En Rosario
Pablo Silva perdió la vida, víctima de un hecho de violencia urbana. Su padre, Antonio Silva, fundó un club de fútbol en su honor para brindar acompañamiento a niños, niñas y jóvenes de Rosario.
A fines del 2018, el adolescente Pablo Silva, de 14 años, jugador de las divisiones inferiores de la Asociación Deportiva Juan XXIII, perdió su vida al recibir una bala perdida en medio de un partido de fútbol del que era espectador. El trágico hecho movilizó a su papá, Antonio Silva, que fundó un club deportivo en su honor para acompañar a los chicos y chicas del barrio. El trabajo junto a la comunidad logró brindar posibilidades de encuentro, deporte y sentido comunitario a 200 niños, niñas y jóvenes del Distrito Oeste de Rosario, a través del Sportivo Pablo Silva.
Con el acompañamiento de la Dirección de Asistencia y Empoderamiento de las Víctimas, dependiente de la Secretaría de Género y Derechos Humanos de la Municipalidad, y en articulación con diversas áreas del Ejecutivo local, la iniciativa comenzó a tomar forma en febrero de 2020 y el club participa, desde este año, de la Liga Rosarina de Fútbol.
Antonio compartió con Mirador Provincial su visión del deporte como herramienta de integración e inclusión social, su experiencia personal y los lazos construidos en el barrio.
– ¿Cómo nació la asociación?
– Siempre estuve ligado al fútbol, desde pibe y durante toda la vida. El día 21 de noviembre de 2018 mataron a mi hijo, en la canchita del barrio cuando fue a ver jugar al fútbol a sus hermanos. Una bala perdida, que no era para él. Pablito era un chico sano, que disfrutaba de su familia, iba a la escuela y jugaba al fútbol, como muchos chicos en el barrio. Ahí empezó todo, ese día creo yo. Empezamos a pelearla, buscando justicia, tratando de seguir. Él siempre me decía: ‘Pa, ¿por qué no te hacés un club?’, siempre tengo presente que me decía eso. Este espacio que armamos es en su honor, en su memoria. Desde diciembre de 2019 empecé a trabajar con Asistencia a Víctimas de la Municipalidad. Ahí fuimos charlando y fuimos trabajando, se fue sumando gente, hicimos los trámites. De a poco nos propusimos pensar este sueño colectivo de armar una asociación civil que se llame como mi hijo y que a partir del fútbol se pueda ayudar a los chicos, para que hagan deporte, tengan un lugar. Nosotros lo que queremos es que los pibes -y también las pibas- sean mejores personas. Si sale un Messi mejor, pero queremos que tengan un lugar para jugar y compartir. Hoy la cosa en el barrio está difícil, pero a mí me llena de orgulloso que 200 pibes vengan a la tarde, con la familia, a matear, compartir y hablar de fútbol, del club, del partido del domingo. Es una oportunidad para mí, para mi familia y también para el barrio. Creo que para la ciudad también.
– ¿Cómo vivieron, junto con el proyecto, este período de pandemia?
– En un primer momento la pandemia fue un golpe duro porque en febrero del 2020 empezamos a trabajar en el playón del Distrito Sudoeste con una pelota y un pibe, en dos semanas ya tenía 40 chicos entrenando. Cuando decretaron las medidas de aislamiento la cosa se complicó. Las familias de nuestros jugadores y los vecinos del barrio estaban ocupados en ver cómo poder poner un plato de comida en la mesa. Desde la asociación en el barrio (Itatí) comenzamos a llevar adelante una olla popular tres veces por semana y repartimos 150 viandas. Todo esto fue posible gracias al trabajo conjunto de las tres partes: la asociación civil, la Municipalidad y el Banco de Alimentos. Cambiaron las prioridades, pero el proyecto siguió en marcha, había que ocuparse de eso y desde el club pudimos ayudar también.
– ¿Cuáles son los barrios involucrados y de qué manera vienen trabajando?
– A medida que las restricciones fueron permitiendo volver a entrenar, comenzamos a hacerlo en un predio en bulevar Seguí al 6.000 (Distrito Oeste); ya para noviembre del 2020 contábamos con 100 jugadores entrenando. Los chicos y chicas vienen de diferentes barrios: Itatí, Godoy, La Lagunita, La Vía Honda y de los demás barrios que rodean la zona del predio. En diciembre conocimos a la Fundación Dios es Amor, que tienen el predio en bulevar Seguí al 6400, con quienes vamos a firmar un convenio de trabajo para poder entrenar en sus canchas y fusionar un proyecto de fútbol que ellos tienen en marcha en sus instalaciones. Son personas muy buenas, como todas las que me he ido cruzando desde que nos propusimos construir este espacio colectivo y de contención. Además, en este 2021 comenzamos a participar de la Liga Rosarina. Fue un momento de mucha emoción, en lo personal y lo familiar, ver como nuestro sufrimiento y pérdida se convirtieron en esperanza al ver a los chicos jugar los primeros partidos del club. Ese día, el 6 de marzo, con Juan XXIII, quedó grabado a fuego en mi memoria y, para rematarla, al día siguiente la primera jugó en Villa Gobernador Gálvez. Antes del partido le hicieron un homenaje a Pablo y me entregaron una camiseta con su nombre; estos gestos simples son los que me permiten seguir adelante.
– ¿Qué proyectan a futuro con la campaña Fútbol por la Paz?
– Teniendo en cuenta que el proyecto nace como respuesta a un hecho de violencia, nos decidimos por empezar a hablar de fútbol y paz, para generar con la práctica de este maravilloso deporte conciencia y cambio de hábitos. No solo por la violencia extrema que a veces nos toca vivir y sufrir, como en mi caso y en el de mi familia, sino para tener presente y trabajar otras cuestiones, como el trato de los padres y las madres hacia sus hijos, y la igualdad entre varones y mujeres. Hay mucho por hacer.
Fútbol por la Paz
“Desde la Municipalidad tenemos el desafío de pensar cómo intervenir ante estas pérdidas”, explica Gonzalo Bonifazi, al frente de la Dirección de Asistencia y Empoderamiento de las Víctimas. “Buscar en cada caso una alternativa y pensarlo con la gente. Poner los recursos en función de un proyecto que se construya con las personas que sufren estas pérdidas, y si es con la comunidad del barrio, mucho mejor”.
La entidad está encargada de generar mecanismos y espacios para la contención de aquellos que fueron víctimas directas e indirectas de la violencia urbana. “En este caso en particular y desde el momento que decidimos encarar el proyecto de fútbol pensamos que debíamos trabajar donde hubiera menos oferta y mayor necesidad. Es por eso que decidimos instalarnos en esta zona del Distrito Oeste. Con el objetivo de sumar para fortalecer el laburo que ya venían llevando adelante diversas instituciones, la idea es complementar el trabajo y dar mayor contención a los chicos y las chicas”, agrega Bonifazi.
El ente enfrenta el desafío de afianzar una convivencia diferente en los barrios de Rosario, donde los índices de violencia han crecido exponencialmente en los últimos años. “Ese desafío implica la necesidad de articular la oferta estatal de servicios y su lógica, con las lógicas, culturas y saberes populares. Debemos nutrirnos de las experiencias de trabajo que se fueron desarrollando en otras ciudades latinoamericanas, por ejemplo Medellín (Colombia), y adaptarlas a nuestra realidad. Allí utilizaron al fútbol como herramienta para convocar a jóvenes y elaboraron proyectos comunitarios que permitieron bajar los índices de violencia altamente lesiva; ese es el camino que queremos recorrer”, señala Bonifazi.
Desde el espacio buscan impulsar la campaña Fútbol por la Paz a modo de reconocimiento y, a su vez, como problematización del sentido de la cultura futbolera. “El fútbol es una herramienta fundamental para pensar procesos deportivos, culturales y comunitarios -agrega el funcionario-. La cultura futbolística es un dispositivo que moldea las subjetividades desde muy temprano, un producto cultural ampliamente arraigado en las barriadas. Es una herramienta importantísima que llevamos dentro desde nuestra infancia, hay que utilizarla”.
