Parecía imposible que las fuerzas se equiparen. A lo sumo, para Cabo Verde el objetivo era sumar gente de mitad de cancha hacia atrás, ser ordenado y aguantar. Un gol podía ponerlos en una situación irremontable. Y ese gol llegó de parte del jugador que tenía que abrir el resultado: Lionel Messi.
El pelotazo profundo que le metió Lisandro Martínez fue estupendo, Messi la dominó con el empeine de la zurda y definió en el momento justo y antes de que lo tapara un defensor rival. Fue apenas después de la pausa de hidratación, cuando, seguramente, Scaloni le habrá pedido más profundidad al equipo. Daba la sensación de que la tardecita no iba a tener el desarrollo que tuvo, más allá del desenlace.
La monotonía resultó dominante. Cabo Verde no es un rival que sirva de medida. Y lo dicho, meterse atrás fue la única reacción. Entonces, Argentina debía hacer todo. Y lo llevó adelante con paciencia, exagerando muchas veces la lentitud de movimientos y tratando de meterle ritmo al ataque en los últimos 25 metros de la cancha. Si había que tocar para atrás, se tocaba para atrás. Y si había que volver a empezar, también. Era preferible eso, antes de perder la pelota por una exigencia que no formaba parte del libreto.
Lisandro Martínez se convirtió en el iniciador de las jugadas. Se adelantó 30 metros en la cancha y fue el “llevador”. Entró más en juego que los volantes, al margen de haberle puesto un pase-gol estupendo a Messi. Si al partido le faltó ritmo y dinámica, fue porque el dominio de la selección argentina fue rotundo y Cabo Verde demostró que es una selección de un segundo (o tercer) nivel, que solo pretendía que no la golearan y que apenas dejó arriba a Nuno da Costa para tirarle pelotazos y que se las arregle, en inferioridad numérica y ante defensores que no le permitieron nada.
Argentina manejó la pelota con ese toqueteo que parecía intrascendente y que buscaba, como primer y gran objetivo, obligar al rival a salir del fondo para que aparezcan los espacios cuando el equipo decidía cambiar el ritmo, algo que se producía (o se intentaba producir) en los últimos 20 metros de la cancha. Hasta allí, todo bien. O más o menos bien.
Cuando Cabo Verde se animó a salir un poquito, en el segundo tiempo, llegó el primer error defensivo de Argentina. Había cinco jugadores adentro del área sin marcar a nadie y esperando un centro. Llegó el pase interno para Deroy Duarte (que había ingresado en el segundo tiempo y juega en el fútbol búlgaro), para recibir totalmente solo (era de Lisandro Martínez la marca) y colocar un remate cruzado que no pudo ser interceptado por Emiliano Martínez. Gol, sorpresa, estupor y un resultado que en nada se reflejaba en el trámite, a no ser por un detalle puntual (el error del gol) y esa pasividad que tuvo Argentina para dejarlo venir a Cabo Verde sin tomar los recaudos correspondientes.
Scaloni trató de despertar al equipo con dos jugadores con dinámica y encaradores. Lo puso a Nicolás González por Almada, en el sector izquierdo, en tanto que Julián Alvarez (sigue estando impreciso y atropellado con la pelota) ingresó por Lautaro Martínez, que había hecho poco en todo ese tiempo que jugó, a excepción de ser pivote de Enzo Fernández en una jugada que terminó con un remate que conjuró bien Vozinha, el arquero de Cabo Verde.
Messi parecía ser el “as de espadas”, el de “basto” y cualquier carta que sirviera para llegar al gol. Vozinha empezaba a convertirse en “héroe” tapándole un mano a mano y luego sacando un tiro libre que iba a su palo pero que lo había encontrado dando el paso al costado por si venía por encima de la barrera. Argentina tenía la pelota, dominaba el terreno pero se encontraba con un rival metido en el partido, que no cometía errores y que se la estaba haciendo mucho más difícil de lo pensado.
El partido se le iba a Argentina (en los 90 minutos) cuando Scaloni decidió la salida de De Paul y el ingreso de Paredes con el objetivo de buscar un buen pase entre líneas que le permita dejar a algún compañero mano a mano con el arquero. Enseguida tuvo que utilizar la tercera ventana para el ingreso de Tagliafico en reemplazo de Medina, que se fue lesionado. Argentina tenía un poco más de profundidad con Nicolás González pero le faltaba claridad en la terminación de las jugadas. Y un cambio de ritmo que se daba en cuentagotas.
Cabo Verde había resignado cualquier posibilidad ofensiva y se vio favorecida por una mano que cometió un defensor luego de un cabezazo de MacAllister después de una pelota profunda de Messi para superar la línea de los centrales. Era penal, se revisó pero no se cobró. Ya era tiempo de descuento en un partido que se consumió en los 90 con el empate que nos llevaba a un imprevisto alargue.
Parecía la noche de los “zurdos”. Lisandro Martínez recibió la pelota en el segundo palo luego de un centro pasado, dominó la pelota y la clavó, superando el manotazo del bueno de Vozinha, que hasta ese momento parecía inexpugnable. Un 2 a 1 tranquilizador en el mismo arranque del suplementario y la esperanza de que aparezcan espacios que antes no había para que Argentina pueda liquidar el partido.
Sin embargo, Sidny López Cabral hizo la jugada de su vida, recibió la pelota por izquierda, enganchó para adentro y dejó en el camino a MacAllister (tirado por la derecha después del ingreso de Paredes) y metió un remate espectacular que se clavó en el segundo palo ante el vuelo desesperado del Dibu Martínez. Golazo. Y otra vez a remarla.
Ya con Montiel por Molina, los 15 minutos finales fueron la última oportunidad para marcar diferencias que a Argentina ya le estaba costando demasiado por más que tenía el dominio de la pelota y el terreno. Entraba también a jugar lo anímico (además de lo físico), porque las dudas se estaban apoderando del equipo. Y eso se veía reflejado en imprecisiones, muchos pases hacia atrás y poca confianza para intentar el mano a mano.
Pero la pelota quieta fue la salvadora. Córner de Messi (¡cuándo no, él!) y la aparición del Cuti Romero para meter el cabezazo que se desvió en la mano de un rival y descolocó a Vozinha. Tres a dos, con una defensa (la de Argentina) que no ofrecía ningún tipo de seguridad, que daba espacios y que eso lo tornaba aún más peligroso a Cabo Verde, que cerca estuvo con un tiro libre que desvió en forma espectacular el Dibu.
Así, entre inseguridades defensivas, varias dudas que dejó el rendimiento del equipo y un rival que dio más de lo que todos pensábamos, se llegó al final respirando hondo y con una inevitable mueca de alivio. Fue un sufrimiento excesivo, inesperado y casi innecesario. Habrá que cambiar rápido el chip y borrar los coletazos de esta actuación. Argentina no fue Argentina. Eso está claro. Aunque haya ganado.
