Trabajo en la comunidad

Acompañamiento, diálogo y contención: una receta segura

El Merendero Boina de Vasco comenzó en 2017 en la casa de los hermanos Cornejo y con el tiempo lograron mudarse al SUM de Anacleto Medina Norte. Allí se desarrollan actividades para niños, niñas y adultos mayores. La calidez emana entre ventanas y puertas que se abren para charlar sobre experiencias, historia y futuro.
07-11-2022 | 16:19

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El Merendero Boina de Vasco funciona en el SUM de Anacleto Medina Norte. Foto: Nicolás García


07-11-2022 | 16:19
Nicolás García
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Uno de los derechos fundamentales de las sociedades actuales es el acceso a la cultura y a los bienes culturales y debe ser garantizado por el Estado y sus instituciones. A pesar de los múltiples esfuerzos, las políticas públicas no logran alcanzar al total de los y las ciudadanas, por lo que son actores no gubernamentales quienes muchas veces se ponen al hombro actividades ligadas a la música, el arte, el juego y la lectura para el público en general. Es en los barrios populares donde esta batalla cultural cobra una mayor importancia, porque son en estos lugares de contención, como bibliotecas o merenderos, donde se busca poner en práctica nuevas y distintas formas de vincularse con el mundo.

En Paraná son numerosas las instituciones y personas que bregan por estos derechos en los barrios más populares de la ciudad y una de ellas es el Merendero Boina de Vasco en Anacleto Medina Norte. Inaugurado en 2017 en la casa de los hermanos Cornejo, Hugo y Emanuel, comenzó con una copa de leche para los gurises de la cuadra que diariamente visitaban su hogar y se quedaban a jugar toda la tarde. Con el tiempo, ya en el 2018, logran constituirse en el Salón de Usos Múltiples municipal de Anacleto Medina Norte, lo que le posibilitó tener un espacio más grande y cómodo para cumplir las funciones. La excusa era la taza de leche, pero el objetivo era la contención y el acompañamiento a las infancias.

A través de la construcción colectiva, el Boina fue forjando un nombre en la comunidad y un reconocimiento por parte de los vecinos. Corría la mitad del 2018 cuando se suman a una de las organizaciones sociales que comenzaba a dar sus primeros pasos en la capital entrerriana, Barrios de Pie, y es en ese momento cuando comienzan a incorporarse más compañeros y compañeras para sostener la merienda y los espacios de infancias. Estos aires de frescura le posibilitó fortalecer las prácticas que ya se venían trabajando y pensar nuevas dinámicas para el espacio. Más adelante, ya en 2022, comienzan a andar otros caminos, acompañados por otra organización social: el MTE.

Lo cotidiano


Con el trinar de los pájaros se despierta el merendero, que a las 9 de la mañana ya comienza con sus funciones de limpieza y administración. El día será largo y lleno de actividades, por lo que es importante que lo organizativo esté solucionado. Es un espacio de acompañamiento en todo momento y el mate es el vínculo físico entre compañero y compañera que con risas, chistes y charlas hacen del trabajo algo un poco más desestructurado. La Plaza Mártires de Trelew que se encuentra al lado del SUM, en la esquina de Juan Vives y Facundo, es utilizada a diario para las actividades deportivas y de recreación, por lo que los integrantes del Boina la mantienen en condiciones.

Una huerta florece en un rincón soleado y saluda a todo aquel que visita el merendero. Es objeto de charlas, entusiasmos y anécdotas varias alrededor de las plantaciones de lechuga, acelga y rabanito, entre otras. En el medio un cartel con la inscripción “Huerta comunitaria” compite en altura con los girasoles que se llevan todas las miradas. El trabajo de la tierra está a cargo de un grupo de dos personas, pero el riego y mantenimiento se hace en grupo y muchas veces se trabaja junto con los más chicos.

Llegando al mediodía, el grupo de cocina comienza a sumarse de a poco. Los lunes toca la vianda semanal y el menú, definido en los días anteriores, comienza a tomar forma. Se trabaja conociendo el público al que va dirigida esa comida, teniendo en cuenta la sal y sin utilizar mucho la fritura. Luego, una vez finalizada la producción, se hace el reparto al mismo tiempo que empiezan a asomarse los primeros gurises atraídos por el espacio de fútbol que comienza a las 16:30. En el merendero todas las tardes se realizan actividades para las infancias, desde arte hasta acompañamiento escolar, por lo que de lunes a viernes los niños y niñas tienen un lugar para visitar. Luego de guardar las pelotas y los accesorios de entrenamiento, se realiza una merienda y se le da cierre oficial a la actividad pública del lunes en el Boina.

En primera persona


Ahora sí podemos respirar un poco y sentarnos con Emanuel y Hugo junto a la biblioteca que con esfuerzo y constancia se logró conseguir para la institución. El Ema, como todos lo conocen en el barrio, nos explica que el merendero “surge por el fallecimiento de mi vieja, una pérdida muy importante para toda la familia y, entre tanto dolor y cuestiones a que nos atravesaban, nos propusimos entre mi hermano y yo fundar el Boina”.

Hugo lo escucha con pasión y nos cuenta sobre el por qué del nombre: “Era la planta preferida de mi vieja. Ella nos contaba que es difícil que prenda, pero una vez que lo hace es muy complicado que se muera”. La analogía tan acertada es aceptada por el hermano menor que se dispersa un poco con un grito desde afuera “¡Ema!¿Tenés un paquete de galletitas?”. Mientras tanto, Hugo sigue la charla y agrega que él ve al merendero como un espacio que brinda una contención a la persona que lo visita, sea niño, adolescente o mayor, y que tal vez no lo consigue en su casa. El oído atento de Ema hace que una vez vuelto a la conversación, después de dar el tan ansiado paquete de galletitas, afirma que “yo lo veo como un espacio de encuentro, porque estamos encontrándonos constantemente con vecinos y compañeros, de diálogo, porque surge la palabra y tratamos de reforzarlo desde todos los rincones, y de aprendizaje, porque todos los días nos llevamos y dejamos algo”.

La noche ya es oscura y la luna nueva no ayuda mucho con la luminosidad. La temperatura cayó y el viento nocturno se hace sentir. Los pájaros ya no se escuchan, ahora toma el control la cumbia que se escucha a lo lejos y el ruido de los últimos y pocos colectivos que pasan por Facundo y doblan en Los Jacarandaes. El merendero comienza a tener aires de cierre, pero los hermanos Cornejo siguen con ese entusiasmo que los caracteriza y ante la pregunta de “¿Qué imaginan para el futuro del merendero?” ellos contestan, y casi al unísono, “tener un lugar propio”. Ese es el deseo y el objetivo de su trabajo. “Un lugar donde se le pueda abrir la puerta a todos” dice Hugo y Ema suma “sueño con un dispositivo de puertas abiertas, donde quien lo necesite pueda quedarse a dormir y a comer. Donde puedan venir y ser escuchados”.

Los colectivos, tanto el 7 como el 3, pasan seguido pero ya sin levantar pasajeros marcando el final de ese servicio. “¡¿Otro que pasa apagado!?” se escucha en la parada a la que nos acompañó Hugo. Luego de unos minutos frena un 3, todavía funciona. El colectivo nos dejará en el centro de Paraná, pero la cabeza, por un buen rato, se queda allá, en el Boina de Vasco.

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