Entrevista

Pablo Bigliardi: un estado de felicidad diaria

El escritor y peluquero nacido en Saavedra, Buenos Aires, y radicado en Rosario, es una rara avis cuyo salón de belleza también es una gran biblioteca. Aquí nos cuenta sobre su dura historia de vida y sus pasiones. Una biografía difícil que se recicló en optimismo permanente.

"El oficio de la escritura nació conmigo. De niño le hablaba a mi madre sobre conversaciones que tenían las hormigas con las plantas o relaciones entre las piedras, vías del ferrocarril o las sierras de Saavedra". Foto: Gentileza. Foto: Gentileza.
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18-01-2022 | 13:50
Patricia Severín


-¿Cuál es tu lugar de origen y por qué recalaste en Rosario?
-Llegué a Rosario en 1991 desde Las Grutas, Río Negro. Trabajaba en una peluquería de campaña que había montado mi madre para los meses de la temporada. Nos repartíamos el enorme horario de trabajo que empezaba muy temprano y cerraba a las dos o tres de la mañana. Al fin de la temporada volvía a Bahía Blanca, en donde estaba terminando la secundaria en una nocturna. A fines de 1981 repetí primer año y al llegar al fin del segundo, con todas las materias desaprobadas, mi madre, que no sabía cómo encarar el tema de un adolescente rebelde, me envió a la Armada. Nací en Saavedra, provincia de Buenos Aires; de allí huimos en 1983, con mi madre y hermanos, por causas de violencia extrema, de abusos de todo tipo que mi padre ejercía sobre nosotros.

- ¿Qué hiciste en la Armada?
-Fui cocinero, navegué en buques de guerra, siempre con destino al sur: Ushuaia, Río Gallegos, etcétera. En el último buque, "Cabo San Antonio", cocinábamos para 400 o 700 personas sólo cinco cocineros, con récords de hasta doce horas adentro de una pequeña cocina. Aprendí a odiar por sobre toda circunstancia, a endurecerme ante un mundo hostil, a nombrarnos sólo por los apellidos, a envidiarnos sin ocultarlo y a buscar la forma de irme. En 1984, firmé en la ESMA, un contrato por cinco años. El primero ya lo había pasado como el más duro de la formación militar, y los sometimientos de carrera de mar y cuerpo a tierra. Los siguientes fueron en la Base Naval de Puerto Belgrano.

- ¿Cuándo llegaste a Rosario?
-En el verano de 1991, con veintidós años encima y la secundaria recién terminada, Susana Tealdi, vino a la peluquería de campaña. Era una periodista de Rosario que nos había pedido un precio promocional para lavarse la cabeza y peinarse, todos los días. Tras largas charlas, le conté que me iba a estudiar Comunicación Social a La Plata. Ella preguntó: ¿Te da lo mismo La Plata que Rosario?, y me ofreció su casa hasta que encontrara un departamento. En marzo estaba inscripto en la carrera, haciendo amigos rosarinos.

-¿De qué trabajaste?
-Trabajaba en una peluquería cuyo dueño me trataba tan mal que a fin de año entraría a trabajar en una empresa de servicios de sepelio. Vendía en la calle la super oferta de garantizar a la familia una sepultura y un nicho a perpetuidad. Me hallé como pez en el agua al ver que tenía una voluntad natural por las ventas, como una especie de talento innato que liberaba endorfinas. El maltrato del jefe de la peluquería era parecido al de mi padre, incluso un día, enojado, llegó a pegarme un bife por haber manchado la cara de una clienta a quien le había pasado una tintura. El sueldo del maltratador era tan bajo que alcanzaba sólo para pagar el alquiler, el resto del mes vivía de propinas de las clientas o de ir a comer las sobras a un bar que se hallaba cerca del monumento a la bandera. De las mesas que estaban afuera retiraba lo que dejaban los clientes. Las sensaciones ante esas circunstancias estaban atravesadas por una voluntad cerrada, que no me permitía revisar mi estado de ánimo. ¿Había que llorar o vivir compadeciéndome?

-¿Cuándo comenzaste con tu propia peluquería?

-En 1993, en un pequeño garaje, iniciaría mi negocio con un espejo juntado de la basura, un par de sillas de caña, un termo eléctrico de veinte litros y precios muy bajos en los servicios. Atrás del garaje había una casita, precaria, en la que viviríamos con mi compañera y mi hija recién nacida. Volvía a trabajar doce o trece horas por día para captar clientas. Por eso abandoné la carrera. Dos años después ingresaría a Letras, que también tuve que dejar por la enorme cantidad de horas laborales. Así que mi formación como escritor fue en talleres literarios o escuelas de literatura de Buenos Aires.

-¿El peluquero vino antes que el escritor o se dio en forma conjunta?
-El oficio de la escritura nació conmigo. De niño le hablaba a mi madre sobre conversaciones que tenían las hormigas con las plantas o relaciones entre las piedras, vías del ferrocarril o las sierras de Saavedra. A los ocho años escribí un relato y se lo entregué a mi madre, luego lo leyó mi padre quien me acusó de tendencias homosexuales, muy mal vistas en aquella época. En casa no había libros, por eso mi madre en cada cumpleaños o día del niño, fue regalándome las aventuras de Sandokán, de Salgari, "Las Mil y una noches"; un día robé de su mesa de luz "Las Tumbas", de Enrique Medina. Tenía diez años.

La peluquería aparece como una necesidad de salida laboral rápida. No me gustaba ser cocinero, sin embargo, en Bahía Blanca, para terminar el curso de peluquería, la secundaria y pagar el alquiler de la casa en la que convivía con mis hermanos, trabajé como cocinero en rotiserías y restaurantes y de cartero en Oca Postal. Siempre creí, ilusoriamente, que algún día podría vivir del oficio de escritor y dejaría de una buena vez, el de peluquero.

-¿Cómo hacés con un oficio que te ocupa tanto tiempo para dedicarle horas a la escritura?
-Mi trabajo como escritor era aleatorio o sea, escribía cuando llegaba a casa a las ocho de la noche o cuando desayunaba en algún bar frente a mi manuscrito. El domingo siempre fue el día determinante por la cantidad de horas disponibles. Luego de que mis hijas crecieran, ya no necesitaron de mis servicios de remisería; comencé la rutina de ir a la peluquería a las seis y media de la mañana, abría a las nueve. Más tarde adopté el horario de corrido, el de quedarme doce horas en el local. En las horas previas y en las del mediodía es cuando escribo o leo. Estoy sumando unas cuatro horas de escritura por día.

El salto literario fue gracias a la ayuda de Leopoldo Brizuela y Damián Ríos. Con ellos hice un curso de narrativa en Buenos Aires, en Casa de Letras, en los años 2008 y 2009. Ambos me alentaron y acompañaron con las sugerencias de lecturas y una clínica de novela separada del curso de narrativa. Iba todos los lunes desde Rosario, en un Fiat Duna que tenía equipo de GNC y achicaba el gasto de nafta. Los cursos y clínicas comenzaban a las cuatro de la tarde y terminaban cerca de las nueve de la noche.

Reconozco como única experiencia verdadera de escritor, la etapa de la cuarentena del 2020. Fui feliz pese a que millones de personas la pasaron mal. En la demanda laboral resulta muy difícil cuidar una idea narrativa, se van olvidando con las miles de palabras que habitan la peluquería. Cuando retomo esas ideas, ya están fragmentadas y los resultados parecen machetes de mi propia obra.

-¿Cuántos libros publicaste? Sé que algunos se han convertido en verdaderos best sellers.
-Publiqué mi primera novela, "Determinación", en el 2013, con El Ombú Bonsai. Cuenta algunas partes de mi paso por la Armada, mezcladas con ficción y toques fantásticos. Por ser mi primer libro, más la novedad del peluquero escritor, en la peluquería se vendieron dos mil ejemplares y otros mil entre librerías que gestionaba la editorial junto a presentaciones y en giras por los pueblos. El segundo libro es un policial con tinte mágico, se llama "El Santo de Saco Viejo". Un detective descubrirá mucho más que un enigma introduciéndose de lleno en la cosmogonía Tehuelche de los antepasados de los pueblos originarios de la zona. El tercero es "REM", cuya sigla alude al estado del sueño conocido como movimientos oculares rápidos, está trabajado sobre mis sueños nocturnos y que anoto luego en un diario. Les agrego ideas para generar ficción cuyo resultado me parece una especie de híbrido novedoso. Los géneros fantástico, terror, ciencia ficción y distopías recorren el libro. El cuarto es "Al pie del sillón". El único libro hecho en el horario de la rutina peluqueril, quizás el que menos machetes tiene y que considero mejor elaborado. Cuando releo los anteriores desespero por corregirlos. Fue presentado en Buenos Aires y en la peluquería, ante situaciones bizarras de clientas quejándose por mi mal desempeño como peluquero y actuaciones de stand up.

-En la peluquería hay una frondosa biblioteca hasta con incunables y, además, vendes y difundís la obra de editoriales y escritores.
-Los libros siempre estuvieron en la peluquería. Desde los inicios del garaje. Los libros que compraba también iban a parar a los dressoir. Luego vino la bola de nieve de las clientas que no sabían qué hacer con libros heredados y los donaban. El tope máximo llegó cuando superé los dos mil libros. Entonces yo también empecé a donar, en especial los best sellers. Las clientas se llevan los libros y les pedimos que no los devuelvan, que los hagan circular dándoselos a amigas o parientes, que el libro cobre vida en su recorrido. Suelen llegar a la peluquería personas para cortarse el cabello o teñirse, para conocerme, porque recibieron un libro de una amiga que les contó sobre el peluquero que regala libros. Editoriales como Palabrava, Casagrande, Biblioteca Vigil, Homo Sapiens, Baltasara… comenzaron a enviar o llevar sus colecciones completas. Muchos escritores/as asisten asiduamente a la peluquería con su novedad bajo el brazo. Otros/as van a charlar y a dejar sus libros para que la clientela los lleve y circulen por la ciudad. Suelen encontrarse escritoras/es que no se conocían, situación que deriva en presentaciones, intercambios de libros, proyectos e ideas. También llega el escritor que paga por su libro y que suele tener problemas para colocarlos en el circuito de las librerías o en los espacios alternativos, y la peluquería ofrece una venta que carece de ánimos comerciales: el dinero va en su totalidad al autor.

Los autores son fotografiados en el sillón, con capa de corte y libro en mano, para etiquetarlos con una breve reseña de su obra; la información se replica en espacios de promoción a través de las redes y el blog de la peluquería.

-¿Cuáles son tus expectativas literarias?
-Es un tema en el que nunca sé bien cómo pronunciarme: no tengo expectativas. Mi contestación habitual es next step: siguiente paso, qué más hay para hacer, qué otra idea se me puede ocurrir. Mi futuro es la hora que sigue, la inmediatez. Carezco de sueños sobre el logro posible. La frase "cumplir un sueño", se ubica dentro del género fantástico. Tengo cuatro libros casi listos para publicar, dos novelas y dos libros de cuentos, eso puede predecir un futuro impredecible. Este año publiqué crónicas periodísticas en revistas, diarios y blogs, fue una vuelta a mi carrera universitaria inicial. Más que expectativas tengo certezas. Vivo situaciones que me reconfortan, en especial adentro de la peluquería, en donde logré una absoluta fusión con la literatura. Luego de un larguísimo recorrido de aprendizaje, creo que se resume en un estado de felicidad diaria.


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