El mediodía del 9 de abril de 2017, “Yuyo” García estaba solo en su habitación. El día anterior había recibido la noticia más triste de su vida: su hija Micaela, a quien habían estado buscando desde el 1 de abril, había sido asesinada. Si bien Yuyo no acostumbraba a atender llamadas de números desconocidos, cuando ese mediodía sonó su celular, atendió. “¿Hablo con el papá de Micaela?, “soy el Papa Francisco”, escuchó. “Mientras me explicaba quién le había dado mi número, salí corriendo a contarle a Andrea (su esposa) que estaba en la cocina. Andrea me dijo que también quería hablar. En realidad, no hablamos mucho ninguno de los dos, pero sí lo escuchamos. Me pareció que habíamos hablado unos 20 minutos, cuando en realidad después comprobé que fueron unos 5 minutos solamente. Como que el tiempo se detuvo. No hubo ningún consejo, ni recomendación ni nada parecido. Solo el deseo de estar cerca, de abrazarnos y de identificarse con Mica y su vida”, compartió Yuyo en sus redes sociales, y también expresó: “No es solamente el mejor Papa que conocí. Es el mejor líder global que haya conocido o leído. Su legado de humanidad, de empatía, de compromiso con las personas que descarta este mundo y esta Argentina actual todos los días, lo hacen el argentino más influyente a nivel mundial de nuestra historia”.
Finalmente, dirigiéndose al ya fallecido Sumo Pontífice, García escribió: “Saludos a mi Negra, que seguramente ya están conectados intentando desde otro plano: tierra, techo y trabajo para toda la humanidad”.

“DESPERTAR A LA VIDA”
Otra entrerriana que recibió un llamado del Papa Francisco en el momento que más lo necesitaba es Josefina Cardozo. Fue el 8 de agosto de 2013. Un mes antes, un tanto escéptica, ella le había enviado una carta por correo electrónico. Comenzaba con un “Querido Papa Francisco”, y en esas líneas, con cierto desgano, Josefina le habló sobre su problema de salud y su deseo de ser mamá por muchos años más.
“Una vez enviada, pasaron los días… y empecé a sentir algo dentro mío: ¡Me iba a responder! ¡El Papa me va a llamar!, les decía a mis amigos”, recuerda Josefina. Y así fue. El 8 de agosto de 2013 al mediodía, su celular, que estaba casi sin batería, sonó. Si bien la pantalla indicaba “Número desconocido”, ella sabía que era él.
“Es imposible de describir… fui una privilegiada. Y mucho más. Hablamos bastante. Quiso saber todo: mi diagnóstico, los nombres de mis médicos. Y me dijo que los encomendaba a la Virgen Desatanudos, y con un ‘cuente conmigo para lo que necesite’, nos despedimos”.
Hoy, con la noticia fresca de la partida del Papa, Josefina cuenta: “Todavía recuerdo ese silencio después de cortar. La Gracia que sentí… fue impresionante. Una emoción tan profunda, que quedó guardada para siempre en mi alma. Mi vida cambió. Lo simple se volvió inmenso. Las pequeñas cosas comenzaron a tener valor. Nada más importaba. El secreto era seguir… ¡Simplemente vivir! Su llamado fue mi despertar a la vida. La experiencia espiritual más profunda que viví”.
LA ALEGRÍA DEL EVANGELIO
El sacerdote Gregorio Nadal, conocido por muchos como “el Padre Goyo”, tuvo “la gracia inmensa” de encontrarse con el Papa Francisco en tres oportunidades distintas de su vida, y cada una de ellas marcó su camino de fe de un modo único y profundo.
“La primera fue en 1999. Yo era maestro de ceremonias en una misa celebrada en la Catedral de Buenos Aires, con motivo del centenario de la Congregación Hijas de la Inmaculada. Allí me tocó coordinar la liturgia con quien entonces era el Arzobispo de Buenos Aires, el cardenal Jorge Mario Bergoglio. Me llamó la atención su carácter adusto, casi distante por momentos, pero también su profunda obediencia y respeto por todo lo que le fui indicando en la celebración. Era un hombre sobrio, silencioso, pero de una espiritualidad que se adivinaba en cada gesto”.
La segunda “gran dicha”, como dice el sacerdote, fue años más tarde, cuando Mario Bergoglio ya era Papa Francisco: “Encontrarme personalmente con él en la Plaza San Pedro, junto a los sacerdotes Mauricio Landra y Pedro Brassesco fue un momento de gran cercanía, sin apuro, donde pude entregarle algunos obsequios de parte de los fieles de mi parroquia y compartirle algunas cosas personales. Me alentó con fuerza a ser fiel. Aquella palabra quedó resonando dentro de mí, como una llama encendida. Fue un encuentro corto pero inmenso, donde además me bendijo con su mano sobre mi cabeza. Nunca imaginé estar tan cerca de un Papa, y mucho menos tener ese diálogo mano a mano. Salí de ese encuentro con el alma en alto, lleno de entusiasmo”, recuerda.
El tercer encuentro ocurrió en el Palacio Apostólico, en el marco de un acto muy solemne de la Rota Romana. Al finalizar su discurso, el Papa quiso saludar a todos los participantes. “En esta ocasión no llevaba ningún regalo, sólo el número de teléfono de un sacerdote amigo que estaba atravesando un momento delicado de salud. Aunque el protocolo indicaba que solo se podía estrechar la mano y seguir, no pude evitar romper las reglas y comencé a contarle al Papa sobre la situación de mi amigo. En ese instante, un monseñor me hizo señas para que terminara, pero el Papa me sostuvo fuertemente las manos y me escuchó con total atención, sin soltarlas. Fueron apenas unos minutos, pero para mí fue como si el tiempo se detuviera. Me miró con compasión, recibió el número, me agradeció el gesto… y cumplió su promesa: lo llamó”.
Hoy, ante la Pascua del Papa Francisco, el Padre Goyo expresa: “Siento que el gran desafío que me queda es tratar de vivir lo que él vivió: la alegría del Evangelio”.

