Una actriz de vasta y exitosa trayectoria vuelve en su apogeo a buscar a sus hijas después de pasar siete años sin verlas. En la casa viven ellas, Hilda y Aída, y esta segunda sufre una severa discapacidad que la tiene postrada en una silla ortopédica. Su cuerpo dice y su hermana traduce a su madre su lenguaje equívoco.
“La rota madre que te parió” es un intrincado laberinto de sentidos, de relaciones afectivas entre mujeres que desatan fuerzas y reconfiguran una ceremonia familiar y carnal, en una jornada desopilante, tal vez la última, en ese hogar familiar. Los cuerpos, rotos, descentrados y desesperadamente bellos plantean un lenguaje que comienza donde la palabra falla en uno de los personajes.
La obra se podrá ver todos los sábados de abril y mayo a las 21 en Teatro del Rayo (Salta 2991), es interpretada por Claudia Schujman, Natalia Álvarez Dean y Anahí González Grasy. Fue escrita y dirigida por el dramaturgo Gustavo Guirado, quien relató algo de esta composición en diálogo con Mirador.
– ¿Cómo surgió la historia de estas hijas y su madre abandónica que pinta de una complejidad difícil de abarcar en ese reencuentro planteado?
-Hace varios años que cada tanto aparecía la idea de trabajar esta situación: madre exitosa en su oficio abandona su familia haciendo vida aparte, lejanamente inspirada en “Sonata Otoñal” de Ingmar Bergman. Son de esas escenas que te acompañan una vida, pero con las cuales tal vez nunca llegues a hacer nada.
Un día de enero del 2024, Natalia Álvarez Dean, alumna de mis talleres de actuación, se apareció sorpresivamente en mi casa y me dijo que quería que la dirigiera junto con Claudia Schujman en algún trabajo. Yo había decidido no hacer nada durante ese año, y tomarme un año sabático. Pero fijate qué notable, cuando aparece el deseo, genera cauces inesperados, si uno lo escucha. Esa tarde le dije a Natalia que no tenía nada para proponerle, que no iba a hacer teatro por un tiempo, pero en los días sucesivos volvió aquella escena de la madre y las hijas, pulsada ahora por el impulso inusitado de una actriz. Así fue, impensado, la irrupción vital de impulsos que nos pone a cirujear en el imaginario.
– Me interesa particularmente la mención del cuadro “Las señoritas de Avignon” de Picasso, en torno al uso errante del lenguaje del personaje de Aída. ¿Fue esa obra una inspiración en algo de la trama?
-No de la trama en particular, sí de un abordaje a la actuación. La obra la hacemos para saber cuál es, nunca sabemos de antemano cómo va a ser, entonces lo que se llama trama, lo que se cuenta, que suele no tener que ver con aquello de lo que se trata, va apareciendo, tarde, con los ensayos.
Para hablarte del cuadro de Picasso te tengo que contar del Cuchi Leguizamón. Hace muchos años, encontré un video de él (soy fan de toda su música para piano). Muy joven, el Cuchi cuenta frente a un piano que a su chacarera El Aveloriao la compuso al modo en que Picasso pintó “Las señoritas de Avignon”, donde vemos varios perfiles ¡pero todos juntos, a la vez! Y enseguida toca la chacarera en el piano. Bueno, eso, fue una revelación para mí.
Con Aída, un cuerpo anclado a una silla ortopédica, aparece esta visión. Es la señorita del cuadro que está sentada, su rostro nos revela varios perfiles al mismo tiempo. Es un cuerpo en tránsito, seguramente a la muerte, ineludible, próxima, pero no es un cuerpo postrado, es un cuerpo transitando hacia otra cosa. Las tres mujeres tienen cuerpos en tránsito, en perpetua transformación, en el caso de Aída está evidenciado en las otras dos. Habrá que ver.
– Siendo vos, director y dramaturgo, un hombre, me da curiosidad cómo y por qué de la elección de una historia sobre este vínculo filial entre todas mujeres.
-No lo sé. Si pensás en la anécdota del comienzo, pondría en duda el concepto de “elección”. Desde el vamos, en el primer ensayo, les planteé a las compañeras que trabajaríamos sobre flujos de fuerzas, intensidades, formas que ellas fueran encontrando y evidenciando, donde mi rol se limitaría al del testigo.
En última instancia, y esa es la lectura que genera lenguaje, el que señala y dice: sigan por ahí, sin tener idea de qué se señala y hacia dónde vamos. Porque, qué puedo imaginar previamente como director de la escena lo que pueden tres cuerpos femeninos. Y aquí tomo la frase, malinterpretada pero útil, de Spinoza: “nadie sabe lo que puede un cuerpo”. También su versión argenta de la mano de Luciano Lutereau: “Nadie sabe lo que dice un cuerpo”. Claro, esto lleva tiempo, esto no está en la trama, necesita de cuerpos entrenados y de una generosidad enorme. Estas tres actrices lo tienen y se han entregado al riesgoso ejercicio de pulsar sus imaginarios a partir de una mínima situación.
Bueno, aquí estuvieron, como siempre en nuestros trabajos, las voces que nos habitan, la de nuestros mayores, el habla de nuestras madres y abuelas especialmente.
Sería muy largo, una tesis de trabajo diría yo, contarte cómo desde la dirección estuve en el lugar de la interpelación justamente del “hombre que no está” o del “hombre que no fue”, porque en un principio pensamos sumar un actor, algo así como un fantasma, siempre presente, que a modo de narrador condujera el desarrollo de la historia. El trabajo de las chicas rápidamente hizo innecesaria esa presencia masculina en escena: según Baudrillard, lo femenino no es lo contrario a lo masculino, sino lo que lo neutraliza.

Ficha técnica
Dramaturgia y dirección: Gustavo Guirado
Actúan: Claudia Schujman, Natalia Álvarez Dean y Anahí González Gras
Diseño de arte y vestuario: Javier Palomino
Costura y confección: Marta Dean y Laura Gras
Asesoramiento corporal: Romina Brucellaria
Entrenamiento vocal: Angie Cámpora
Herrero artesano: Sergio Pradier
Carpintería: Emilio Porta
Construcción de máscara: Martín Fumiato
Diseño gráfico: Esteban Goicoechea
Fotografía y video: Claudio Perrin
Prensa: Gisela Sogne
