Conversando con un psicoanalista

Cómo vivir sin ansiedad


05-12-2021 | 9:28

Nos escribe Tamara (32 años, San Justo): "Hola Luciano, te escribo porque quería pedirte que dijeras algo sobre la ansiedad. Me considero una persona muy ansiosa y me la paso acelerada y no sé cómo parar. ¿De qué manera se trata esto? Siento que afecta mi capacidad para disfrutar y estoy todo el día con la cabeza a mil".

 

Querida Tamara, ¡qué gran tema trajiste en tu consulta! La ansiedad es uno de los males de nuestra época. Es el sufrimiento de la prisa y de estar siempre un paso adelante, mucho más en lo que se va a hacer que en el momento en que uno vive.

 

Porque en la ansiedad se trata de "estar haciendo", impulsa nuestra sensibilidad para el lado de la acción y no podemos frenar. Incluso pasa esto que bien se nota en tu carta: que te podés dar cuenta de lo que ocurre, que lo podés pensar, pero es en vano; incluso hasta se te puede dar vuelta y transformarse en una obligación del estilo "Tengo que hacer algo para estar menos ansioso", pero lo que busquemos hacer va a replicar el mecanismo de la ansiedad.

 

La pregunta que deberíamos hacernos, entonces, es cómo surge la ansiedad. Para explicar este aspecto podemos hablar de la sociedad, del tipo de vida que nos toca en un mundo que valora los efectos y el productivismo; esto está muy bien para la perspectiva sociológica, pero yo te propongo que pensemos desde el punto de vista psicológico, con la idea de situar algunos mecanismos -porque no se trata de que propongamos tips de los que circulan en páginas de Internet y redes sociales y no sirven para mucho, salvo para sentirnos peor porque no nos funcionan.

 

Para darte una explicación profunda y no quedarme solamente en cuestiones muy generales, Tamara, voy a desarrollar una idea a través de un rodeo: creo que estarás de acuerdo conmigo en que conocemos niños inquietos, o bien niños que no pueden dejar de moverse, pero no niños ansiosos propiamente dichos. Esto quiere decir que este tipo de afección surge en un momento específico. Uno de los grandes logros del crecimiento es poder soportar tensiones internas, a veces conflictivas, sin entrar en desesperación; he aquí el camino que lleva a la madurez progresiva.

 

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Comenzamos a crecer cuando puede ocurrir algo que no nos gusta o tenemos que tomar una decisión que no queremos y podemos esperar; es decir, cuando no vivimos como una urgencia tener dentro de nosotros una idea que nos inquieta. Como dije antes, es posible que esta idea implique un conflicto (por ejemplo, me doy cuenta de que tengo que decirle a una persona cercana algo que no le va a gustar, pero debería hacerlo para ser honesto). Así es que durante un tiempo viviré con una tensión interna.

 

¿Cuál es el origen de nuestra capacidad para tolerar tensiones? Su causa es lo que en psicoanálisis llamamos "período de latencia". Este es el tiempo que sigue a nuestra vida infantil y se caracteriza por poder oponer a nuestros impulsos una fuerza contraria; por ejemplo, la vergüenza. En la latencia es que se construye este dique psíquico que, de acuerdo con la situación que mencioné antes, si tengo que decirle a una persona cercana algo que no le va a gustar, puede ser que eso a mí me avergüence y, por lo tanto, demore el momento de hacerlo.

 

Así es que, como dijimos, la tensión permanecerá como interna. Esto es algo muy bueno. Este es un gran crecimiento, porque a través de esa instancia interior es que voy a poder deliberar mis acciones posibles y mi decisión futura. Ahora bien, ¿qué es lo que le ocurre a muchas personas hoy? Les pasa que ni bien sienten una tensión interna, salen para adelante corriendo -como si les costara soportar que algo permanezca en estado de espera o latente hasta que sobrevenga una acción.

 

La contracara de esta actitud es la de quienes solo pueden frenar con la pared, es decir, desde afuera. Esto que digo parece simple, Tamara, pero es lo que encontramos en un montón de situaciones que parecen de otro tenor; por ejemplo, le pasa a muchas de las personas que cuentan que están en relaciones tóxicas. ¿No son las que cuentan que están en una relación que no les hace bien, que lo saben, pero no pueden hacer nada? Son las personas que solo pueden cortar esos vínculos cuando pasa algo malo (o peor) y a veces ni siquiera.

 

¿Cómo es que el pensamiento no puede ponerle punto final a algo que sabemos -y esto es lo importante- que nos hace mal? Lo que ocurre en estos casos es que no se llega a preparar el espacio mental para que alguien pueda vivir una tensión y, luego, un tipo de conflicto. Este tipo de personas más bien ve sus problemas como algo que hay que sacarse de encima -para usar una expresión muy popular.

 

Siempre me llamó la atención que personas lo digan de ese modo, que quieren "sacarse de encima" un problema o situación. ¿Cómo llegaron a tenerla sobre el propio cuerpo? Vivir no es resolver todo el tiempo, sino también dejar madurar las situaciones, poder tenerlas presentes como fuente de un displacer que nos acompañe durante cierto tiempo hasta que nos soltamos de ellas. Si no logramos hacer ese proceso, es como si la cabeza se nos reiniciara una y otra vez siempre en el mismo lugar. Esto es lo que ocurre en las llamadas relaciones tóxicas: vuelven siempre a lo mismo, no tienen proceso.

 

 

Poder vivir un proceso es una de las dificultades más grandes de este tiempo para muchas personas. Quedan atrapadas en la inmediatez, sin mucha capacidad para frenar su pasión. No por nada muchas personas dicen que lo que más les cuesta es poder decir que no; pero no solo se trata de decirle que no a los demás, sino a sí mismas también.

 

En el párrafo anterior usé deliberadamente la palabra "pasión" (en lugar de la más común de impulso) porque en nuestra sociedad pareciera que todavía muchas cosas se pueden justificar pasionalmente, pero lo cierto es que pensarse solo desde la pasión es un problema -no olvidemos que esta palabra se relaciona etimológicamente con la de patología (ya que pasión se dice "pathos").

 

Dicho todo esto, podemos volver a la ansiedad y entender que no somos ansiosos de la nada, o porque algo nos puso ansiosos, sino que aquella es un modo de vivir que surge cuando tenemos dificultades para tolerar tensiones internas, transitar procesos y solo queremos sacarnos las cosas de encima.

 

En este punto, Tamara, me preguntarás: todo muy lindo, pero ¿qué hago? Y yo te voy a responder que es la pregunta misma de la ansiedad. Más bien el primer paso para desactivar la ansiedad es empezar a mirar con desconfianza el hacer como respuesta a todo y, luego, recuperar el tiempo como capacidad de espera para las decisiones.

 

Vos me dirás que esperar es difícil, que ese es justamente el problema; pero yo te voy a responder que no se trata de una espera pasiva, de esperar como quien dice "ahora aguantátela". No. Cuando me refiero a recuperar el tiempo, hablo más bien de reconocer que el tiempo se nos impone. Por ejemplo, yo creo que uno de los mejores ansiolíticos es el placer; básicamente porque no hay vivencia de placer que no implique un tiempo determinado.

 

Lo placentero siempre empieza y termina y escapa a nuestro control, de ahí que no me parezca raro, Tamara, que digas que como ansiosa te cuesta disfrutar. Esto es así tal cual, por eso es necesario plantear la necesidad de escenas placenteras que nos obliguen a estar en un momento durante un ratito para modificar nuestra relación con el tiempo y sacar a este último de su velocidad. El placer nos detiene, nos enseña a parar. No puede haber placer sin aquí y ahora y puede ser la antesala de que empecemos a encontrar los límites internos que nos faltan cuando estamos ansiosos.

 

Hacer terapia no es para curarnos de tal o cual locura, sino para vivir un proceso (por eso hablamos de "proceso psicoterapéutico") que nos reencuentre con nosotros mismos y nuestra capacidad para sentir placer.

 

Uno de los grandes logros del crecimiento es poder soportar tensiones internas, a veces conflictivas, sin entrar en desesperación; he aquí el camino que lleva a la madurez progresiva.

 

Vivir no es resolver todo el tiempo, sino también dejar madurar las situaciones, poder tenerlas presentes como fuente de un displacer que nos acompañe durante cierto tiempo hasta que nos soltamos de ellas.

 

El primer paso para desactivar la ansiedad es empezar a mirar con desconfianza el hacer como respuesta a todo y, luego, recuperar el tiempo como capacidad de espera para las decisiones.

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