El presidente Javier Milei y el ministro de Economía, Luis Caputo, recalibraron sus proyecciones sobre la inflación de marzo, anticipando cifras más elevadas. Esta revisión se debe principalmente al impacto de la suba de combustibles, exacerbada por la guerra en Medio Oriente. La situación impulsa al gobierno a explorar nuevas estrategias económicas antes de que el INDEC publique los datos la próxima semana.
Con la llegada del otoño, el Gobierno modificó su pronóstico inflacionario. La administración abandonó las expectativas de desaceleración y adoptó una visión más conservadora del fenómeno, en respuesta a las cifras que se proyectan para marzo, un mes cuya inflación podría acelerarse debido a condiciones extremas vinculadas a la guerra en Medio Oriente.
La inflación ha trascendido la mera discusión técnica para convertirse en el epicentro de diversas tensiones económicas: el ritmo de la actividad, el debate cambiario, la consistencia del programa económico, la presión internacional sobre el precio de los combustibles y el margen político de un Gobierno que busca mantener la percepción de control sobre la situación.
El ministro Luis Caputo verbalizó esta nueva perspectiva con claridad. «Por ahí el EMAE de febrero da para abajo, por ahí la inflación del mes pasado, por la nafta y educación, da más alta, no importa. No nos va a desviar del rumbo», afirmó este miércoles en la Bolsa de Comercio de Rosario. Esta declaración, por un lado, sinceró la posibilidad de que la inflación de marzo sea superior a la de febrero, pero también enmarcó la estadística en una narrativa de continuidad del plan económico. No obstante, el hecho de que el ministro lo haya expresado públicamente ya indica un cambio en el clima de expectativas.
Recalibración
Hasta hace pocas semanas, tanto Javier Milei como Luis Caputo sostenían que la inflación mensual podría situarse en un dígito inicial de «0» entre julio y octubre. El horizonte planteado era una desaceleración persistente que permitiría exhibir un triunfo rotundo de la ortodoxia fiscal y monetaria. Sin embargo, el tono actual es diferente, no por un abandono del discurso oficial, sino porque la realidad ha comenzado a imponer nuevos matices.
Caputo reconoció que el IPC de marzo podría ser más elevado, y añadió otras declaraciones sobre este cambio de perspectiva: «Me preocupa la velocidad de la recuperación. Tenemos potencial para estar creciendo al 9 o 10 por ciento», manifestó. Esta afirmación no solo evidenció la inquietud por la actividad económica, sino que también expuso una tensión central del programa: mientras el equipo económico busca mostrar estabilidad macroeconómica y orden fiscal, la economía real no logra consolidar una recuperación con la rapidez esperada.
Por su parte, el presidente Javier Milei también recalibró los plazos. Durante estas semanas, retomó el diálogo directo con usuarios de la red social X. Allí, al ser consultado sobre la inflación, admitió que «ha habido contratiempos» en la dinámica inflacionaria y corrigió el horizonte de su promesa. Ya no hizo referencia a una inflación con un dígito inicial de «0» para mitad de año, sino que ahora afirmó que «en el final de nuestro mandato la exterminaremos». No obstante, en otra respuesta, enfatizó que no abandonará la ortodoxia: «No abandonemos la lucha con las herramientas del manual de la libertad…», dando a entender que la inflación ha vuelto a ser un campo de disputa ideológica.
El dato de febrero, que registró un 2,9%, activó la primera alarma. Este porcentaje se ubicó por encima del 2,7% que esperaba el mercado, prolongando a nueve los meses sin una desaceleración y a seis los meses consecutivos con una inflación superior al 2%. De esta manera, el acumulado del primer bimestre alcanzó el 5,9%. Si la inflación de marzo se sitúa en torno al 3%, como estiman algunas consultoras, el primer trimestre totalizaría un 9%. Esto implica que, en solo tres meses, la inflación ya habría consumido casi la totalidad de lo que el Gobierno proyectaba para el año en su Presupuesto: 10,1%.
Medidas adoptadas
Otra señal de este cambio de clima se manifestó este jueves, cuando YPF anunció la fijación del precio de la nafta por 45 días. El objetivo es evitar que el impacto de la guerra se traslade directamente a los consumidores y, por ende, a la inflación. La medida implica que el costo asociado al Brent, principal indicador internacional del crudo, se mantendrá inalterado. Adicionalmente, el Gobierno postergó hasta mayo el aumento del impuesto a los combustibles, formalizado a través del Decreto 217/2026.
Esta decisión representa un giro relevante en la implementación del programa libertario que el oficialismo aplica desde diciembre de 2023. El Gobierno optó por intervenir en el mercado para desacoplar temporalmente el precio local de una variable internacional, con la finalidad de mitigar el impacto del shock externo en los surtidores y, por extensión, en el índice de precios. La medida responde a semanas de presión sobre los combustibles: en marzo, las estaciones de servicio registraron aumentos cercanos al 6%, impulsados por el encarecimiento del petróleo a causa de la guerra en Medio Oriente.
La inflación de marzo, además, será la primera en reflejar indirectamente el escenario internacional, dado que febrero no incorporó el impacto del conflicto entre Estados Unidos e Israel contra Irán, que comenzó el sábado 28, es decir, el último día de dicho mes, y por lo tanto respondió principalmente a factores de la dinámica doméstica. La cifra correspondiente al tercer mes del año será comunicada por el INDEC el próximo 14 de abril, conforme a su calendario de publicaciones de este miércoles. Algunas consultoras estiman que podría superar el 3%.
La escalada bélica está configurando, además, un cuadro de estanflación global. Así lo advirtió esta semana un grupo de economistas del Fondo Monetario Internacional. Para la Argentina, esto supone un riesgo adicional en dos frentes simultáneos: crecimiento y precios. Ante esta nueva dinámica, el Gobierno ha tomado nota. El Banco Central inició la reducción de los encajes para multiplicar el efecto sobre las tasas activas y reactivar el crédito, con el fin de impulsar una mayor velocidad en la actividad económica. Sin embargo, esta medida abre otro dilema: si bien una mayor liquidez podría contribuir a recomponer el consumo, también podría generar presión sobre los precios.
En este contexto, la incorporación de Ernesto Talvi al equipo económico fue interpretada como una señal de que el Gobierno comienza a aceptar una perspectiva menos dogmática y más flexible. El economista uruguayo, especialista en dinámica inflacionaria, reforzó las observaciones sobre un posible giro del equipo económico desde la ortodoxia libertaria hacia una heterodoxia más realista.
Caputo, a su vez, elevó el tono en un tramo de su discurso en Rosario al referirse a quienes proponen soluciones cambiarias para las complejidades actuales. «Encuentro patético a los que dicen eso. Le toman el pelo a la gente. No sé si lo hacen porque les pagan o por desconocimiento. Un país que devaluó en los últimos 25 años de 1 a 1.400, ¿en serio la solución que tienen es devaluar?», reclamó. Luego, añadió un exabrupto, en una reacción que dejó en claro que, para el ministro, una devaluación desordenaría el resto de las variables y aceleraría la inflación. Por esta razón, el eje cambiario sigue siendo una vía que el Gobierno considera clausurada.
