Un reciente dosier estadístico del Instituto Nacional de Estadística y Censos (INDEC), elaborado en conmemoración del 115° Día Internacional de la Mujer, expone una paradoja estructural en Argentina: los estudios superiores y la salud representan un capital significativo para las mujeres que, sin embargo, colisiona con un mercado laboral que las prefiere en la informalidad y les asigna menores remuneraciones.
El informe no solo ofrece una fotografía del presente, sino que revela cómo el mayor nivel de preparación y la mayor esperanza de vida de las mujeres se diluyen en el ámbito del mercado laboral y la autonomía económica.
La paradoja de la formación académica
Según el informe de INDEC, las mujeres presentan mayores niveles educativos. La escolarización en el nivel superior exhibe un mejor desempeño en los indicadores de asistencia, permanencia y graduación. Específicamente, algo más del 49% de las mujeres de 18 a 24 años permanecen en el sistema educativo formal, mientras que en los hombres este valor se reduce al 43%, según datos hasta el tercer trimestre de 2025 de la Encuesta Permanente de Hogares.

Adicionalmente, se registra una diferencia notable en el rendimiento académico. En 2023, casi el 60% de los nuevos inscriptos en carreras de pregrado y grado fueron mujeres, y representan un aún más contundente 64% del total de egresados. Es decir, las mujeres se gradúan más y en mayor proporción. No obstante, un factor que comienza a explicar las disparidades en el mundo laboral es la elección de carreras.
Aunque la participación femenina en las Ciencias Aplicadas creció 4,4 puntos porcentuales entre 2018 y 2023, la segregación ocupacional prefigura un futuro laboral en sectores históricamente peor remunerados y mayormente asociados a roles de cuidado. Esto se infiere al observar que en Ciencias de la Salud, 76 de cada 100 estudiantes son mujeres, mientras que en Ciencias Aplicadas ese número desciende drásticamente a 41 de cada 100.
Desafíos en la inserción laboral y la subocupación
Al ingresar al mercado de trabajo, este esfuerzo educativo se enfrenta a una realidad distinta. La brecha es central en las edades de 30 a 64 años, donde la tasa de empleo masculina supera holgadamente a la femenina. Las mujeres no solo encuentran mayores dificultades para insertarse, sino que, cuando lo logran, suelen quedar atrapadas en la subocupación horaria, que es 4,9 puntos porcentuales superior a la de los hombres.
El peso de la informalidad laboral
Cuando se analiza la calidad del empleo, el panorama para las mujeres argentinas se torna aún más desfavorable. El informe del INDEC revela una persistente inclinación hacia la informalidad. Mientras que el 22,7% de los puestos de trabajo ocupados por hombres corresponden a asalariados no registrados, en las mujeres ese valor asciende al 27,2%.

Esta mayor precariedad no es casual: las mujeres se insertan mayoritariamente en sectores como el servicio doméstico (donde ocupan el 96,4% de los puestos no registrados), la enseñanza y los servicios sociales y de salud. Estas ramas de actividad se caracterizan por una remuneración promedio más baja y una protección social deficiente.
La brecha salarial y el «techo de cristal»
La brecha salarial emerge como el síntoma más palpable de esta asimetría estructural. Los datos de 2024 son elocuentes: por cada 100 pesos que gana un varón en un puesto asalariado registrado, una mujer percibe solo 68 si tiene 50 años o más.
Esta asimetría se exacerba en el sector informal. En los puestos asalariados no registrados, la brecha de ingresos alcanza el 44%: por cada 100 pesos que cobra un varón, una mujer recibe apenas 56. Esta diferencia se ensancha a medida que avanza la edad, lo que demuestra que la trayectoria laboral, lejos de generar equidad, profundiza estas disparidades.
A esto se suma el fenómeno del «techo de cristal». A pesar de estar más capacitadas, las mujeres tienen un acceso restringido a posiciones de dirección y jerarquía. Solo el 4,6% de las mujeres que trabajan logran ocupar cargos de esta índole, un porcentaje que es casi la mitad del que alcanzan los hombres (8,5%).

Consecuencias en el futuro previsional
Esta exclusión no solo afecta sus ingresos presentes, sino que condiciona su futuro previsional. La falta de aportes regulares durante la vida activa, que se correlaciona con trayectorias laborales más fragmentadas y de mayor informalidad, deriva en que el 79,8% de las mujeres que logran jubilarse lo hagan a través de moratorias previsionales, frente a solo un 49,3% de los hombres.
Hogares: primera línea de la vulnerabilidad económica
La desigualdad económica que nace en el mercado laboral se traslada de forma directa al interior de los hogares. El informe del INDEC muestra que las estrategias de subsistencia difieren drásticamente según la jefatura del hogar. En Argentina, el 16% de los hogares son monoparentales, de los cuales más de 8 de cada 10 están liderados por mujeres.
Estos hogares, donde la mujer es el único sostén, son los que enfrentan las mayores dificultades financieras. En los hogares de menores ingresos (el quintil más bajo), la tasa de empleo de las mujeres es casi la mitad de la observada en los hogares del quintil de ingresos más altos.
La dependencia de transferencias estatales y redes de ayuda informal es una constante en las casas lideradas por mujeres con niños, niñas y adolescentes (NNyA). En estos hogares, las transferencias de ingresos constituyen un complemento vital, cuya prevalencia es menor en los hogares con jefatura masculina.
Ante la insuficiencia de los ingresos laborales, producto de la brecha y la informalidad antes mencionadas, las jefas de hogar se ven compelidas a implementar estrategias de supervivencia extremas. El 34,4% de los hogares con NNyA de bajos ingresos con jefatura femenina ha tenido que recurrir a préstamos de familiares para llegar a fin de mes, una cifra significativamente mayor al 23,5% registrado en hogares similares liderados por hombres. Incluso la asistencia en especie –alimentos, vestimenta o artículos básicos– exhibe un marcado sesgo de género. Los hogares con jefatura femenina reciben ayuda proveniente de familiares, vecinos, iglesias o el Gobierno en mayor medida que los hogares con jefatura masculina.
Una vejez feminizada y precaria
La vejez también presenta sus propias brechas. La mayor esperanza de vida de las mujeres (80,23 años versus 74,37 en hombres, según la última serie disponible del INDEC para 2019) redunda en una «vejez feminizada», donde la sobrevida se da, mayoritariamente, en condiciones de mayor precariedad y dependencia de un sistema previsional que las incorpora apenas por moratoria.
