Por causa de la música

Magalí Cibrián despliega “Mi adolescencia”, una balada retrospectiva

Magalí Cibrián nieta de los reconocidos artistas argentinos Pepe Cibrián y Ana María Campoy. El cantar es una realidad natural para esta artista que supo construir su propio camino musical. Ritmo, melodía y poesía contiene sus letras, en conversación con Mirador Magalí recorre parte de su destacada trayectoria y nos habla de su reciente lanzamiento.

20-09-2022 | 9:35
Gisela Mesa


La artista integral argentina adelanta su segundo álbum con un single despojado que invita a observar las heridas del pasado para superarlas y así rescatar el impulso vital que alguna vez adormecimos.

Una música que se destaca por su profesionalidad y su sonrisa intacta, la mirada constante, su valentía ante la vida. Memorias y crónicas declaraciones de nostalgias sobre el amor, canciones que curan el alma.

Proveniente de una familia de artistas, Magali Cibrián es música, compositora y artista audiovisual. En 2018 lanzó su primer disco, La hora azul, obra que incorpora elementos teatrales, cinematográficos y oníricos. Si bien prefiere evitar las referencias, reconoce que los boleros, tangos y coplas escuchadas por sus abuelos, así como también Kate Bush, Cartola, Björk, Spinetta, Pink Floyd, y una infancia sumergida entre Disney y María Elena Walsh, han dejado huella en su imaginario artístico. Actualmente se encuentra preparando su segundo trabajo discográfico y escribiendo un proyecto audiovisual.

Mi adolescencia” -al igual que los tres adelantos lanzados el año pasado- fue estrenado junto a un cinematográfico videoclip dueño de una estética delicada y dramática que fue realizado por la misma Magalí Cibrián en su propia casa, convirtiendo su bañera en mar abierto. En la pieza audiovisual la autora combina filmaciones de distintas épocas y momentos, entregando un collage audiovisual mágico y sumamente simbólico.

Tinta y música
-¿Cómo empezaste a incursionar en el mundo de la música?

-Desde niña disfruté de cantar, interpretar y escribir. Hacía poemas y les inventaba melodías. Pero lo veía como un juego, no como algo que me vendría a rescatar luego en mi adultez. Me formé en realización audiovisual. Recién acudí a la música hace unos años, tímidamente, sin
conocimientos. Se presentó como una herramienta que me podía ayudar a sanar, y la tomé. Luego, a medida que fue creciendo su protagonismo en mi vida, comencé a estudiar y a comprender lo que estaba haciendo. Hoy la composición musical es el lenguaje que me
permite traducir lo que pienso y siento con respecto a experiencias y situaciones que me movilizan. Pero, dado que me considero más autora que música, mañana estas experiencias y situaciones podrían llegar a ser abordadas desde otro lenguaje.

La edad en la infancia
-¿Qué recuerdos tenés de tu infancia y adolescencia?

-Recuerdo que no encajaba con ciertos estereotipos de lo que se espera de una infancia. Era una especie de mini señora que soñaba despierta, refugiada en algún mundo propio. También me fascinaba escuchar historias de vida, disfrutaba escuchando y observando las conversaciones de adultez. Conservo muy lindos recuerdos de la niña que fui y de las personas que protagonizaron los primeros años de mi vida. Tuve la suerte de haber recibido mucho cariño.

Mi adolescencia fue un poco más disruptiva, porque a pesar de mi aparente diplomacia era cuestionadora y un poco cínica. Me metía en problemas para manifestar mi perspectiva sobre temas en los cuales discernía con parte de mi entorno. En ese sentido creo que encarné mucho más al estereotipo de la adolescente que al de la niña. La recuerdo como una etapa radiante y vertiginosa, accionando y reaccionando con brío, sin la cautela ni los temores que vamos recolectando luego con los años; pero también como un período de vulnerabilidad, en el cual estamos desprovistos de las herramientas necesarias para procesar todo lo que recibimos. Un capítulo fundacional, que deja profundas huellas, las cuales pueden demorar años en ser procesadas, incorporadas y resignificadas.

-Provenís de una familia de artistas, ¿Cómo repercutió en vos ese legado artístico?

-He recibido legados artísticos de ambas familias, maternos y paternos. En cuanto a la rama Cibrián Campoy, el impacto fue directo y reconozco que conforma la columna vertebral de mi vocación. Por suerte, en los últimos años pude analizar con cierta distancia cuánto había de intención genuina y cuánto había de mandato en mi deseo. En las familias en las cuales se sostiene un oficio que ha funcionado a lo largo de generaciones, puede ocurrir. Sé que llegaba con la mejor de las intenciones, como una alternativa para subsistir. De niña lo tomaba y me proyectaba como directora y dramaturga. Lo cual no descarto como posibilidad en algún futuro, pero hoy lo considero desde otra mirada. Asumí que me gusta contar historias, traducirlas en música y en imágenes. Me considero principalmente autora. Y como autora me ayuda, me alivia, estar a disposición del formato que la obra requiera para lograr manifestarse, ya sea musical, audiovisual, literaria, etc.

Don de fluir
-¿Cómo se enlazaron tus caminos audiovisuales y musicales?

-Me formé en audiovisual. Me gusta que las imágenes y la música se complementen, que cada una se pueda valer por su cuenta, y que al unirse se resignifiquen. Quizás sea por eso que no me termino de amigar con la idea de acompañar a la canción en un formato más parecido al del videoclip, y prefiero hablar de “video-canciones”. Cuando empecé a componer no me reconocía como música. Mi primera composición la grabé con la excusa de musicalizar un experimento de animación, y así fue naciendo el álbum “La hora azul”.

-¿Qué se pierde y qué se encuentra en el camino de la música?

-Creo qué haciendo y recibiendo música se pierden las paredes que construimos para protegernos de lo que necesitamos decir. Es un lenguaje universal que tiene el potencial para remover cuestiones de raíz y bajarnos la guardia. Nos permite desenterrar fragmentos propios, develando pistas que nos ayudan a encontrarnos.

Fuimos lo que fuimos
-¿Qué extrañás de la Magalí niña?

-En los últimos años me fui acercando cada vez más a la Magalí niña, pero desde el recorrido de la Magalí adulta. La música hizo de puente, fomentando el reencuentro. Extrañaba su sinceridad, su pulsión vital, su capacidad inagotable de crear mundos donde recibir y brindar
refugios, su libertad para cuestionar, expresarse, y confiar.

-Hablame de tu primer álbum La hora azul. ¿Cómo fue la génesis?

-Comenzó como un experimento de relatos audiovisuales musicalizados y se convirtió en un proyecto de canciones ilustradas, donde la imagen y la música se valen cada una por su cuenta. ¿Una película musical experimental? Ha sido también una especie de obra secreta. En
aquel entonces no me terminaba de reconocer como compositora y estaba dando, sin herramientas, mis primeros pasos en la producción musical.

Cuando empecé a componer mis primeras canciones el único instrumento con el que contaba era mi voz. A veces el teclado de una amiga. Y con eso grabé unos rudimentarios arreglos corales, que definieron luego gran parte de la propuesta general del álbum. En cuanto a la investigación visual, combine técnicas mixtas entre animación, registros y archivos. Las animaciones partieron de experimentos cuadro a cuadro de ilustraciones con acrílicos y convivieron con composiciones digitales. Los registros filmados surgieron de un re descubrimiento de la cámara, observando escenarios naturales imponentes, cuando vivía en Brasil. Los trabajé luego en post producción intentando transmitir una percepción subjetiva. Y, en cuanto a los collages de videos personales, son el resultado de un viaje al fondo de los archivos.

Amor al arte
-¿Se valora al artista en nuestro país?

-Creo que hay grandes artistas que vienen peleándola desde hace años, pero no reciben suficiente visibilidad ni apoyo. Eso no implica una desvalorización ni una falta de interés por parte del público de acceder a nuevas propuestas, todo lo contrario. Argentina es un país con un historial de enormes artistas en distintas disciplinas, es parte de nuestra identidad. Y por lo tanto, también lo es la necesidad de encontrar voces que nos movilicen. De hecho, en estos últimos años se fundó un nuevo escenario cultural, que llegó de la mano del feminismo, en el cual fue muy importante la ley de cupo, y promovió la visibilidad de propuestas que antes no tenían espacio en la escena local. Pero aún queda mucho camino por delante. Por otro lado, emprender un proyecto artístico de manera independiente hoy en día implica enfrentarse al desafío de la autogestión en un contexto de crisis social y ambiental global, en una era en la cual la generación de contenido en redes sociales pesa más que la obra. Si bien es cierto que la tecnología nos ha permitido realizar obras desde nuestros hogares y llegar a diversas audiencias, abordar una producción musical por tu cuenta implica contar con ingresos y con horarios que te permitan financiar tus proyectos y tus acciones de difusión, sabiendo que probablemente no haya retorno económico. Es un enorme esfuerzo, muy difícil sostener para quien no cuenta con los recursos ni los medios requeridos, y expone el mecanismo de un sistema excluyente. Desde esta perspectiva, el escenario es preocupante. Dedicarse a producir obra no debería ser un privilegio, ni un camino inviable.

Mi adolescencia
-Hablanos de tu último trabajo Mi adolescencia. ¿Cómo surge y que cambios internos pasaste con este trabajo musical?

-En Mi adolescencia la narradora decodifica un dolor recurrente a partir del encuentro con un extraño. Al revivir el recorrido que años atrás la llevó al naufragio, logra desenterrarse, romper un círculo de escenas hirientes que se repiten, y alcanzar la orilla. Las palabras y la música aparecieron en casa, como un farol, ayudándome a recapitular escenas de mi vida, uniendo las piezas de un viejo mapa fragmentado. Generalmente no pienso en hacer “tal tipo de música”. Por lo pronto eso no me suele funcionar. Las canciones surgen de una necesidad de comunicar y/o de sanar algo. La grabación y la edición las desarrollé por mi cuenta en enero de 2022 entre mi casa -los pianos- y en la casa de mi hermana- las voces. Quería abordarlo de la manera más sencilla posible, manteniendo la esencia de la demo. Era la primera vez que interpretaba un instrumento -que no fuese la voz- en uno de mis temas. Fue un desafío en ese sentido porque no soy pianista. Luego abordé la mezcla con Santiago Iezzi, quien hizo magia con los elementos que recibió.

El video también fue hecho en casa. La filmación la realicé en la bañadera de mi casa, con el objetivo - por suerte, concretado - de luego en postproducción convertirla en un mar abierto. Con eso, más mis archivos personales y las imágenes de archivo que encontré online, intenté componer el clima visual del tema.

-Mercedes Sosa dijo alguna vez en una entrevista que el cantor debe consumir todo tipo de arte, ver un cuadro, leer un libro, visitar museos, todo lo que entre a nuestra mente se hace parte del canto luego. ¿Coincidís?

-Sí, totalmente. Recibir arte nos permite escuchar otras voces, incorporar nuevas miradas, cuestionarnos, repensarnos e inspirarnos, entendernos. Y me atrevo a decir que, además es importante que esa voz “cantante” pueda estar presente, registrar al mundo que la rodea, recibir historias, atravesar tormentas. Todo eso la volverá más sincera, más cercana, y la acompañará en el viaje hacia quienes reciban su canto.

-¿Qué planes hay a futuro?

-Terminar de grabar el segundo álbum, volver a presentarme en vivo, este año en formato solista íntimo y el próximo en formato banda. Luego, en paralelo, a largo plazo, me gustaría poder abordar una obra para infancias con enfoque divulgativo.


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