Historias de Victoria
La ciudad de Victoria se ha destacado por tener siempre presente su pasado, a veces reinterpretada como tradición, aunque muchas otras simplemente como recuerdos de una vida no tan lejana a la actual. A continuación, una breve selección de historias locales que han perdurado más en la memoria colectiva que en algún archivo genealógico formal.
Ignacio Etchart | redaccion-er@miradorprovincial.com
La historia de los pueblos y las sociedades siempre se conforma de a pequeños fragmentos aislados entre sí. Recién con el tiempo, en un futuro que todo lo ordena, se puede apreciar y tomar perspectiva sobre los acontecimientos y personalidades que en su momento transitaban la vida de una forma cotidiana, sin tomar conciencia del hito fundacional que allí se estaba gestando.
La ciudad de Victoria es característica por tener su pasado bien presente. Las identidades locales se apoyan en una memoria activa que convierte a todo pasado reciente en una tradición inmediata. Los grandes archiveros y registros históricos de Victoria no viven en edificios, estantes o bibliotecas. La historia victoriense radica en sus vecinos.
No obstante, a pesar del romanticismo que envuelve a la memoria oral, ésta muchas veces se presenta fragmentada o confusa. Por eso existen altruistas personas que a fuerza de vocación recolectan, reconstruyen y divulgan historias locales con el fin de acompañar la memoria oral. “Historia de Victoria”, página de Facebook que encarna esta tarea, es además la fuente de consulta de los breves textos que a continuación se presentan.
Sobre un literato
El 28 de diciembre se cumplirán 53 años de la muerte de Martín del Pospós, seudónimo acuñado por el monje benedictino Gregorio Spiazzi, autor de la prestigiosa novela El País de los Chajás, publicada en 1956. La obra, ya de superlativa trayectoria y de un enorme orgullo que reviste a todo victoriense, describe con una sutil retórica y mediante distintas narraciones, la vida y el paisaje rural de Victoria, principalmente el delta del río Paraná.
La vida del monje Spiazzi estuvo ya marcada en sus inicios. Si bien nació en Colonia San José, con el tiempo se fue arraigando fuertemente a la vida victoriense, convirtiéndose en un intelectual que prestigió con su pluma a importantes diarios, tanto provinciales como locales.
Sin embargo, sus inicios no fueron de fácil transitar. Al quedar huérfano de padre a los ocho años junto a varios hermanos menores que él, don Valentín Bonato, domador de caballos, chasqui de diligencia y puestero en el paraje rural denominado Pospós (un territorio conformado por 10.500 hectáreas) decidió apadrinar al joven Gregorio.
A los 14 años de edad fue llevado a la abadía del Niño Dios por el padre Benito Ibarrola, adoptando la disciplina ascética del monasterio. Ya en sus inicios como joven estudiante benedictino, Spiazzi se caracterizaba por una modesta actitud, un compromiso destacable con el estudio, todo esto encarnado por un espíritu de orden, método, y una inquebrantable constancia y perseverancia en lo que emprendía.
Tiempo después, el 7 de diciembre de 1930, fue consagrado sacerdote por el entonces obispo diocesano monseñor Julián Martínez, quien le confirió el presbiterado en la iglesia de San José de Crespo. Tras desempeñar estas tareas encomendadas, en 1941 llegó a la Basílica Nuestra Señora de Aránzazu de Victoria como vicario cooperador. Su labor pastoral además se extendió a la capilla del Perpetuo Socorro, ubicada en el norte de la ciudad, a la de Cristo Rey, instalada en las secciones rurales de Rincón del Doll, y también en la zona del Pajonal. Vacante el cargo de cura párroco de Victoria, fue designado y asumió esas funciones el 19 de julio de 1960.
Su formación y madurez transcurrieron en la ciudad de Victoria, con la mirada puesta siempre en el horizonte, en aquella línea donde descansan las islas del delta del Paraná con sus mil brazos de agua, los albardones y las marismas. Todo un mundo que luego se reflejaría en su más significativa obra, cuyas historias describen las costumbres isleñas, compuestas de paisajes ilustrados en vívidas semblanzas y bocetados bajo el apacible imaginar del artista Raúl Domínguez.
Primer médico nacido en Victoria
La prestación de servicios de todo tipo, en la Victoria naciente del siglo XIX, estuvo a cargo de múltiples extranjeros inmigrados a la Argentina pujante de aquel entonces. Entre las más nobles tareas que se pueden ejercer, la medicina también forma parte de esta profesión, en su origen importada.
Sin embargo, hoy se puede distinguir a Juan Andrés Gallino como el primer médico originario en la historia de Victoria, nacido alrededor de 1850, hijo del italiano Andrés Gallino y de Trinidad García (hija de uno de los primeros pobladores de La Matanza y Laguna del Pescado).
Entre sus más distinguidas obras se recuerda el trabajo en conjunto con el Dr. Joaquín Vivanco, el primer médico que prestó servicios profesionales en el Hospital de Caridad (hoy Hospital Fermín Salaberry) allá por el año 1883, ejerciendo esta actividad totalmente ad honorem.
Gallino cursó sus estudios preparatorios en el Colegio del Uruguay, trasladándose luego a las aulas universitarias de Buenos Aires en 1872, donde se recibió en 1878. Finalizó su formación como practicante del afamado Hospital San Roque, actual Ramos Mejía.
Después de haber ejercido la medicina en la Ciudad de Buenos Aires, Gallino se estableció en Victoria. El poco tiempo entre sus inicios como profesional en la ciudad y las numerosas consultas y pacientes que buscaban sus conocimientos y habilidades, es una prueba contundente sobe el rápido reconocimiento adquirido por el Dr. Gallino en la ciudad. El ejercicio de un cuidado basado más en un amistoso y autorizado consejo que en la mejor medicina hipocrática fue la manera característica que colocó a Gallino en el lugar desde donde hoy se lo recuerda.
Hacia 1893 se despidió definitivamente de Victoria, para volver a Buenos Aires y convertirse en médico primario del cuerpo de bomberos, donde, según las crónicas, gozó de una merecida consideración y estima por parte del cuerpo.
Su casa, situada en la esquina de 9 de Julio e Italia, fue luego alquilada por el mismo Dr. Salaberry. Como testimonio del tiempo en que Gallino vivió en la mencionada esquina, aún podemos ver, por encima de la puerta de ingreso del actual Comité de la Unión Cívica Radical, la figura de un león, que orna las iniciales “J. A.”. Sin embargo, producto del paso del tiempo, en aquella placa falta una tercera letra.
Gracias a una antigua foto se descubrió que se trataba de la “G”, por lo cual las iniciales rezan el nombre “Juan Andrés Gallino”.
