Lila Gianelloni es escritora y también maestra formadora de escritores. Su prosa es sensitiva, vital, eficaz y envidiable. Cada texto de Lila fascina por su cercanía a un lector, que desde el anonimato, se construye con la solvencia de una amistad duradera. En su reciente libro Llueve en el Tambopata (omachiediciones) invita a embarcarse y alejarse por un instante de la vorágine de la metrópolis, porque los viajes para Lila Gianelloni nacen en los libros, en las mentes y después se materializan en la realidad si es que hay una línea que demarca y dice donde termina un plano y comienza el otro.
Llueve en el Tambopata como libro se presenta en un formato íntimo, y artesanal. Con ediciones numeradas, como si el número fuese un boleto a un viaje sensorial, donde el lector comenzará a inundarse del mantra que la naturaleza ofrece. Lila abre su generosa embarcación.
Se presenta el próximo viernes 6 de junio a las 18 horas en EMR Librería Municipal (Roca 731, Rosario). Agustín Alzari acompaña a la autora.
El lector será un pasajero que respira y siente con ella el latido de la madre tierra. La naturaleza que abraza a Lila es la de los gallos que cantan a cada rato, el de las lagartijas más grandes, y el de los animales que se esconden del hombre, para que este pueda ver aquello que no le es familiar. “Y esto, que no es nada, es todo” dice Ino Moxo, mientras un gran colibrí acelera detrás nuestro.
Lila habló con este medio, y se escribió otro texto.

Lila Gianelloni en primera persona
-“Desde la terraza del hotel puedo ver un río. Es rojizo y está picado aunque dicen que es manso”. Son las líneas iniciales se dan rienda suelta al viaje del lector al interior del Amazonas. Un viaje que culmina mucho después de terminada la lectura de tu reciente libro Llueve en el Tambopata. ¿Cuándo se inicia la experiencia de Lila en el Amazonas?
-Gracias, Ariel por la lectura de Llueve en el Tambopata. El viaje lo hice en enero de 2012. En verdad, los viajes nacen en los libros, en la mente y después se hacen reales. Siguiendo ese razonamiento, el viaje a la selva se gestó en las lecturas de Quiroga, de Kipling y en la imaginación frondosa de la niñez y juventud, pero no fue así lo que me llevó a la región del Tambopata, sino un sentimiento filial, visitar a mi hijo que estaba viviendo ahí desde hacía un tiempo.
-¿De qué se nutrió esa experiencia?
-La experiencia se nutrió de la misma experiencia de vivir en la selva que es de una intensidad inusual. La vida en las ciudades no se asemeja a la vida en las selvas. La curiosidad, el estado de sorpresa, cierto tipo de atención nos son requeridas para transitar los días en la floresta. La caída del sol, cuando comienza a menguar la luz natural indica el fin de las actividades cotidianas, el día literalmente termina ahí. Sobreviene entonces el tiempo de los relatos de historias, de las conversaciones, de contemplar en silencio la negrura y sus presencias y del dormir. Las cabañas sobre pilotes protegen del agua que en los meses lluviosos es mucha, la vegetación crece rápido y la temperatura es alta, aunque hay buena sombra. Los animales se escuchan, pero casi no se ven, rehúyen a la presencia humana, son sagaces. La naturaleza es generosa y no les faltará alimento mientras el humano no les corra las fronteras de sus hábitats, pero todo eso que está ahí hace miles de años se encuentra en peligro.
-¿Cómo fue el proceso creativo a la hora de escribir el libro?
-La instancia de creación fue con viento a favor se podría decir. No siempre ocurre así, a veces tropezamos hasta encontrar el cauce. En principio tenía escritas unas líneas, no era aún un cuento que es lo que yo perseguía en un principio. En el viaje tomé varias fotografías a las que cada tanto volvía para mejor recordar. Fue el editor, Ernesto Inouye, de la editorial ōmachi quien me propuso escribir y elegimos unas fotografías para editar. Comencé por esas líneas que tenía escritas y de pronto se abrió una ventana por donde pasaron las imágenes, los recuerdos y la escritura fluyó como un río. Es como si hubiese estado aguardando el momento de ser narrado.
-Unas de las virtudes del libro es la estimulación del registro sensorial que genera en el lector. ¿Cómo se trabaja la escritura para llegar al punto artístico de estimular los cinco sentidos?
-La misma naturaleza de lo narrado lleva a apelar a los sentidos. En la selva, en las regiones donde no ha llegado lo que llamamos progreso, es vital la agudización de todos ellos. Se podrá decir, que en las ciudades grandes y violentas también lo es, pero los peligros son de índole distinta y contamos con otros recursos para resguardarnos que suplen el uso directo de nuestros sentidos. Se está en estado de alerta de otra forma. Cuando se cuenta una historia debe prestarse especial atención a lo que opera a través de los sentidos. Se requiere paciencia y tiempo, dice Flannery O Connor para convencer al lector a través de los sentidos. Oler, ver, oír, gustar, tocar deben transmitirse al momento de narrar. He intentado que la escritura se acerque si es que es eso posible lo más que pueda a la sinestesia que produce la selva. A las múltiples percepciones.
–¿Por qué te decidiste a publicar con omachiediciones?
-Con la editorial ōmachi nos elegimos mutuamente, Ernesto confió en el valor de la historia a partir de conversaciones que habíamos tenido, miramos las fotos, conversamos y me propuso escribir. Yo acepté sin dudar. La editorial me alentó a continuar sin límites en la extensión, ni la cantidad de fotos ni en el tiempo que me tomara para terminar de escribirlo. Así fue haciéndose Llueve en el Tambopata. Y fuimos pensando la forma que tendría el libro. Hubo un cuidado en la edición, en la confección de cada ejemplar, en la elección del papel, la tipografía, en la cubierta que lleva un gofrado, o la sobrecubierta que es un hermosísimo dibujo de Gastón Herrera, que es un gran artista, las serigrafías a cargo de Ludmila Lein, otra artista, en todo se ve la mirada atenta y el hacer del editor y debo agregar la lectura amorosa de mi querida maestra Liliana Heker,
-En el libro abunda un registro fotográfico que dialoga con el texto. ¿Cuál fue el criterio de curaduría en la elección de las mismas?
-Del total de fotografías elegimos aquellas que no se limitaran a cumplir la función de ilustrar o acompañar el relato, y que tuvieran una relación armoniosa con él, que de alguna forma dialogaran. Había muchas fotos, entonces hice una selección de cuáles me parecían a mí, la editorial hizo otro tanto y en general coincidimos, de ese grupo más pequeño a su vez elegimos las que mejor nos parecían por calidad técnica, o que mejor dieran cuenta de lo que quería transmitir de lo que había vivido.
–¿Qué libros estás leyendo en la actualidad?
-Estoy leyendo a Sonia Scarabelli, Las cosas comunes, de editorial Bajo la luna, que es su último libro y a Cecilia Ferreiroa, Nombre de familia, de Emecé editorial. Son grandes escritoras y dos queridas amigas.

Bio
Lila Gianelloni nació en Rosario en 1959. Es docente y escritora. En el año 2010 recibió la primera mención del Fondo Nacional de las Artes en el género “Cuentos” por su libro inédito La madre oscuridad, y en el 2016 por Mapamundi (Paisanita, 2016). Publicó Lobo (Libros Silvestres, 2020) ilustrado por Cris Rosenberg, y su libro de cuentos Camino a Casa (Obloshka, 2022). Recientemente publicó Llueve en el Tambopata
