.

Luego, explicó cómo se gestaron aquellos emblemáticos combates: “Yo lo desafié por radio, en LT14. Le decía que era un cagón, que le iba a ganar. Gracias a eso se dio la primera pelea, en 1982. En esos momentos éramos rivales dentro y fuera del estadio, por más que él me esquivaba cuando nos cruzábamos en la calle. Yo tenía mi hinchada en Paraná, a él lo seguía la gente de las aldeas y el estadio se llenó. Empecé siendo Mediano, había subido a Mediopesado y, para desafiarlo a él, me pasé a Crucero. Físicamente, al lado de él, era chiquito porque Rohr era un monstruo, tenía un físico extraordinario y una fuerza bestial en los brazos. Fue David contra Goliat. Cuando empezó la pelea me tiró de un derechazo, que me levantó como 50 centímetros del piso, pero me levanté y me volvió a voltear. Se vino a comerme vivo, pero le tiré la derecha en swing y cayó. No se levantó pero el referí dijo que sonó la campana y le dio el pase. Después nos seguimos pegando mucho; me tiraba, me levantaba y lo tiraba yo, se levantaba y me volvía a tirar. Hasta que en el séptimo round le metí otro derechazo que lo mandó al suelo y no quiso seguir peleando”.

Rohr tuvo su desquite y al año siguiente, cuando “otra vez el estadio fue un mundo de gente. Él me volvió a tirar en los primeros rounds y el árbitro, Ricardo Vivas, paró la pelea. Yo siempre arrancaba frío y, si me tiraban, me levantaba inmediatamente. No lo podía creer porque estaba bien para seguir peleando. Tiempo después me enteré que estaba arreglado”.

Luego de que repasara brevemente cómo fueron aquellas peleas, la pregunta que surgió de inmediato fue por qué no se llevó a cabo el desquite definitivo. “Yo quise hacer la tercera pelea. Es más, un día íbamos a ir con mi hermano hasta Valle María para hablar directamente con él y arreglar sin intermediarios. Pero mi hermano tuvo un problema en el auto y no pudimos viajar. Nos quedó pendiente el tercer combate, el bueno como se dice. Al principio era casi un odio que nos teníamos, pero con el tiempo nos hicimos amigos. Él era una persona bastante desconfiada”, explicó.

Los inicios

Además de recordar las peleas contra el Dinamitero de Valle María, el paranaense contó que su llegada al boxeo fue casi de casualidad, ya que durante los primeros años de su vida se había dedicado al fútbol. Hincha de River, jugaba en las divisiones inferiores del Club Atlético Palermo, donde era un centrodelantero goleador. Eso sí, reconoció que solía pelearse en las calles.

“Un día estaba viendo los campeonato de los barrios con un amigo y faltaba un boxeador. Alguien me preguntó si me animaba a pelear, respondí que sí y me subí al ring sin tener idea de boxeo. Esa noche no daban ni dos pesos por mí, porque era un flaquito que no conocía nadie. Pero yo era muy competitivo en todo y siempre confiaba en mí mismo. Comenzó la pelea y empecé a pegarle; le di mucho y le gané por nocaut en el tercer round. Al poco tiempo lo mismo. Así hice siete peleas sin practicar boxeo y las gané a todas por nocaut. El Gordo (Luciano) Amatti me vio cualidades y me invitó a entrenarme en el Club Paraná. Como me vio condiciones y yo cumplía con el entrenamiento, se dedicó a pulirme a mí. Así fue que dejé el fútbol, un deporte que amo, y empecé a practicar boxeo. Hice 48 peleas como amateur hasta que debuté como profesional a los 20 años”, recordó.

Su gran rival y amigo

Cuando se menciona el nombre de Juan Carlos Portela, inmediatamente viene consigo el recuerdo de sus ya mencionadas batallas con Rohr. Sin embargo, según sus propias palabras, el adversario que más lo marcó en su carrera fue el santafesino Juan Carlos Fernández, con quien, además, mantuvo una gran amistad.

Con el Zurdo Fernández, quien falleció en abril de este año, se enfrentó unas ocho veces entre su carrera amateur y profesional. “Era un muy buen boxeador, muy inteligente. Mi victoria más importante fue ante él, en Gualeguay. Faltaban 20 segundos para terminar la pelea y me había ganado muy bien los cinco rounds. Lo estaba corriendo por el ring hasta que le metí un derechazo en punta al hígado que lo hizo doblar y, ahí nomás, lo enganché con un upper cut de izquierda en la zona de la oreja. Mientras caía vi que le empezó a salir sangre del oído. ¡Se lo había reventado! Yo era muy querido en Gualeguay y recuerdo que el estadio, que estaba en silencio porque me venía ganando bien, explotó. Fue mi mejor victoria”, contó, aunque también reconoció que el santafesino “fue el único rival que me noqueó. Fue en Echagüe. Quise levantarme pero no pude. Todas las otras peleas que tengo perdidas antes del límite fueron por nocaut técnico, porque siempre que me tiraban me levantaba”.

“El Zurdo Fernández fue un gran amigo, éramos íntimos. Antes de las peleas andábamos a los abrazos y después, arriba del ring, nos matábamos”, concluyó al hablar de las relaciones que le dejó el deporte.

Un retiro inesperado

El final de la carrera profesional de Portela fue abrupto, de un día para el otro y sin la posibilidad de despedirse sobre el cuadrilátero. “Peleaba al día siguiente. Estaba en el hotel cuando Amatti me contó que el doctor Desio le dijo que ya no iba a poder pelear más. Me habían encontrado una lesión en el ojo derecho. Esa noche lloré mucho, estaba destruido y no lo podía creer. Seguí entrenándome y haciendo guanteos en el gimnasio, pero nunca más pude volver a pelear”.

Luego, explicó cómo siguió su vínculo con el pugilismo una vez que abandonó la actividad: “Tuve un gimnasio en el Club Instituto, donde lo entrené a mi hijo Maximiliano, entre otros chicos. Pero me di cuenta que no servía para ser entrenador, porque era muy exigente, tal como lo fueron conmigo”.

Injusticias, desempleo y enfermedad

En la charla, el entrevistado mencionó a la pasada algunas cuestiones que considera injustas para los boxeadores. “No sé por qué, pero los boxeadores somos muy confiados, inocentes, y no nos damos cuenta cuando nos están jodiendo, o nos damos cuenta tarde. Cuando peleé con Héctor Geremías, en Palermo hubo 7.000 personas y 2.000 se quedaron afuera, pero a mí no me pagaron ni un peso. Los boxeadores somos los que más plata tendríamos que ganar, ya que somos los protagonistas y los que nos arriesgamos. Lamentablemente son pocos los que pueden vivir bien de nuestra actividad. El boxeo siempre fue ingrato con los boxeadores”, sostuvo.

Una vez finalizada su carrera, Portela trabajó en el Jockey Club Paraná, donde se desempeñó como encargado de seguridad y tuvo la concesión de la cantina. Pero el sinfín de problemas institucionales y económicos de la histórica entidad lo llevaron a quedarse sin su fuente laboral. “Hubo una época que me quedé sin trabajo y no tenía ni para comer. Era cuando mi hijo, Maxi, peleaba. Una vez llegó a pelear en el interior de la provincia sin haber comido. Esas cosas yo me las podía bancar, pero no él porque lo acostumbré a que no le faltara nada. Fueron momentos duros”.

“Cuando aún era boxeador, les pedía a mis conocidos que me ayudaran a ingresar a la administración pública o media jornada de comercio -acotó-. Algo que sea estable y que me permitiera entrenar por la tarde. Pero nunca me ayudaron, tal vez porque era una persona que decía las cosas de frente y eso no gusta. Cuando dejé el boxeo fue mucho más difícil que me ayudaran”.

Por otra parte, desde hace algunos años su salud se ha deteriorado producto del mal de Parkinson. Sin embargo, según lo que le comentó su médico, no padece esta enfermedad como consecuencia del deporte, sino que “me pasó a mí como le puede pasar a cualquiera”. No obstante, sí reconoce que cuando habla “arrastra las palabras. Eso sí me parece que es por los golpes, que fueron muchos. Como siempre iba para adelante, también cobraba. Además, a los boxeadores no nos cuidaban”. En la actualidad, con 64 años, está jubilado por incapacidad y vive con su madre, de 93.

Cosas de Monzón y Galíndez

Entre los distintos temas abordados durante la charla, el entrevistado diferenció el boxeo actual con el que él practicó. “El boxeo actual es todo gimnasio, si no te entrenas no podes pelear. La preparación física es fundamental”, aseguró. Posteriormente, mencionó dos grandes exponentes a nivel mundial a los que destaca: “Un boxeador que admiro es (Floyd) Mayweather, porque es imposible pegarle…un fenómeno. Otro que fue un fuera de serie fue Sugar Ray Leonard, fabuloso y de un estilo increíble”.

Además, Portela autodefinió cómo era sobre el ring: “Era inteligente y guapo, me tiraban pero me levantaba. Tenía una buena altura y los brazos largos. Boxeaba bien cuando podía hacerlo, pero cuando había que pelear también lo hacía. Pegaba fuerte con las dos manos, sobre todo con la derecha. Mis rectos de derechas eran muy difícil de aguantar”.

“Por mi físico, flaco y de brazos largos, me sentía identificado con (Carlos) Monzón; y por mis cojones, con (Víctor) Galíndez”, concluyó.

OPINIÓN (*)

“Fue un boxeador dedicado al gimnasio”

Juan Carlos Portela fue un boxeador dedicado al gimnasio, al que le gustaba entrenarse. Creo que tuvo problemas de alimentación desde chico y tenía serias limitaciones para trasladarse sobre el ring y ganar las distancias. Sus manos eran muy potentes, sobre todo la derecha, que la conectaba muy dura en recto y cross. Tenía problemas defensivos y, principalmente, mentón de cristal, aunque también le dolían las manos al cuerpo.

Desde 1975 hasta fines de la década del 80, que vi boxeo en Paraná, la ciudad no tuvo un nivel boxístico relevante. Técnicamente el mejor boxeador local que vi fue Miguel Ángel Duro, quien tenía grandes problemas con el alcohol. Aquellas peleas multitudinarias se dieron porque Portela tenía su hinchada en Paraná y a Rohr lo acompañaba la gente de las aldeas cercanas a Paraná. Toda esa gente se volcó en el Atlético Echague Club.

Tengo mis dudas de si Rohr amaba o no el boxeo; en cambio Portela, seguro que sí. Rohr era pura polenta, pero también con problemas para desplazarse y sufría cuando le pegaban en el mentón. No recuerdo muy bien, pero no exagero si digo que en una de sus peleas hubo como 11 caídas. Vivieron en el tapiz por dos cuestiones: las mandíbulas sensibles y que ambos pegaban mucho, mucho, mucho. Rohr era más picante, pero Portela, que también pegaba duro, era más justo.

Paraná no tuvo grandes maestros y esto generó que no haya un nivel destacado. El boxeo es un deporte muy importante desde el punto de vista sociológico, ya que la mayoría de los boxeadores han nacido en la pobreza extrema y, al no tener maestros que los guíen en la vida, siempre van a tener un punto flaquísimo. Para ser justos también hay que decir que en todo el boxeo argentino sólo hubo dos o tres grandes maestros: Paco Bermúdez, que para mí fue el mejor de todos; Juan Carlos Pradeiro; Santos Zacarías y Amílcar Brusa, que sacaba lo mejor que tenía cada peleador y no le pedía peras al olmo.

(*) Por Fernando Enrique Pais, ex comentarista de boxeo por LT 14


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