Teatro

La divina esencia del amor descompuesto

Sobre La moribunda, de Alejandro Urdapilleta y Humberto Tortonese, en versión de y por Leandro Doti y Aquiles Pelanda.

02-12-2021 | 15:03
Leonel Giacometto


Leandro Doti y Aquiles Pelanda, dos jóvenes actores, muy activos en la palestra teatral rosarina de los últimos años, venidos de la misma matriz teatral, como si en un acto de sacrificio y partida fuera esto, como vuelto y partida de esa formación teatral, montan y se montan La moribunda, de Alejandro Urdapilleta y Humberto Tortonese, una obra que con los años, entre lo que sigue abajo y su estreno, funciona siempre como una especie de exorcismo, de purga buena entre actores que, por decir, deciden nuevos impulsos al orden pasional que se llama actuación.

Urdapilleta hacía Hamlet con Bartís
Aunque no se sabe si todo lo que sigue debería o no debería formar parte del complejo mecanismo del gusto teatral, siempre resulta subyugante ver una obra de arte, y, luego, guste o no, enterarse datos e información sobre su origen, y así, como todo, cuando sea el momento de perderlo todo, si es que sucede lo que dicen que sucede, uno, cualquiera, vea un destello que será la síntesis agolpada de todas nuestras refulgencias, gustos, deseos y pasiones. Entonces, es posible que aparezcan bríos brillosos de Alejandro Urdapilleta, Humberto Tortonese, y Antonio Gasalla, y sólo eso nos siga refundando que, no sólo el mundo es injusto, sino que puede ser útil, a pesar de todo. Los actores, no los buenos, sino los grandes actores, resumen y hacen aquella coyuntura en la cual vivieron y actuaron, más allá de su implicancia popular o su extensión entre unos cuantos. Como Federico Luppi, como China Zorrilla, como Jean-Louis Trintignant, como Luisina Brando, u Osvaldo Terranova, entre cientos más. Esta gente está hecha de sí misma, de sus guiones, de sus directores, y de nosotros mismos. Nos guste o no. Por eso, quizás, mi mamá no se ríe con Esperando la carroza, pero sueña despierta con Julia Roberts.

Sombra de conchas sin continente
Evidentemente, en el mientras tanto posterior a una década, siendo otra, aparece la idea de herencia y consecuencias para y sobre los motivos que pasaron, pero que hoy, evidentemente, son mucho más de lo que fueron, algunos. La conquista del marco de una época juntando los La moribunda movimientos, eventos, y ocurrencias artísticas entre el teatro, la música, las artes plásticas que se vinieron dando desde la vuelta a la democracia, en Argentina, en y desde 1983, hizo luz pública todo aquello que los medios y la prensa, o sabían y no podían, o sabían y no querían hacer, al menos, como información para la gente. Porque la gente es mucha, y esta palabra, como pueblo o público, está abusada. Eso pasó con el mítico Parakultural, la prensa, el jet set, Pino Solanas, Huberto Roviralta, Norma Aleandro no fueron convocados, sino que fueron, la prensa tuvo que ir. Así, entre una mística que no quiere ser nombrada como clásico, a La moribunda ya le dicen clásico. Pero no lo es. Más bien es un motivo para darse cuenta de otras cosas. Y acá hacemos bucle hacia el primer párrafo, porque todo esto, también, es y fue divertirse al ritmo de un arte venido de lo corrido, de la minoría que se formaba con los mismos maestros que se atrevían después a burlar, de jugar. Como tantos otros espectáculos venidos, no del texto escrito, sino del hacer y la vida de los actores, el desparramo de sentidos que induce La moribunda, esto se ve con los años, posibilita que se aborden una disparidad de géneros y sentidos donde la actuación no está al servicio del texto, sino del sentido. Ahí cada uno sabrá.

Mientras se Batato se moría
Cuando ya habían pasado los primeros cinco años de la década del noventa del siglo veinte, Tortonese y Urdapilleta estrenaron La moribunda en noviembre de 1997 en el Morocco, en la que aún no era la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, y en 1998 fue reestrenada en el teatro Picadilly, también en esa ciudad. Fue publicada, antes desgrabada y copiada a texto desde un video por Ana Durán, en la revista Funámbulos, los viudos de la certeza, en su número 8, setiembre-octubre de 1999, revista dirigida por la misma Durán y Federico Irazabal. Es una única versión escrita que existe de esta obra, pero, como sucede con los textos venidos de la escena, se expandió tanto como tantas veces se hizo, rehizo y hace. Es más que un fenómeno o una cuestión de fanatismo al estilo de la de la antes mencionada Esperando la carroza: es un encuentro entre generaciones teatrales, entre posibilidades de experimentación, y, por supuesto, la significancia de que tanto Urdapilleta, Tortonese, como la tercera para (recién fallecida) cuando se estreno en 1989, Batato Barea, no son una anécdota de quiebre artístico, sino un punto de creación que aún no lo dijo todo.

Más sobre La moribunda: Instagram: @lamoribunda_

Ficha técnica
Título:
La moribunda
Autoría: Alejandro Urdapilleta y Humberto Tortonese
Actores: Aquiles Pelanda, Leandro Doti
Dirección: Leandro Doti y Aquiles Pelanda
Operación de sonido: Mariu Peirano
Diseño de iluminación y operación: Agustín Rosso
Asesoría de vestuario: Agustina López
Diseño de escenografía: La producción
Diseño de maquillaje: Maximiliano Venturini
Fotografías: Antonio Frillocchi
Voz en off: Lucía Dominisini
Composición musical, grabación y mezcla: “Eh bo”
Asistencia técnica vocal: Guadalupe Tinelli
Producción ejecutiva: Aquiles Pelanda y Leandro Doti
Funciones: Viernes a las 21 en la sala “Cultural de abajo”, Entre Ríos 579, Rosario (341-2297187)


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