El legado de la vela en Santa Fe: familias pioneras y la historia náutica del río Paraná

El Yacht Club Santa Fe celebra este sábado su 90 aniversario, un hito que lo posiciona como un ícono en la memoria colectiva de la ciudad. Su rica trayectoria, ligada a la historia de los navegantes de la región, fue recopilada por el timonel de veleros “Pilu” Castillo.

La vela, una pasión que navega en el corazón santafesino

La profunda conexión de Santa Fe con el río y la Laguna Setúbal se condensa en la rica historia de la navegación a vela, una tradición que marcó a generaciones enteras y que tuvo su epicentro en el Yacht Club Santa Fe. Fundado el 28 de febrero de 1936, este club no es solo una institución, sino una puerta de entrada a la memoria colectiva de una ciudad que creció mirando el agua, tal como lo expresa el timonel Egard «Pilu» Castillo en su recopilación sobre la náutica santafesina, destacando que «hay lugares que no solo ocupan un lugar en el mapa, sino que se quedan a vivir en la memoria colectiva de una ciudad. El YCSF fue para Santa Fe mucho más que un hito geográfico». La pasión por el Paraná y la Setúbal, escenarios naturales de regatas y aprendizajes, se transmitió de padres a hijos, girando siempre «alrededor del río y de los barcos», como confiesa Castillo, quien heredó esta vocación de su propio padre.

La institucionalización de una tradición: el nacimiento del YCSF

La necesidad de organizar la creciente actividad náutica local se hizo evidente en febrero de 1936. Una regata disputada frente al Balneario Martini, en aguas de la Laguna Setúbal, fue el catalizador. El diario El Litoral documentó aquella competencia del 16 de febrero, que hoy se considera la primera regata registrada en la historia de la ciudad y en la que ya participaban nombres que luego serían fundamentales para el club. El velero «Mary», al mando de Manuel Calcagno y Galleratti, se alzó con la victoria, seguido por el «Chorlito», de Gustavo Courault, y el «Iponá», de Roberto Sarsotti, timoneado por Antonio Martini. Pocos días después, el 28 de febrero, una Asamblea Constitutiva le dio forma institucional a esa energía dispersa: se redactaron estatutos y se adoptó un gallardete blanco con cruz roja y ancla azul marina, símbolo del espíritu náutico que comenzaba a consolidarse.

El ingenio santafesino y el «Clase Santa Fe»

A comienzos de la década del 40, las regatas frente a Javier de La Rosa ya formaban parte del calendario habitual de la ciudad. La evolución deportiva estuvo íntimamente ligada a las embarcaciones. En una época sin producción en serie accesible, los propios socios diseñaban y construían sus barcos. El exponente máximo de este ingenio local fue el «Clase Santa Fe», un monotipo de madera pensado específicamente para las condiciones cambiantes de la Laguna Setúbal. Estos pequeños dinghies de madera, de 4,5 metros de eslora y 1,25 de manga, se construían con fondo de tablas atravesadas y se aparejaban con velas áuricas al cuarto. Con la caja de orza entre las bancadas, requerían una maniobra particular en cada virada o trasluchada. Muchos de estos veleros escuela fueron construidos por el carpintero de ribera santafesino Marcos Rudi, sobre planos traídos por Gustavo Courault, conformando una flota integrada tanto por embarcaciones del club como por barcos particulares, identificados con la letra X seguida de un número.

Nombres que navegan en la memoria

Junto al emblemático «Clase Santa Fe», otras embarcaciones forjaron la historia grande del río y forman parte de la memoria local. Entre ellas se recuerdan el «Quimera», un importante velero cabinado aparejado a sloop de unos 9 metros de eslora, propiedad de Gustavo Courault; el «Cisne», de Stoner y Braútigam (marineros del acorazado Graf Spee), de 4,50 metros; el «Mainumbí», de Don Besciere; el «Chubasco», de César Fernández Navarro; y el «Uru», doble proa de seis metros, perteneciente al reconocido pintor Ricardo Supisiche, entre otros. Cada uno de estos nombres remite a historias de camaradería, competencia y aprendizaje que exceden lo deportivo y se entrelazan con la identidad misma de la ciudad. La antigua sede social del YCSF construida sobre el río, las tardes de entrenamiento, las crecientes que obligaban a rehacer amarras y muelles, los desafíos climáticos y urbanos: todo forma parte de una trama que enraizó la navegación en la vida santafesina.

Un mástil con historia y simbolismo

El mástil principal del Yacht Club Santa Fe, perteneciente originalmente al crucero acorazado ARA San Martín (buque insignia de la Armada Argentina a comienzos del siglo XX), se convirtió en un potente símbolo de soberanía y tradición náutica. Botado en 1896, modernizado en 1926 en la Base Naval Puerto Belgrano y dado de baja en 1935 antes de su desguace en 1947, el navío dejó como legado ese mástil histórico. El club lo incorporó a su predio no solo como pieza ornamental, sino como un acto de preservación patrimonial. A su alrededor se construyó una pista de baile rodeada de sauces, transformándolo en el corazón social de la institución y en un recordatorio permanente del vínculo entre la historia naval argentina y la identidad náutica santafesina.

Un legado que perdura en la ciudad

La reconstrucción de esta valiosa historia fue posible gracias a testimonios, documentos de época y al aporte de quienes preservaron archivos y recuerdos. Se reconoce el valor de la hemeroteca de El Litoral y de «todos aquellos que a través de sus recuerdos» ayudaron a reconstruir este itinerario sobre el agua. Enrique Arrulfo Cordiviola, «Buby», es uno de esos guardianes de la memoria náutica, a quien se le dedica un pasaje: «aunque no esté aquí con nosotros, sigo encontrándome con él, porque su barco es mi barco» (el Pagarú Pabú). La historia del Yacht Club Santa Fe es la de una ciudad que aprendió a mirarse en el río, que diseñó sus propios barcos cuando fue necesario y que convirtió a la navegación a vela en un legado transmitido de generación en generación. Una historia que, como el Paraná y el Santa Fe, sigue su curso.


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