Cómo sobreviven los peces del río Paraná ante la creciente en la región de Santa Fe

Las grandes crecientes del río Paraná no sólo potencian la reproducción de especies migratorias como el sábalo, sino que dejan una huella poblacional que sostiene la actividad pesquera durante años en la región. Así lo explica el investigador Pablo Scarabotti, biólogo del Inali (UNL-Conicet), quien detalla cómo la longevidad de estos peces les permite resistir los períodos de bajante en el Litoral.

El pulso del río Paraná y su impacto en la pesca local

Una creciente extraordinaria en el río Paraná tiene consecuencias que se extienden mucho más allá de los meses en que el agua ocupa las islas y los bañados de nuestra región. En determinadas condiciones, esos períodos de inundación favorecen la reproducción de los peces y generan nuevas generaciones que, varios años después, llegan a tener un impacto concreto sobre la actividad pesquera santafesina.

Este proceso ayuda a explicar una de las estrategias de supervivencia más importantes de la fauna íctica local: su capacidad para atravesar años desfavorables y aprovechar las oportunidades que ofrecen las crecientes. En lugar de depender de una única temporada reproductiva, especies como el sábalo, la boga, el dorado y el surubí desarrollaron ciclos de vida perfectamente adaptados a las grandes variaciones del caudal.

Pablo Scarabotti, biólogo, investigador del Instituto Nacional de Limnología (Inali, Conicet) y docente de la Universidad Nacional del Litoral (UNL), estudia desde hace 16 años las comunidades de organismos acuáticos asociadas al Paraná. Su trabajo permite comprender por qué una inundación puede ser determinante para la recuperación de las poblaciones de peces y por qué sus efectos no se advierten de inmediato en las costas de la ciudad.

El efecto de una creciente se nota años después

La relación entre las inundaciones y la pesca comercial o deportiva no es inmediata. Cuando el río crece en el período reproductivo, los peces migratorios pueden desovar y sus huevos y larvas son transportados por la corriente. Si el nivel del agua permite la conexión con las lagunas y los bañados de la planicie de inundación —la enorme extensión de terreno que el agua ocupa durante la crecida—, una parte de esas larvas accede a ambientes donde encuentra alimento y refugio indispensable.

Allí comienza una etapa fundamental para la supervivencia de las nuevas generaciones. Las zonas de aguas poco profundas y con vegetación ofrecen mejores condiciones para el desarrollo de los peces juveniles que las que encuentran habitualmente en los cauces principales.

Pero esos ejemplares necesitan tiempo para crecer. Por eso, una temporada reproductiva favorable no se traduce inmediatamente en más peces disponibles para la pesca en la zona.

Según explicó Scarabotti, los aumentos poblacionales pueden empezar a reflejarse en las capturas dos o tres años después de las grandes crecientes. En el caso específico del sábalo, ese incremento puede sostener la actividad pesquera durante más de una década, aunque la duración y la magnitud del efecto dependen de las condiciones ambientales y de la evolución natural de la población.

El investigador identificó las crecientes de 1982, 1990, 1997, 2010 y 2016 entre los episodios que más favorecieron el crecimiento poblacional del sábalo en el río.

La creciente de 2016 constituye un claro ejemplo de ese efecto diferido. En una entrevista realizada durante el Primer Congreso Argentino de Ictiología, celebrado en Santa Fe en octubre de 2026, Scarabotti señaló: «De hecho, todavía estamos pescando los peces de la creciente extraordinaria de 2016, que fue el último gran fenómeno de El Niño».

Esta observación permite dimensionar la escala temporal con la que deben evaluarse estos procesos en nuestra región. Lo que sucede durante una temporada de inundaciones puede repercutir sobre la pesca de los años siguientes, mucho después de que el río haya regresado a niveles más bajos frente a la costanera santafesina.

El sábalo, un pez preparado para resistir

Entre las especies que habitan el Paraná, el sábalo ocupa un lugar central por su abundancia y por su enorme importancia ecológica y pesquera para la economía ribereña. Su estrategia reproductiva combina una elevada producción de huevos con una vida relativamente larga y constantes desplazamientos migratorios.

De acuerdo con el especialista de la UNL y el Conicet, estos peces pueden vivir entre 10 y 20 años. Esa longevidad representa una ventaja adaptativa en un ambiente donde las condiciones para reproducirse con éxito cambian drásticamente de un año a otro.

Durante una bajante prolongada, los adultos pueden sobrevivir, aunque las posibilidades de que sus larvas alcancen los ambientes apropiados para desarrollarse se reduzcan considerablemente. Cuando vuelven las crecientes y se recupera la conexión entre el cauce principal y la planicie de inundación, los peces encuentran nuevas oportunidades reproductivas.

Scarabotti destaca que el sábalo del Paraná vive aproximadamente el doble de años que especies similares de las cuencas del Orinoco y del Amazonas, conocidas comúnmente como curimbatá o bocachico. Esa diferencia constituye una respuesta evolutiva a los sistemas fluviales de nuestra zona, sometidos históricamente a variaciones hidrológicas muy marcadas.

De todas formas, la longevidad no elimina los efectos de una sequía ni garantiza por sí sola la recuperación inmediata de una población. Sin embargo, amplía las posibilidades de que los ejemplares sobrevivan a varios años desfavorables y lleguen a experimentar uno o más períodos de inundación que impulsen su reproducción.

Qué dejó la bajante extraordinaria en el sistema fluvial

La bajante histórica que afectó al Paraná entre 2019 y 2022 puso a dura prueba esa estrategia de supervivencia en toda la región. Durante ese período, numerosas lagunas y bañados de la traza insular quedaron totalmente desconectados del cauce principal, mientras grandes superficies de la planicie de inundación permanecieron expuestas y secas.

En esas condiciones adversas, los peces podían reproducirse, pero las larvas tenían mínimas posibilidades de alcanzar los ambientes laterales donde encuentran el alimento y la protección necesarios. La consecuencia directa fue una fuerte reducción de las oportunidades de supervivencia durante las primeras etapas de vida.

Scarabotti explicó que durante esos años se registró muy poca reproducción de las especies que dependen estrictamente de los pulsos de inundación para completar su ciclo biológico. La dificultad no radicaba solamente en la falta de agua, sino también en la pérdida absoluta de conectividad entre los diferentes ambientes del sistema fluvial.

La recuperación posterior depende de múltiples factores: que se produzcan crecientes en momentos biológicamente favorables, que el agua alcance las áreas de cría tradicionales y que las nuevas generaciones logren sobrevivir hasta incorporarse a las poblaciones adultas.

Por esta razón, una eventual mejora en las condiciones hidrológicas del río no debe interpretarse como una recuperación inmediata de la actividad pesquera. Entre el desove y el momento en que los ejemplares alcanzan tamaños relevantes para la comercialización existe siempre un intervalo de varios años.

El fenómeno de El Niño y la oportunidad reproductiva

El fenómeno climático de El Niño suele favorecer este proceso porque se asocia habitualmente con precipitaciones superiores a las normales en amplios sectores de la cuenca alta y media del Paraná. Cuando esas lluvias se traducen en un aumento sostenido de los caudales frente a Santa Fe, se amplían notablemente las posibilidades de conexión entre el río, sus brazos secundarios, las lagunas y los bañados.

Sin embargo, no alcanza con que el nivel del agua suba durante algunos días. Para que el impacto reproductivo sea verdaderamente positivo, deben coincidir el momento preciso del año, la maduración fisiológica de los peces y las condiciones que permitan a las larvas llegar con éxito a la planicie de inundación.

La primavera y el verano son períodos clave para este proceso, ya que muchas de las especies migratorias maduran y se reproducen precisamente durante los meses más cálidos. Una creciente que se mantenga estable durante el tiempo suficiente puede mejorar de forma notable las condiciones para que los huevos y las larvas completen las etapas iniciales de su desarrollo.

Los resultados finales dependerán, de todos modos, de la evolución real del régimen del río. El Niño no determina por sí solo la magnitud exacta de una crecida ni garantiza que todas las especies respondan de la misma manera ante el estímulo ambiental.

Una recuperación que requiere tiempo y gestión

La compleja dinámica del río Paraná demuestra que la pesca no depende únicamente de cuántos recursos se extraen en un momento determinado. También está condicionada por procesos ecológicos profundos que pueden haberse iniciado varios años antes.

La disponibilidad real de peces adultos está íntimamente vinculada con la supervivencia de las generaciones anteriores, y esa supervivencia depende, en gran medida, de la capacidad de las crecientes para reconectar el cauce principal con los ambientes donde crecen las larvas.

El caso testigo del sábalo permite observar con claridad esta relación directa entre hidrología, reproducción y actividad económica regional. Una inundación favorable puede impulsar una generación abundante de ejemplares; esa población necesita tiempo para desarrollarse y puede sostener la actividad durante años.

La alternancia natural entre crecientes y bajantes forma parte indiscutible del funcionamiento del Paraná. Comprender sus efectos ecológicos sobre las poblaciones de peces es fundamental para evaluar el estado de la pesca y para tomar decisiones institucionales que contemplen tanto las necesidades productivas de la comunidad como la necesaria conservación del ecosistema.


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