Por Gerardo González
Hay historias que no entran en los libros ni en las fechas del calendario. Historias que aparecen en una charla, en un gesto, en una pausa. En Reconquista, cuando los excombatientes de Malvinas hablan, no lo hacen desde el discurso aprendido ni desde la solemnidad. Hablan desde un lugar mucho más hondo. Y eso se nota.
César Reniero no necesita demasiadas palabras para volver a uno de los momentos más intensos que le tocó vivir. Tenía poco más de 18 años cuando cumplía el servicio militar en la Armada y su destino fue el destructor ARA Bouchard. Desde allí participó en el conflicto del Atlántico Sur. Pero cuando recuerda, no arranca por los grandes movimientos de la guerra, sino por una escena puntual, casi íntima dentro de lo colectivo.
Un silencio
Era el 1 de mayo de 1982. El comandante reunió a la tripulación y les habló con una seguridad que todavía hoy le resuena. Les dijo que iban a salir a atacar a la flota enemiga y que regresarían ilesos. Después de esas palabras, el silencio. Un silencio espeso, difícil de describir. Y de pronto, una voz que empieza a entonar el Himno Nacional.
“Alguien arrancó… y lo seguimos todos”, dice. No hace falta que agregue mucho más. La escena se completa sola: decenas de jóvenes, en medio del conflicto, cantando con todo lo que tenían. Al final, un “¡Viva la Patria!” que rompió la tensión y dio paso a lo inevitable: cada uno a su puesto de combate. Había euforia, sí. Pero también miedo. Y una certeza compartida: había que cumplir.
Con solo 19 años
Juan Carlos Vidal también tenía 19 años cuando la historia lo alcanzó. Había ingresado a la Armada en 1981 como soldado y formaba parte del Batallón de Infantería de Marina Nº 2. Su relato tiene otro ritmo, otra cadencia, pero la misma intensidad.
Durante varios días navegó sin saber con precisión cuál era el destino. “Recién al cuarto día entendí que íbamos a recuperar Malvinas”, cuenta. Hasta entonces, todo era expectativa. Después, orgullo. Las palabras del comandante —que hablaba de un hecho histórico, de un momento que iba a quedar marcado para siempre— le quedaron grabadas.
El 2 de abril lo encontró a bordo del buque Cabo San Antonio, uno de los protagonistas del desembarco. Desde allí salieron los vehículos anfibios. A Vidal le tocó el número 07. Lo menciona como quien señala algo que todavía tiene enfrente.
Pero cuando la memoria llega a ese punto, el tono cambia. El desembarco no fue una postal heroica sino una experiencia cruda. Recibieron una gran cantidad de impactos. Más de un centenar. El ruido, la tensión, la incertidumbre. Y en medio de todo eso, un compañero herido: el soldado Tello. “Tenía 19 años…”, dice, y deja la frase abierta. No hace falta que la termine. La dimensión de lo vivido aparece sola, sin adornos.
Esa inmensidad
Osvaldo Guster, por su parte, reconstruye la guerra desde otro ángulo. Su historia no empieza con órdenes ni con enfrentamientos, sino con un descubrimiento: el mar.
Había sido convocado desde el Regimiento 12 de Infantería, en Corrientes, y tenía la misma edad que tantos otros: 19 años. Venía del norte, de un paisaje completamente distinto. Y en Malvinas, por primera vez, vio el mar.
En una carta que escribió a su familia el 23 de abril de 1982, hay una sensibilidad que atraviesa el tiempo. Les cuenta que le llamó la atención el sonido del agua golpeando contra la costa. Ese ruido constante, esa inmensidad. En medio de la guerra, ese detalle se vuelve central.
Pero la carta también deja ver lo que estaba en juego. Les pide que recen por él y por todos los soldados. Dice que todos tienen ganas de volver a ver a sus familias. Nombra a sus hermanos, uno por uno. A sus padres. A sus afectos.
Y cierra con una frase que, leída hoy, conmueve: les dice que no se preocupen, que ya va a regresar de ese “viaje”.
Viaje. Así lo pensaba entonces. Como una salida momentánea de su vida cotidiana. Venía de un aula, de una rutina conocida, y de pronto estaba en tránsito hacia algo que todavía no alcanzaba a dimensionar. El 25 de abril subió al avión que lo llevaría a las islas. Era domingo. Y, como tantos otros, no sabía con exactitud qué le esperaba.
Reconstruyen identidad
Las historias de Reniero, Vidal y Guster no son excepcionales dentro del universo de Malvinas. Y justamente por eso son tan valiosas. Porque hablan de lo común, de lo compartido, de esa generación de jóvenes que, con apenas 18 o 19 años, se vio atravesada por una experiencia límite. Hoy, a más de cuarenta años, esos relatos siguen exigiendo memoria en Reconquista. No como un eco lejano, sino como parte viva de la comunidad. Se cuentan en encuentros, en actos, en charlas informales. Y cada vez que se vuelven a decir, reconstruyen algo más que el pasado: reconstruyen identidad.
Porque una ciudad también se hace de esto. De las historias que guarda, de las voces que decide escuchar, de la memoria que sostiene en el tiempo. Escucharlas es una forma de entender de dónde venimos. Y también de reconocer que cada historia, por más personal que parezca, forma parte de algo más grande.
