La poesía nace de las palabras

Cecilia Del Popolo: "Lo lúdico de la escritura me encanta"

La poeta y narradora rosarina nos habla de la poesía, de las palabras y sobre su concepción de la vida.

15-01-2022 | 9:08
Gisela Mesa redaccion@miradorprovincial.com


Cecilia Del Popolo nació en la ciudad de Mendoza en 1982. Luego de egresar de la Escuela Provincial de Bellas Artes se trasladó a Rosario donde estudió Análisis Político en la Facultad de Ciencia Política y RRII de la UNR.

Lectora de ensayo y poesía, participó de distintas experiencias de escritura colectiva en Rosario y en Buenos Aires. Mirador Provincial dialogó con la poeta para hablar de Auricular su primer trabajo que publica de la mano de la prestigiosa CGeditorial . Editorial Ciudad Gótica.

-¿Qué te lleva a expresarte a través de la escritura?
-Creo que la escritura, como toda expresión, surge un poco misteriosamente. Es muy difícil, quizás imposible -y quizás esté bien que así lo sea- racionalizar un motivo, un sentido, o un anhelo en relación al arte y a lo que nos lleva por ese camino. Personalmente, cuando me encuentra el deseo de escribir es simplemente para escribir. Lo que siento que hay es una sensibilidad con las palabras y ciertas vivencias con el lenguaje. Son vivencias que podría decir que oscilan entre la plenitud y la desesperación. El hecho irrefutable de que hablamos y somos hablados. Y que vivimos en esa tensión; hundidos en el lenguaje pero respirando a través de él. Pienso que tal vez sea el intento, siempre inexacto, de dar cuenta de las formas en que percibo que eso sucede lo que motive mi escritura. Aunque también me gusta explorar el ritmo, la música, y las posibilidades gramaticales y sintácticas. Lo lúdico de la escritura me encanta.

-¿Qué lugar ocupa la poesía en tu vida?
-Hubo un momento en el que se volvió fundamental. Antes de eso pensaba que la poesía era lo que habían escrito otra y en otros tiempos. Que a lo sumo estaría reservada para unos pocos, inaccesible. Hasta que esa sensación de ajenidad y de no saber nunca qué es la poesía dejó de ser un impedimento y empecé a leerla y a sentirla en estado de presente. Lo que era una barrera se transformó en una apertura y poco a poco fue permeando más espacios de mi vida. Al principio con intensidad, porque la poesía nos pone en contacto con el poder de una lengua. Nos exige trabajar en contra del ego, de los prejuicios, de las ideas y opiniones que tenemos de cómo deberían ser las cosas y nosotros mismos. Pero también nos permite experiencias que de otra manera tenemos vedadas. Lo inasible, lo paradojal, lo sincrónico, por ejemplo.

-Hablanos de Auricular. ¿Cómo se crea este poemario?
-Auricular es para mí lo que queda de ese encuentro con la poesía. Me han dicho que es iniciático, aunque no me propuse hacerlo de esa manera. Son poemas que se desprendieron de la ficción y armaron su propia estructura. No surgieron de un plan. Un día los vi en retrospectiva y sentí que los unía una voz y que podían estar en el cuerpo de un libro. Eso me gustó. Porque aunque no hubo un plan si hubo mucho trabajo, concentración y aprendizaje. El tiempo le dio una forma.

-¿Considerás que la escritura o los poemas hablan de uno mismo?
-Hay una frontera, difusa, permeable, pero la hay. Trabajar una escritura va creando una zona de autonomía respecto a la identidad y la personalidad. Es lo que se conoce como yo lírico o voz extraña. Pero creo que aún bajo la despersonalización que supone la escritura, la creación de un texto literario o poético pasa por el cuerpo y la interioridad. En ese sentido es personal y ese es el modo en que la escritura, y también la lectura, entran en el orden de la experiencia.

-Si pudieses cambiar algo en este mundo a través de tus obras, ¿qué sería?
-Es una pregunta para soñar. El mundo es un lugar injusto, la realidad está donde hay llanto y padecimiento. Incluso el malestar emocional de las clases medias de los países ricos, o relativamente ricos, es sintomático de un mundo trágico y opresivo. Me cuesta pensar en algo que cambiar porque supondría conocer cuál es la causa de tanto dolor. Pero sí me atrevo a decir que quisiera aportar un granito de arena al sueño de una humanidad emancipada.

Cuando el año pasado Raúl Zurita recibió el premio Reina Sofía dio un discurso muy hermoso y potente. Entre otras cosas dijo: "Morimos en nuestras lenguas madres y volvemos a nacer en ellas. Esa es la demencial apuesta de la poesía. Ella no puede derribar una dictadura ni curar una pandemia, pero sin la poesía nada es posible porque la esperanza de un nuevo día está inscripta en lo más imperecedero del sueño humano."

-¿Qué poetas son tus referentes y autores de cabecera?
-Desde hace algunos años tengo la costumbre de leer todos los días un poema distinto. En esa lectura sólo presto atención al poema. Cuando me impactan por algún motivo busco profundizar en la obra de quien se trate. No me interesa el género, la nacionalidad, la época ni la ideología. Es un universo inconmensurable.

Después están las obras que de alguna manera han influido hasta mi generación, por lo menos. Son extraordinarias; Leónidas Lamborghini, Joaquín O. Giannuzzi, Paulina Vinderman, Juan L. Ortíz, Fogwill.

También me gusta mucho leer ensayo y filosofía. Es lo que me inculcó y enseñó a hacer la Facultad de Ciencia Política. Tuve docentes excelentes y la enorme fortuna de que Horacio González fuese uno de ellos. Recursé su materia y su seminario sólo para seguir escuchando sus clases, no me voy a olvidar nunca de cosas que allí me dijo y que me han ayudado a vivir. Desde entonces siempre hay un libro de Horacio dando vueltas por mi casa. Creo que su ensayística es pura poesía.

Por otro lado está el I Ching. ese libro milenario y enigmático. Era adolescente cuando mi hermana Laura llevó a nuestra casa la versión de Wilhelm, con prólogo de Jung. El I Ching es como esos amigos que pasan desapercibidos pero que cuando hablan te sorprenden, te dan otra perspectiva y suelen dejarte con la boca abierta. Me parece fascinante como creación humana. Lo sigo leyendo y tratando de estudiar, con muchísima paciencia.

-¿De qué manera recordás tus inicios por el camino de la escritura?
-Es bastante curioso para mí. Hace unos días hicimos en Mendoza un encuentro con compañeros de la secundaria y me recordaron que tenía la costumbre de escribir relatos y compartirlos con ellos. Incluso me contaron de qué se trataba uno de esos cuentos; una mesa ratona que respondía a los llamados como un perro. Me dio risa porque eran los '90 pero yo ni siquiera sospechaba que existía algo llamado objetivismo, ni mucho menos su influencia. Pero lo que más me sorprende es cómo esa práctica de escritura permanece dormida en mi memoria. No así los libros que leía y que traje en una cajita de televisor cuando me mudé a Rosario; todo con lo que llegué a la pensión donde viví esos primeros años.

Mis hermanas también me cuentan que desde muy chica tenía diarios y libretas que estaban siempre llenas. Te gustaba escribir cositas, me dicen. Sin embargo, yo localizo el momento de empezar a escribir, a conciencia, digamos, hace apenas diez años. Tenía un proyecto de novela, una distopía donde había algo que llamaba sistema de inclusión permanente. En ese momento tomé algunas clases virtuales, un seguimiento de obra por correo electrónico con el escritor Juan Terranova. Me ayudó a darme cuenta que estaba perdida, que el proyecto era demasiado ambicioso y que el camino iba a ser largo. Siempre tengo la sensación de estar preparándome para empezar a escribir.

-¿Qué creés que nos enseñó esta pandemia?
-La noche del 31, mientras cenábamos, le hice la misma pregunta a mi familia. Puede que me sienta un poco pesimista al respecto, o simplemente no lo sé. Pero mi padre, que con sus 80 años siguió pendiente de los familiares y amigos que se enfermaban, al principio por teléfono y en cuanto pudo visitándolos en sus casas o en algún hospital, dijo que el aprendizaje era la solidaridad. Que pudimos aprender que el cuidado de sí y de los más cercanos es lo que cuida a la comunidad. Me parece que va por ahí.

-¿Te has enamorado alguna vez de algún personaje de libro?
-La verdad que no, eso no me ha pasado. Pero cuando un personaje ha sido escrito con amor, ese amor se siente. Pienso por ejemplo en Wenceslao del Limonero real de Juan José Saer, o en el protagonista de El silenciero, de Antonio Di Benedetto. Son personajes que amo, porque además siento que gracias a ellos es posible amar mejor a las personas reales. Hay personajes que nos permiten captar algo esencial que después encontramos en nuestros seres queridos.

-¿Cuánto tiempo le dedicás a leer y escribir aproximadamente en tu día a día?
-Leo todos los días. A veces con fruición y a veces metódicamente. Cuando llego del trabajo dedico el resto del día a leer. Aprendí a no desestimar mis propias claves para hacerlo y voy trabajando en eso. Para escribir soy un poco más inconstante, no me obligo cuando no siento la necesidad, pero también voy a aprendiendo a registrar todos los días aunque sea un párrafo o unas líneas. Sin dudas es una práctica.

-Hablanos de tu infancia.
-Fue hermosa. Tuve esa vida de barrio que hoy nos parece tan lejana. Jugaba en la calle; patines, bicicleta. Me gustaba subir a los árboles. Pasaba mucho tiempo en las casas de mis amigas y ellas en la mía. Fue un regalo de la vida tener esas amistades que perduran en el tiempo y la distancia, es increíble y muy bello.

Además fue muy linda porque al ser la menor de cuatro hermanas recibí mucho cariño y muchos estímulos. Antes del preescolar me habían enseñado a leer y cuando tenía diez años ellas ya iban a la facultad. Compartían conmigo sus intereses, sus grupos, y muchas veces sus salidas. A mi me encantaba. Vero me llevaba de campamento a la montaña. Con Marina pasaba noches enteras escuchando música y ayudándola a terminar sus maquetas. También me acuerdo de las fotocopias subrayadas con fibrones que Laura dejaba en nuestra pieza, me fascinaban. Estudiaba psicología, yo le hacía preguntas y cuando venían a casa sus compañeras me gustaba estar cerca y escuchar lo que decían. Por supuesto, no entendía nada. Pero creo que todo eso alimentó mi curiosidad e imaginación, viví la infancia con mucha alegría.


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