13-01-2021 / Reseña de La montaña y la noche, de Alejandro Hugolini

Lo sobrenatural de la memoria

Un rememorado viaje de dos amigos al cerro Uritorco sirve de hilo conductor para contar la historia de esas luces que se mueven en el cielo azul profundo de las sierras y de las palabras que resisten el paso de los años tratando de explicar lo inexplicable.


Alejandro Hugolini vuelve a la novela luego de Llueve sobre rieles. Esta vez, "se mete" con el Uritorco. Foto: Gentileza: Claudio Miletti.
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Damián Pettinari
redaccion@miradorprovincial.com


Lo sobrenatural nos acompaña desde la primera oscuridad hasta ese último misterio, cuando la luz ya no vuelve. Allá lejos, cuando ignorábamos todo, amanecíamos imaginando la causa de las cosas, la maravilla de ver resurgir el sol en el horizonte. "Para un escritor la memoria es la tradición. Una memoria impersonal, hecha de citas, donde se hablan todas las lenguas. Los fragmentos y los tonos de otras escrituras vuelven como recuerdos personales. Con más nitidez, a veces, que los recuerdos vividos", decía Piglia en un texto de principios de los noventa, en el ocaso de los australes.

La montaña y la noche de Alejandro Hugolini se interna en lo sobrenatural de la memoria, ese lugar hecho de tiempo. Un rememorado viaje de dos amigos al cerro Uritorco sirve de hilo conductor para contar la historia de esas luces que se mueven en el cielo azul profundo de las sierras y de las palabras que resisten el paso de los años tratando de explicar lo inexplicable.

Alejandro Hugolini, Licenciado en Periodismo (UNR), es colaborador de los diarios Rosario/12 y La Capital de Rosario. Publicó anteriormente Llueve sobre rieles (Baltasara Editora, 2014), su primera novela; en tanto que Viaje a la luna, su libro de poesía, está aún inédito. La montaña y la noche (2020, Casagrande), su segunda novela, tiene en su tapa uno de los tantos mapas dibujados a mano que ilustran los escenarios en los que se desarrolla la aventura de estos dos mochileros en plena década menemista.

Por donde se cuela el misterio
Esta crónica autobiográfica en primera persona tiene a Claudio como alter ego del narrador. No tenemos demasiada información de estos dos rosarinos, más allá de que los une una profunda amistad: "Claudio contestaba mis preguntas, muchas veces antes de que las hiciera". Representa la voz del saber, quien guía en el viaje: "Claudio señaló el Uritorco y la Sierra del Pajarillo. - Un padre riguroso y una madre tierna -dijo-. Como muchos tuvimos." Viajan estimulados por fotografías que revelan ciertos resquicios en la realidad por donde se cuela el misterio.

El relato se estructura en torno al viaje, pero con el correr de las paginas se disparan varias líneas narrativas que se esparcen en el tiempo, desde un avistamiento en 1986, experimentado por un niño en su casa cercana a la Ruta Provincial 17, hasta las memorias de un licenciado español al servicio de la Corona, que en pleno siglo XVI no puede reconocer si lo que ven sus ojos son cosas del maligno o las almas de los Comechingones despojados de su tierra.

En otra de las líneas narrativas aparece el personaje más enigmático, Angel Cristo Acoglanis, "El portero de ERKS", palabra que corresponde a un supuesto idioma cósmico, y que significa: Encuentro de Remanentes Kósmicos Siderales. Según la escuela hermética era una especie de ciudad subterránea en la que habitaban seres superiores, poseedores de un gran avance espiritual y tecnológico. En Capilla del Monte, a mediados de los años 80, oficiaba de sacerdote místico para una logia de iniciados deseosos de conectarse con lo sobrehumano a través de plegarias en un idioma desconocido. Acoglanis, junto con Guillermo Terrera, guardián de "la piedra que cayó del cielo", el bastón de mando de los comechingones, se encargaron de ligar los mitos ufológicos del cerro con las dos etnias originarias de la zona, los henia-kamiare.

Memoria artificial y resistencias locales
La novela está plagada de referencias culturales relacionadas con la tradición fantástica: un disco de Alan Parsons, "Cuentos de misterio e imaginación"; lecturas de la adolescencia, Julio Verne y Edgar Allan Poe; la película "Encuentros cercanos del tercer tipo" de Steven Spielberg; los relatos de Fabio Zerpa en la revista Cuarta Dimensión y el programa de televisión Código X, creado por Chris Carter, que consolidó el formato serie, actualmente hegemónico.

Volviendo al enorme Piglia, en El tenso músculo de la memoria afirma: "La ficción narra, metafóricamente, las relaciones más profundas con la identidad cultural, la memoria perdida, la extradición. Existe una red de narraciones básicas, de relatos sociales, que la novela actual reconstruye: un tema central diría yo es la tensión entre cultura mundial e identidad particular. Entre la tendencia generalizada de uniformar la experiencia y construir grandes polos de memoria artificial y las resistencias locales, las culturas situadas, la voz familiar." La montaña y la noche resuelve esa tensión afirmándose en la mitología local existente en torno al Uritorco, no demasiado extendida a nivel popular, lo que sin dudas es un acierto.

No se puede confiar en la memoria y mucho menos en las palabras, que son artilugios. Los objetos, en cambio, suelen atestiguar la historia. En La montaña y la noche, como en otros relatos, quizás solo un ladrillo sostiene el peso de lo fáctico: "Los hombres como yo, de puros proyectos, no suelen hacer las cosas que dicen desear tanto. Los paraísos que nos gustan son inalcanzables, porque siempre están ahí pero no nos requieren ningún esfuerzo más que la evocación. Mi ladrillo, en un estante, me recordaría que una vez había vencido la inercia, había dejado de proyectar y había vivido."

Por momentos la urgencia de la aventura cede y deja espacio para fragmentos de exquisita prosa: "Amarillo y negro. El día y la noche. La mirada es horizontal durante el día, buscando ese espacio, ese vacío que no existe en la ciudad, donde siempre hay un objeto, un límite, una pared. Y se vuelve hacia arriba ni bien acontece la noche, cuando la bisagra rojiza del crepúsculo anuncia que viene ya la inmensidad azulnegra, el atisbo de la infinitud que puede dar el cielo despejado de las sierras."

El protagonista de La montaña y la noche se adentra en unas sierras enigmáticas para explorar la otra dimensión de la realidad. El paso de los años transformó esos recuerdos infieles (como todo recuerdo) en un libro que seguramente se encuentra en un estante para recordarle que una vez venció la inercia, dejando de proyectar, para vivir.

Alejandro Hugolini en primera persona

- ¿Cómo surge la idea de volver sobre ese viaje tantos años después para transformarlo en un libro?

- La experiencia del viaje fue tan importante para mí que me pasé veinte años contándoselo a quien me quisiera escuchar y volví a la zona del Uritorco más de diez veces. En cierto modo la narración tuvo primero una existencia oral y cuando me di cuenta de su persistencia, de su carácter fundante, llegó el momento de la escritura. Claro que influyó esa ilusión de resguardo, de testimonio para la eternidad que tiene lo escrito. La novela presenta lo que podríamos llamar un montaje paralelo entre las experiencias en el campamento y otras historias, que empiezan con la matanza de los Comechingones en 1574 y llegan hasta la Huella del Pajarillo en 1986. Todo ocurre en la misma zona, en pocos kilómetros cuadrados. La novela es autorreferencial, tiene un sustento histórico y es también un relato de aventuras, de viajes.

- En el primer capítulo aparece como motor de la aventura la búsqueda del misterio, "esa certeza difusa de que la vida puede tener otra intensidad", ¿considerás que el libro se desarrolla a partir de esa tensión entre la memoria personal y la memoria cultural relacionada a la tradición fantástica?
- La intensidad, la experiencia que podríamos llamar epifánica se da, al menos en mi caso, en la niñez y en la adolescencia. Mi generación se crio mirando al cielo y hablando de cohetes y astronautas. Ingresamos al prescolar a pocos meses del alunizaje. Nuestras primeras lecturas eran La isla misteriosa, Sandokán, Cinco semanas en globo y De la Tierra a la Luna. Veíamos en la televisión El mundo de Jacques Cousteau, Viaje al Centro de la Tierra y los capítulos de Tarzán y Daktari. Y fuimos al estreno, en el cine, de Encuentros cercanos del tercer tipo. ¿Cuál es la diferencia entre un planeta desconocido y las tierras vírgenes, los mares lejanos? La experiencia de sentirse como un explorador, como un viajero del siglo XIX, conecta inmediatamente con la infancia, con el deslumbramiento. Somos los hijos de Poe y de Salgari pero, sobre todo, somos los hijos de Verne.

- Claudio es una especie de alter ego que guía en la aventura, ¿cómo fue reconstruir ese vínculo que tenían veinte años después?
-Fue una hermosa comprobación de que todavía estábamos en la misma montaña. De que el viaje no terminó. Diría Kundera: tan natural como que una paloma se pose en el hombro de San Francisco de Asís.

- ¿Cuánto tiempo te llevó la recopilación de datos para producir la novela?
- Menos de un año diría. Yo tenía y había leído mucho material sobre los mitos de la región, pero investigué un poco más la historia de Córdoba y los trabajos arqueológicos de Aníbal Montes, todos digitalizados y disponibles en la red. Escribí la novela de memoria y luego fui editando, agregando, corrigiendo algunos datos históricos, con cierta obsesión periodística que me acompaña. Pero como es una novela, a veces hay que mentir para poder decir la verdad.

- La historia de las logias en la Argentina es extendida pero desconocida, ¿cómo llegaste a la historia relacionada con la actividad de Acoglanis en el Uritorco?
- Yo recuerdo haber leído en Clarín la noticia de la muerte de Angel Cristo Acoglanis, en 1989, y asociarlo inmediatamente, ya que no es un apellido común, al querido periodista Miguel Angel Acoglanis, que trabajaba en LT 3. Pero fue Claudio, en 1993, el que me prestó los primeros libros, en especial "Luces sobre el Uritorco" de Jorge Suárez. Hay otros sucesos y coincidencias que nos llevaron, en 1995, a ese lugar de las sierras donde ocurrieron las cosas que cuento en la novela.

- ¿Cuál es la historia detrás de los mapas que ilustran el libro?
- Los dibujos los hizo Claudio especialmente para la novela, aunque él ya los hacía 25 años atrás, cuando no había Google Maps, ni teléfonos inteligentes. Hacía mapas y creaba la toponimia como las ruinas de San Francisco y las Aguas Sabias que aparecen en el libro. Con la novela en la mano, con sus mapas, cualquiera podría reproducir nuestro recorrido. O chequearlo en la web.

- El último capitulo te preguntás: "¿cuánto tardará en borrarse todo?", ¿cuánto de la historia borrada por los años hubo que recrear en la imaginación?
- Se borra la memoria y se borra el paisaje, lo cual nos enfrenta a nuestra fragilidad, a nuestra finitud. Yo tenía una historia en mi memoria, la escribí y cuando la compartí con Claudio él me señaló tres momentos que faltaban. Dos pude recordarlos y uno se incorporó al texto. Pero hubo otro momento, clave en la historia, que no pude recordar. Entonces Claudio me mandó una grabación donde está mi voz en ese recuerdo borrado. Aún sin recuperar el recuerdo, el registro explica la intensidad de la vivencia y la persistencia de la evocación. Alguien dijo por ahí: "el sentido espiritual de lo vivido es lo que merece ser narrado". En eso estamos.




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