24-11-2020 / Reconstrucción de los recuerdos

Nada tan extraño

La primera librería de una ciudad tan universitaria, tan bohémica y cultural como Rosario, se encuentra enterrada entre chapas y andamios municipales. Seguramente en un futuro no tan lejano, un edificio vendrá a silenciar lo que aquí pasó.


Foto: Internet (Alan Monzón para Rosario3.com).
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Ariel Gustavo Pennisi
redaccion@miradorprovincial.com


El París de la posguerra era una fiesta que albergaba "la generación pérdida" aquella excitada por las delicias de la gastronomía, el deporte, la afición por las apuestas y todo tipo de placeres terrenales. La generación irrepetible de hombres como Gertrude Stein, Ezra Pond, Scott Fritzgerald o Ford Madox Ford. Generación oscura y divina, reunida en la prosa de Ernest Hemingway y desparramadas en los estantes perdidos de la vieja librería Longo. El sitio no solamente alberga a la bella generación de escritores perdidos, están los clásicos selectos de tapa naranja de la "Editorial de ediciones Selectas S.R.L", del cual encuentro la novela "Resurrección" editada en 1961, a su izquierda reposa la gran obra "El Idiota" de Fedor Dostoyewsky de la biblioteca Sopera de "la editorial española Ramón Sopera" (1959).

Recuerdo mi época de estudiante en la Facultad de Ciencias Políticas, allá en los albores de principio de siglo, antes del helicóptero de De La Rúa, encontré el pequeño libro de Albert Camus "Problema de Nuestra Época, crónica de Argelia", editorial Losada, 1960. Lo que no recuerdo es cuando visité la librería por primera vez, estimo que fue por aquellos años aunque bien pudo haber sido en cualquier momento de mi vida, ella siempre estuvo ahí.

Gustavo Infante supo mostrarme con orgullo su adquisición casi arqueológica del saber, las chicas Longo le proveían libros allá por los años 90, acumulando varios tomitos de la biblioteca "Historia Universal" de César Cantú, edición Gassó Hermanos. La edición es de principios del siglo pasado, sus letras parecen o quizás lo sean, escritas a máquina.

Estas resonancias de pandemia me llevaron a la reconstrucción de mis recuerdos que empujan al actual encuentro, el mismo me costó sortear un escudo metálico, para luego elegir fallidamente una gran puerta de madera que conducía a un sitio diferente a lo que yo recordaba como la Librería "Americana" o Longo, según prefiera el lector. Allí estaba la señora Longo esperando, ella siempre lo hace. La vidriera parece intacta aunque ya sin el sol impotentizado por la metálica amenaza impuesta por la municipalidad. No obstante, algo no cambió desde hace algunos meses a esta parte. Siguen habitando los tomos colorados de tapa dura, obras del coleccionable Eyspamerica, son autores clásicos de la literatura universal. La colección de principio de los años 80 de la cual la librería ya me supo proveer Eugenia Grandet de Balzac, La Niebla de Unamuno, Rojo y Negro de Stendhal, en la navidad del año pasado.

Me cuenta el principio, allí dónde todo comenzó y como no podía ser de otra manera, producto del entrecruzamiento multicuturalista de nuestras tierras pampeanas, "y que te puedo decir, mi papá le compró a su cuñado la librería que estaba en la vereda de enfrente, el estaba casado con mi tía, pero mucho la Argentina no le gustaba así que se volvía a Sicilia con su mujer y sus hijos. Bueno, mi papá con un socio se la compraron y al poco tiempo se vinieron acá, desde el dos de agosto de 1908, esa es la fecha que empezó la librería acá", reafirma desde su grano de voz la consolidación arqueológica del lugar como espacio icono de la ciudad. Ella es Amalia Longo y nos habla de su padre, nos cuenta que fue editor del periódico "La Calandria", cuya temática eran los chismes de la farándula de la época.

Anhela aquella vieja época, de temporadas reales de venta de libros, cuando la gente leía el libro papel, porque éramos analógicos y bien no sabemos cuando, al menos las actuales generaciones no lo saben y descreen quizás que fuéramos analógicos, pero lo cierto es que no sabemos cuando, pero nos volvimos digitales y esa es quizás la explicación que mejor le encuadra a Amalia que no reniega de la tecnología a pesar de su avanzada edad, " ahora viste, podes ver que para el día de la madre no le compren una novela, porque yo tengo novelas nuevas y lindas pero a lo mejor las madres de ahora necesitan un suéter o un par de medias y no un libro, porque mucha gente ya no lee el libro papel, pero no estoy en contra de la tecnología, porque por ejemplo cuando teníamos que llamar a Buenos Aires teníamos dos horas de demora y ahora te hablan de Alemania, de Alicante de Washington de todos lados".

Testigo de su tiempo
Ella se presenta, es la sobreviviente: "Yo soy Amalia Longo, soy del 31. Mi papá murió en el 69 y mi hermano que estaba conmigo en el 77 y desde ahí con mi cuñada que era la viuda de mi hermano seguimos con la librería, ella murió hace un tiempo, tenía 103 años. Pero viste el libro papel ya no se vende, pero mira que hay escritores, porque yo leo las hojitas culturales de todos los diarios que me prestan y yo ya no los conozco, ni se quienes son", es consciente del lugar que defiende con su vida, pues a pesar de ser docente, eligió no ejercer para dedicarse a la venta y distribución de libros, defender el legado familiar, "yo me leía un libro por día prácticamente, me quedaba de madrugada, cuando estudiaba a la noche, hacia que estaba estudiando historia y en realidad estaba con alguna colección, esas de tapa amarilla las Robin Hood, siempre me gustó esto, el contacto con la gente".

Fiel testigo de su tiempo, según su testimonio, no son pocos los que han pasado por el espacio frecuentado por ejemplo por el periodista y ajedrecista Antonio Carrizo, fiel conocedor de la obra de Borges y la estrategia de Fischer.

En su época dorada, quienes venían a presentar libros a la ciudad, visitaban la librería. Recuerda con nostalgia el día que conoció a Alberto Breccia, autor de obras memorables como la readaptación del mítico Eternauta (1969) con Héctor Germán Oesterheld luego de compartir dupla en La vida del Che (1968) o Perramus (1983) junto a Juan Sasturain. Evoca aquel día, "El estaba acá y yo con mi pareja íbamos a la noche a ver la presentación que hacia, porque yo con mi pareja leíamos muchas historietas en esa época. Vino a la mañana con la esposa, yo no sabía quien era, no lo reconocí. La esposa llevó muchos libros sobre la inquisición, porque era profesora en Francia, creo que vivían en Paris. Ese día a la noche, cuando lo veo a Breccia, le pregunto, ¿cómo no nos dijo que era Breccia?, se reía, me responde si, yo me imaginé, somos los de Perramus".

Recuerda al cineasta José Martínez Suárez, quien en una época la visitaba todos los fines de semana, ya que su suegra vivía en la ciudad y estaban de pasada: "La señora tenía a la mamá viviendo acá, entonces pasaban. Venían Paluso, Héctor Nicolás Zinni", el mismísimo autor de los clásicos "El Rosario de Satanás", "Prostitución y rufianismo". "Las chicas de Longo nos decían, todavía tengo un frasco, porque él nos traía siempre un frasco con caramelos, una barbaridad, tantos han venido", sin contar las generaciones de estudiantes anónimos o turistas de todo el mundo, "muchos estudiantes de paso, que visitaban Rosario, venían por acá, una vez vino un estudiante de Rumania, me dejo un leu, que es la moneda de allá".

La prensa rosarina también tenía su lugar a la visita como "los periodistas de La Capital de aquella época, Rodríguez Araya, Don Rafael, el mayor de la firma Estévez. Rodríguez Araya tenía las oficina enfrente, las anécdotas de ellos, venían a veces mis sobrinos los sábados a la mañana que era el día que me visitaban con el viejito Mayor, se mataban de risa. Mi hermano se doblaba, era otra temporada, otra época, la gente vivía distinto. No solamente con la pandemia, era otra temporada de la vida, yo veo que los chicos están en otra, no se si nuestra juventud, niñez o adolescencia ha sido otra".

Reynaldo Sietecase reza en un posteo de la red social Facebook al costado de una foto donde se lo ve abrazado a Amalia, "en plena dictadura, siendo un pibe, conseguí libros de varios de los grandes poetas prohibidos (Armando Tejada Gómez, Urondo, Miguel Hernández)".

Una testigo de su tiempo que por horas, como cuenta en una entrevista realizada para el diario La Capital con motivo del centenario de la librería allá por el año 2008, eludió el censor de la dictadura: "Un hombre hojeó toda una mañana el libro Historia de las revoluciones, de editorial Codex. Por la tarde lo vendimos y al día siguiente, aquel hombre entró, mostró su credencial de policía y nos pidió el ejemplar. Por suerte ya no lo teníamos".

La máquina registradora
"La compró cuando nació mi hermano, ya era usada y el debería haber cumplido 105 años. Mi papá tenía un amigo italiano que le hacia toda una limpieza general, de mantenimiento cada dos años, incluso a veces una vez al año", la pesada maquina registradora, el andamio del edilicio.

Ni un rayito de sol
-¿La cripta metálica, quién la puso?


-No sé quién hizo la denuncia, nosotros fuimos con mi sobrino a la municipalidad. ¿Viste La odisea de los giles?, bueno mi sobrino y yo recorrimos toda la municipalidad, no nos ayudan para nada. ¿Cuánto le costaba a la municipalidad poner un andamio y dos obreros para arreglar la mampostería del balcón? Me sacaron el sol, ni un rayito de sol.

El edificio no está declarado patrimonio de la ciudad. Está en venta, pero no me ocupo más. Nunca recibimos ayuda de la municipalidad, de ningún área, ni de cultura, ni de obras, ni de patrimonio histórico.

La escucho y recuerdo las palabras de José Pablo Feinmann, quien emulando a Sartre supo decir "no quiero morir en el desencanto, pero hay que tener un fundamento para la esperanza".

No eran necesarias las chapas.

Es cierto que ediliciamente, el inmueble ubicado en calle Sarmiento entre Mendoza y 3 de febrero, muestra grandes fisuras estructurales, fieles secuelas de la temporalidad sicaria, que nada lo perdona y parece condenar todo al olvido. Quizás también sea cierto que se lee cada vez menos el formato papel. Me resisto a creer aquella sentencia callejera de una juventud que poco lee. Soy más bien creyente en la nueva marea juvenil, aquella que nació con el nuevo milenio y con gran fuerza aquí desde el cono sur. Quizás cambiaron las formas, pero no era necesario el decoro urbano. No es necesaria la imagen críptica con la cual la municipalidad sentenció la existencia del inmueble. La primera librería de una ciudad tan universitaria, tan bohémica, cultural se encuentra enterrada entre chapas y andamios municipales. Seguramente en un futuro no tan lejano, un edificio de 9 pisos, con departamentos de dos o tres dormitorios vendrá a silenciar lo que aquí pasó. No eran necesarias las chapas para adelantar lo inevitable, los rosarinos ya nos acostumbramos, "el futuro llegó hace rato", grita aquella mítica letra del rock nacional, la inminencia del tiempo, lo inevitable. Pero no nos engañemos, hay una juventud que tiene fuerza, que lee, y todo lo renueva. Creo en ella y creo que espera algo mejor que aquello que ya llegó. No se si comprendo sus motivos, tampoco se si es necesario mi entendimiento. Si creo, que estos andamios no los hubieran puesto, o invento alguna razón imaginaria para creer que no lo harían. No eran necesarias las chapas y por eso, no hay fotos de ellas en este artículo. Sepan jóvenes, por este edificio tan carente de sol, pasaron generaciones de rosarinos hambrientos de letras, allí nos imaginaron, allí muchas cosas nacieron. No eran necesarias las chapas. Una ciudad que olvida, esta condenada a la opacidad.

La centenaria librería está ahí, invisibilizada entre un teatro y una escuela de educación superior.

Me retiro con un obsequio de Amalia "Coqui" Longo, el libro es impreso en los talleres Gráficos de la Editorial Jackson, de la ciudad de Buenos Aires el 24 de junio de 1948. Es una novela de James Hilton, "Nada tan extraño".

En su época dorada, quienes venían a presentar libros a la ciudad, visitaban la librería.

Una testigo de su tiempo que por horas eludió el censor de la dictadura: "Un hombre hojeó toda una mañana el libro Historia de las revoluciones, de editorial Codex. Por la tarde lo vendimos y al día siguiente, aquel hombre entró, mostró su credencial de policía y nos pidió el ejemplar. Por suerte ya no lo teníamos".





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