En Santa Fe capital, la última dictadura cívico-militar (1976-1983) desplegó, además de la brutal represión física en centros clandestinos y la desaparición de personas, un sistema de «control sociopsicológico» para adoctrinar a la sociedad. Documentos del digesto histórico municipal de 1978, analizados recientemente, revelan cómo la Junta Militar intervino sutilmente en la vida cotidiana de los santafesinos.
Las otras caras de la represión en la Santa Fe de la dictadura
Al cumplirse este martes 24 el 50º aniversario de la última dictadura cívico-militar en Argentina (1976-1983), es necesario repasar aquellos «otros métodos represivos» que utilizó la Junta Militar interventora en la ciudad para subyugar y adoctrinar a los santafesinos, buscando adormecer la conciencia social. Más allá del sistemático plan de exterminio a «elementos subversivos» que el documento «Nunca Más» de la CONADEP, miles de testimonios y el Juicio a las Juntas han expuesto –con sus brutales secuestros, torturas en centros clandestinos y la apropiación de bebés–, existieron formas de control social más disimuladas, quizás sutiles, que impactaron directamente en la vida cotidiana de nuestra ciudad.
Estas estrategias de control no eran violentas en términos físicos, sino psicológicos y sociales. Su evidencia se encuentra, por ejemplo, en el digesto histórico de 1978 —un compendio de ordenanzas y decretos que organizan la vida en sociedad—, publicado por la Municipalidad local en 2023.
El control sobre la vida social y los espacios de encuentro
«Entre lujurias y represión / Bailaste los discos de moda / Y era tu diversión burlarte de los ilusionistas», canta Serú Girán en «No Llores por mí, Argentina» (1982). Este verso evoca cómo la sexualidad, un aspecto inherente a la naturaleza humana, fue objeto de represión en aquellos años.
Aunque los bailes barriales, clubes nocturnos y cabarets eran espacios permitidos para la interacción social y el ocio, la intervención militar en Santa Fe los mantenía bajo estricta vigilancia. Se consideraba que en estos lugares festivos podían surgir «células subversivas», según el criterio de la Junta. De este modo, la expresión de la sexualidad podía ser vista como un «acto político peligroso», incompatible con la moral y las «buenas costumbres» que pregonaban los ideólogos del Proceso de Reorganización Nacional.
El digesto histórico de 1978 detalla que, bajo la figura de «Cabarets, Boites, Night Clubs, Cafés-Cantantes y bailes», la Municipalidad local, a través de la oficina de Espectáculos Públicos, tenía amplias facultades para imponer severas multas e incluso ordenar la detención de personas que no respetaran las «buenas costumbres». Los dueños de estos locales también enfrentaban duras sanciones económicas si no cumplían con la normativa de habilitaciones, tributación o incluso si no acataban «derechos de admisión» selectivos. El control económico podía llevar a la clausura definitiva de los establecimientos.
Es importante recordar que, desde 2016, los cabarets, bares de copas, whiskerías y boites están prohibidos por ordenanza del Concejo local, ya que con el tiempo se convirtieron en focos de captación y sometimiento de personas para explotación sexual (trata de personas).
El silencio como método de control
El silencio fue otra forma sutil de represión. El digesto de 1978 incluía el apartado «Represión a los ruidos molestos», basado en una ordenanza preexistente, la N° 7.193, de agosto de 1976. Las prohibiciones impactaban directamente en la vida de los santafesinos: no se podía usar bocina en los autos –salvo para evitar accidentes–, ni realizar propaganda comercial a viva voz o con altavoces en bares o casas particulares. También se prohibía, desde las 22 a las 6 horas, el tañido de campanas de iglesias o templos de cualquier credo religioso.
El «imperio del silencio» buscaba una sociedad callada, sin la libertad de expresar ideas o pregonar la palabra. «Un tiempo para el silencio era necesario para alcanzar y lograr el tan afamado Orden», sostuvo el presidente de facto Jorge R. Videla. El almirante Emilio Massera, por su parte, habría expresado: «Hay tiempos donde algunos deben hablar y otros deben permanecer callados; así podremos escuchar a las voces de los justos y al silencio de los pecadores».
La vigilancia sobre la imagen y las «buenas costumbres»
El respeto por «la moral y las buenas costumbres» era el principio rector de todo este sistema de represión socio-psicológica. El digesto histórico de 1978 de la ciudad de Santa Fe contiene un capítulo entero dedicado a las «Faltas contra Moral y las Buenas Costumbres», que buscaba uniformar el modo de ser de cada individuo, desde su vestimenta hasta su expresión.
Se promovía un determinado tipo de lenguaje y vestimenta para la vía pública, mientras otros eran directamente prohibidos. Por ejemplo, circular con el torso desnudo en pleno verano –algo muy común en nuestra capital durante la temporada estival debido a los calores extremos– estaba estrictamente vedado. También se prohibía la colocación de impresos, grabaciones o gráficos en la vía pública «que afectaran a la moralidad». La venta, edición, distribución o circulación de cualquier material (libros, revistas, fotografías, audiciones, pinturas) considerado «inmoral o atentatorio a las buenas costumbres» se castigaba con altas multas y detenciones.
Estas fueron algunas de las formas en que la dictadura buscó amordazar a la ciudad de Santa Fe: controlando la sexualidad, silenciando la expresión y vigilando la imagen pública, creando un ambiente reminiscente a un «Gran Hermano» orwelliano. La memoria de aquellos años nos invita a reflexionar sobre la importancia de la vigilancia democrática y la protección de las libertades que hoy disfrutamos.
