Representantes de las principales cadenas de proteína animal de Argentina, como la avícola, porcina y láctea, coincidieron en la gran oportunidad de darle valor agregado al maíz local. Destacaron la importancia de transformar más cereal en productos industrializados como carne, leche y huevos, ya que gran parte de la cosecha nacional se exporta sin procesamiento, limitando el potencial de las economías regionales.
La apuesta por el valor agregado: transformar maíz en proteínas en la zona núcleo
Argentina, gigante en la producción de maíz, aún exporta la mayor parte de su cosecha como grano sin procesar. Este panorama plantea un desafío clave para la economía de la zona núcleo y el país. En ese contexto, referentes de las principales cadenas de proteína animal, que constituyen un motor fundamental para el agregado de valor, coincidieron en la necesidad imperiosa de impulsar la industrialización de este cereal estratégico. La meta es clara: transformarlo en carne, leche, huevos y otros productos de mayor valor, un debate que se alinea con las aspiraciones de desarrollo local y exportación desde el puerto de Rosario.
El planteo tomó forma durante un panel especializado que congregó a líderes de los sectores avícola, porcino y lácteo. Todos subrayaron el papel estratégico del maíz como principal insumo productivo y diseccionaron los desafíos que enfrenta cada actividad para consolidar su crecimiento. Juan Kútulas, presidente de la Cámara Argentina de Productores e Industrializadores Avícolas (CAPIA), puso sobre la mesa un dato revelador. La cadena productora de huevos, una actividad pujante en varias localidades de Santa Fe, consume anualmente cerca de 1,5 millones de toneladas de maíz. Si bien esta cifra puede parecer modesta frente a una cosecha nacional que, en ciclos favorables, supera habitualmente las 60 millones de toneladas, Kútulas enfatizó un problema estructural: el bajo nivel de transformación industrial del cereal. «Argentina consume internamente poco más de 12 millones de toneladas de maíz y exporta la mayor parte como grano. Hay un enorme potencial para agregar valor a través de la producción de proteínas animales y otros sectores industriales», sentenció el dirigente, marcando la senda a seguir para los productores y la industria.
Un cereal estratégico en la dieta animal
La relevancia del maíz es transversal a casi todas las cadenas de proteína animal, siendo un pilar fundamental en la dieta. En la avicultura de postura, por ejemplo, el cereal representa alrededor del 60% de la fórmula de alimentación de las aves. Un detalle técnico de interés para la zona núcleo es que muchos productores privilegian las variedades de maíz colorado, ya que aportan una coloración más intensa a la yema, una característica muy valorada por el consumidor final.
Similar dependencia se verifica en la producción avícola de carne, un sector con fuerte implantación en el centro de Santa Fe. Franco Santángelo, presidente del Centro de Empresas Procesadoras Avícolas (CEPA), detalló que el maíz constituye aproximadamente el 60% del alimento balanceado que consumen los pollos, lo que representa cerca de la mitad de los costos alimenticios totales. A pesar de los vaivenes de la macroeconomía, Santángelo destacó la tendencia positiva de la actividad, impulsada por el crecimiento del consumo interno, la expansión de nuevos mercados externos y, por supuesto, las oportunidades de exportación. «La producción está trabajando a pleno tanto en las granjas como en las plantas industriales», aseguró, reflejando el dinamismo del sector.
La cadena porcina, otro rubro en plena expansión y con gran potencial para el agregado de valor en la zona, tampoco escapa a esta dependencia. Lisandro Culasso, vicepresidente de la Federación Porcina Argentina y director de Isowean, subrayó el notable crecimiento del sector, que avanza a un ritmo promedio del 12% anual. Este impulso se refleja en el consumo de carne de cerdo, que se triplicó en las últimas dos décadas, un dato que impacta en la planificación de los feedlots. Culasso enfatizó que esta actividad ofrece una oportunidad tangible para que los productores agrícolas participen activamente en procesos de agregado de valor. De hecho, son cada vez más frecuentes los esquemas asociativos donde quienes siembran y cosechan maíz, en la zona núcleo por ejemplo, se integran a la producción porcina, compartiendo inversiones y resultados, un modelo que optimiza la eficiencia y la rentabilidad.
El motor de las economías regionales
La cadena láctea, fundamental para muchas economías regionales de Santa Fe, también pone de relieve el impacto multiplicador de transformar maíz en proteína animal. Cristian Chiavassa, director del Grupo Chiavassa, explicó que esta conversión en leche dinamiza la generación de empleo, las inversiones y la actividad económica en las localidades donde se asientan los tambos. Como ejemplo concreto, indicó que los sistemas lecheros intensivos, que maximizan el uso del maíz forrajero y silaje, pueden alcanzar niveles de facturación de entre 15.000 y 17.000 dólares por hectárea, cifras muy superiores a los esquemas agrícolas tradicionales de siembra de granos para la trilla. El empresario resaltó que, a pesar de la incertidumbre climática de años recientes que ha afectado los perfiles de humedad, la producción láctea acumula 18 meses consecutivos de crecimiento interanual. No obstante, advirtió sobre un factor que erosiona la rentabilidad: el incremento de otros costos, especialmente los vinculados a la energía, los combustibles y la infraestructura.
Desafíos y estrategias en el mercado
La evolución del precio del maíz, influenciada por factores como el clima y las cotizaciones internacionales en la Bolsa de Comercio de Rosario o la Bolsa de Comercio de Santa Fe, es una variable determinante para todas las cadenas pecuarias. Cada sector, sin embargo, adopta estrategias diferenciadas para gestionar el riesgo. Algunas empresas, en la búsqueda de estabilidad, recurren a compras anticipadas mediante contratos forward. Otras, con una visión más integral, desarrollan sistemas de almacenamiento propios, ya sea en silobolsas o celdas, para asegurar la disponibilidad del insumo durante todo el año. En el sector porcino, especialmente en los grandes feedlots y criaderos, también se recurre a herramientas de cobertura financiera a través de mercados de futuros y opciones. Sin embargo, los empresarios concuerdan en que aún existe un bajo nivel de operaciones, lo que limita las posibilidades de protección frente a la volatilidad que caracteriza al mercado granario. Por su parte, en la producción lechera, es frecuente el trabajo con reservas de grano húmedo, una práctica que, además de ofrecer una estrategia de acopio, permite mejorar la digestibilidad del alimento y optimizar la eficiencia productiva del rodeo.
Exportar más y mejor
Más allá del mercado interno, las cadenas de valor se enfocan en la exportación. Para la porcina, un desafío crucial es desarrollar la infraestructura y obtener las habilitaciones sanitarias necesarias (con el respaldo de organismos como Senasa) que permitan exportar subproductos con alto valor comercial, especialmente a los demandantes mercados asiáticos. Actualmente, muchos cortes y subproductos con escasa demanda local son altamente valorados en destinos internacionales, lo que potenciaría la competitividad general del sector y el ingreso de divisas. La industria avícola, en tanto, enfrenta la dura competencia de un mercado global donde el pollo se comercializa como un commodity. Aquí, la eficiencia productiva resulta el factor determinante para sostener los márgenes, especialmente para los frigoríficos de Santa Fe que buscan posicionarse. En la lechería, la meta es diversificar mercados. Hoy, las exportaciones argentinas tienen a Brasil y Argelia como principales destinos, lo que impulsa al sector a buscar ampliar su presencia en nuevos países para reducir la dependencia de un puñado de compradores, un objetivo que permitiría una mayor estabilidad en el comercio exterior.
Innovación y nuevos horizontes para las proteínas
Los avances tecnológicos se erigen como otro factor decisivo para el crecimiento sostenido de las cadenas de proteína animal. Desde la mejora genética en los animales, que permite obtener más carne o leche con igual o menor insumo, hasta el desarrollo de enzimas que optimizan el aprovechamiento de los alimentos, la incorporación de probióticos y la automatización de procesos en granjas y plantas, la innovación está redefiniendo la producción. En la avicultura de postura, por ejemplo, los avances en genética han permitido incrementar significativamente la cantidad de huevos producidos por ave. A su vez, la climatización y automatización de los galpones no solo mejoran los índices productivos, sino que también contribuyen al bienestar animal, una exigencia creciente de los mercados. Para los referentes del sector, el horizonte es claro y ambicioso: transformar una mayor proporción del maíz argentino en alimentos de alto valor agregado. El desafío, en este punto, radica en generar las condiciones necesarias –políticas públicas, estabilidad económica, previsibilidad– para que esta transformación se traduzca en un círculo virtuoso de mayor producción, más empleo genuino, un incremento de las exportaciones y, en última instancia, un mayor desarrollo para las pujantes economías regionales santafesinas.
