Literatura rosarina: las huellas de lo que ya no está
Ariel Pennisi nació en Rosario, en 1982. Es psicólogo, profesor de Psicología y técnico universitario con mención en Trabajo Social, formado íntegramente en la Universidad Nacional de Rosario. Foto: gentileza

En su ensayo “El escritor argentino y su tradición”, Jorge Luis Borges expone una frase que en más de una oportunidad ha sido referenciada con el fin de reafirmar la importancia de esquivar ciertos lugares comunes para alcanzar autenticidad en la producción literaria.

“En el Corán no hay camellos”, dice, enarbolando de alguna forma la bandera de la naturalidad en desmedro de la cita caprichosa o la acumulación de obviedades, errores típicos de muchos escritores locales.

En “Cuentos sobre las cosas que se pierden”, el escritor Ariel Pennisi consigue situarnos en su ciudad, Rosario, que será también la de muchos de sus lectores; y para ello no necesita nombrarla. De esta manera, su trabajo se vuelve también universal.

El color local se presenta con firmeza e invade cada uno de los textos del autor. Si bien es cierto que existe un vínculo implícito, especial, con esos lectores que, sin dudas, han compartido lugares y pisado las mismas baldosas, esto no deja de ser un plus, un agregado que, lejos de segmentar, amplía horizontes. En todo caso, el punto principal está puesto en lo sugerido, en aquello no dicho, características que cobran fuerza y consiguen trazar verdaderos puentes.

Los once relatos que forman parte de “Cuentos sobre las cosas que se pierden” retoman temas y preocupaciones expuestos en el primer libro del autor, “Maradona me debe un yogur” (Azul Francia, 2023). Pennisi nos habla del paso del tiempo, de la nostalgia de una niñez transcurrida en el barrio del Abasto, al tiempo que explora la pérdida no sólo de objetos materiales sino, principalmente, de ciertos vínculos.

“Los cuentos que forman parte de este libro son netamente hijos de un tiempo creativo al que me gusta llamar colectivo, ya que los escribí entre los años 2024 y 2025, cuando comencé a formar parte del grupo de clínica de obra narrativa breve que coordina Lila Gianelloni. Me nutrí y me nutro mucho de sus enseñanzas. Cada cuento lo llevaba al taller, lo leía en voz alta y recibía las devoluciones de mis compañeros en un clima de fraternidad. Allí fui tejiendo la idea de que la escritura es para y con un otro. Al menos desde mi punto de vista, se escribe para un otro”, señala el autor en charla con Mirador Provincial.

Publicado por Homo Sapiens Ediciones, “Cuentos sobre las cosas que se pierden” se presentará el próximo miércoles 15 de abril a partir de las 18 horas en la librería Homo Sapiens (Sarmiento 829).

“En el evento voy a estar muy bien acompañado por la escritora Lila Gianelloni y el escritor/psicólogo Damián Pulizzi. Será un momento agradable en un auditorio de la editorial completamente renovado para este 2026”.

El libro

“Cuentos sobre las cosas que se pierden” presenta arte de tapa de Andrés Pennisi (hermano del autor) y contratapa a cargo de la escritora y docente Beatriz Actis. Su extensión es de 76 páginas en blanco y negro, en un formato de 22 x 15 cm.

La obra se compone de once relatos, la mayoría de ellos trabajados en la clínica de obra grupal que coordina Lila Gianelloni, ensayista con quien el autor comparte —junto con un grupo nutrido de artistas— la organización del ciclo de lecturas “Un lugar limpio y bien iluminado”.

Consultado acerca de cuándo considera que es momento de soltar las correcciones y dejar de trabajar los cuentos, el escritor nos decía: “Siempre es un buen momento para corregir. La escritura es inacabada, y la corrección infinita. Lila nos dice que debemos desconfiar de un texto cuando se nos presenta como bello. Creo que tiene razón, siempre se puede mejorar. La buena literatura lleva tiempo, y por eso considero que es una actividad netamente contracultural, en la era donde el tiempo escasea».

«Escribir es detener la dinámica del mundo, detener la vorágine para darle lugar a la letra que nos habita. Agujerear con la letra el vacío existencial que, en algún punto, llevamos dentro de nosotros. Borges decía que publicaba para dejar de corregir. En mi caso, o en este libro en particular, publiqué cuando vi que al grupo le gustaba lo que leía. Ellos son mis primeros lectores. Pienso que un escritor debe escuchar a sus lectores”.

Hay temas que atraviesan cada uno de los textos contenidos en la obra. El autor da cuenta de un mundo que ya no está y del vestigio de cosas que han quedado en su camino. Pequeñas ausencias graduales y cotidianas que, de algún modo, también nos definen y resignifican como seres humanos.

El escritor transita ese duelo tomando como herramienta su escritura, intentando llenar espacios vacíos, mientras que el público lo hace a través de la propia lectura. Abundan los miedos, la nostalgia y un sentido de despedida, muchas veces reflejado en el peso de los objetos físicos. Como en “La visita”, cuento que inaugura el compilado y que se inicia con una frase que será premonitoria y constante a lo largo de todo el trabajo: “Las cosas tienen fecha de vencimiento”.

En este caso es una casa, pero también la infancia y la figura materna que sostuvo esa crianza. El objeto omnipresente es un vaso de “He-Man”.

También en “La lata de coca” los objetos funcionan como disparadores. Una práctica típica de los 90, como coleccionar latas, se convierte en el punto de partida para reflexionar sobre la amistad: su importancia, sus imperfecciones y su incidencia en el crecimiento. La lata es testigo del paso del tiempo, de los cambios, de fracasos y triunfos; un objeto que puede ser todo para alguien y nada para otro. Objetos que marcan un rumbo y un destino.

En “Choque de puños”, Pennisi se adentra en el universo del boxeo con una historia de ring protagonizada por el “Oso”, un ex boxeador devenido en canillita que es tentado para volver a pelear. La mirada idealista del niño que presencia el combate contrasta con la del adulto, marcando ese cruce entre ilusión y desgaste.

Los personajes de Pennisi son comunes, frágiles y carentes de grandes épicas. Sus victorias son pequeñas y forman parte del día a día. Personajes a los que no les sobra nada, que apenas llegan a fin de mes. Habitan esquinas, almacenes, puestos de diarios, bares, clubes de barrio y realizan, religiosamente, tareas como ir a buscar nietos a la escuela. Tal es el caso de “¿Alguien puede ir a buscar al nene?”, tierna historia con un cierre mágico y con la que concluyen además los relatos en primera persona.

Le siguen “La noche estrellada” y “Samurái”, dos textos en los que Pennisi saca a relucir su profesión de psicólogo. Ambos están atravesados con maestría por el arte. El primero de ellos, como su título anticipa, remite al óleo de Van Gogh, cuadro que permite finalmente trabajar los conflictos y encauzar el proceso terapéutico. En el segundo, la voz de un amigo presentará al protagonista el código ético y filosófico del “camino del guerrero”, que regía la vida de los samuráis en el Japón feudal, basado en la lealtad, el honor, el coraje y la disciplina.

“En el Valle de Gehena”, al igual que en el cuento siguiente, abundan los diálogos. Un policía comienza a narrar lo que parecería ser un simple robo a un periodista de policiales. El relato irá escalando hacia la inverosimilitud y la fantasía con el fin de alimentar una historia en la que poco parece importar el hecho periodístico.

En “Ladrillos de canto”, un profesor detenido comparte celda con un personaje tan pintoresco como militante. Las voces que circulan permiten asomarse al mundo carcelario y, al mismo tiempo, trazar paralelismos con su rol docente.

Los textos “Un testigo” y “El otro testigo” funcionan en conjunto, ofreciendo dos miradas sobre un mismo hecho. Un operativo policial encabezado por quienes se consideran “a favor de una sociedad a la que le hace falta disciplina” culmina con una desaparición. La atmósfera asfixiante, así como la crítica social, remiten a la novela negra.

El trabajo se cierra con “Noche de San Juan”, relato en el que los límites entre la realidad y la fantasía son, cuanto menos, difusos o, por lo menos, parecen serlo para los dos vendedores ambulantes que participan del mismo.

“Tres o cuatro textos quedaron fuera. Son textos incluso que fueron publicados en contratapas de Rosario/12, y aunque les hice correcciones, no los incluí porque consideré que forman parte de un universo o atmósfera diferente a la que el libro me pedía. Me cerró que sean once los relatos. Me gusta la música que habita la disparidad de las cosas. Una vez escuché o leí que la perfección del universo habita en la disparidad. No sé dónde lo leí o escuché, pero a partir de ese momento no pude más que rendirle culto al concepto”, apunta el escritor.

Como a lo largo de todo el libro, lo que se pone en juego no es solo lo que desaparece, sino lo que permanece en quienes lo atraviesan. Porque, al final, perder también es una forma de quedarse con algo. En cada objeto, en cada vínculo que se diluye, persiste una marca que acompaña. Y es en ese entramado de pequeñas ausencias donde, casi sin notarlo, terminamos de construir quiénes somos.

Acerca del autor

Ariel Pennisi nació en Rosario, en 1982. Es psicólogo, profesor de Psicología y técnico universitario con mención en Trabajo Social, formado íntegramente en la Universidad Nacional de Rosario. Se desempeña como periodista cultural. Sus cuentos han participado de numerosas antologías y con frecuencia son publicados en la contratapa del suplemento Rosario/12 del diario Página 12.

En 2023 publicó su primer libro “Maradona me debe un yogur y otros cuentos del Abasto” (Azul Francia, ed.). En 2025, su cuento “La visita”, presente en este libro, recibió el segundo premio del Certamen “Prof. Oscar Grandov” Rotary Club San Genaro-Ed. 19.


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