Cuesta creer lo que pasó en Morón. El “Gallito” cantó bien fuerte y Colón estuvo “ciego, sordo y mudo”. Nada de nada. Ni fútbol, ni amor propio, ni rebeldía, ni reacción. No terminó en goleada porque Paredes sacó un par de pelotas de gol y porque Morón tampoco aceleró lo suficiente para aprovechar los groseros, inentendibles y sorprendentes errores de la defensa de Colón. Fue un “fantasma” el equipo que había llegado puntero, jugando bien, sin recibir goles y que en Morón pareció como si estuviese último.
Colón hizo todo mal en el primer tiempo (y en el resto del partido, también). Estático, complicado por el costado derecho, sin precisión en el manejo de la pelota y sin generarle riesgo a la defensa de Morón. Medrán intentó algo que no le salió: lo volcó a Antonio por el costado derecho y armó un 4-4-2, con Cano jugando detrás de Bonansea. Y salió mal, al punto tal que tuvo que modificar el plan inicial, luego del gol de Fagundez, pasando Cano a la derecha y liberando a Antonio para que empiece a encontrarse con la pelota.
Para colmo, sobre llovido, mojado. Carranza, el árbitro del partido, fue sumamente riguroso con una acción que tranquilamente podría haber sancionado con amonestación y expulsó a Muñoz por un empellón contra un rival que se le puso adelante cuando el volante sabalero tocó la pelota y fue a buscar la devolución. No era para roja, pero Carranza no lo entendió así y dejó a Colón con uno menos a los 35 minutos del primer tiempo.
La pregunta que nos hacíamos, viendo lo que pasaba en la cancha, era dónde había quedado ese Colón furioso, impetuoso, dinámico y avasallante del inicio del partido con Racing de Córdoba y San Miguel. Y también ese equipo que, seis días antes, se encargó de defender con uñas y dientes la ventaja que había logrado en el Centenario ante los cordobeses. Sin alma, sin fútbol, demasiado parado en la cancha, sin dinámica y sin reacción, Colón era una sombra en la cancha, desbordado por un rival que mostraba todo lo contrario: seguridad, confianza con la pelota y un par de jugadores desequilibrantes, como Berterame (la figura en el primer tiempo), Fagundez y Olivares.
Ese costado derecho se convirtió en un pasillo sin control que Colón le ofreció al rival. Primero, por lo ya apuntado de Antonio, absolutamente descolocado y perdido en los primeros 20 minutos del partido cuando entró a jugar por allí. Y luego, porque tampoco le encontró la vuelta Cano, complicando ambos a un Beltrán desprotegido e inseguro. Como fueron inseguros todos los defensores de Colón (desconocidos Pier Barrios y Rasmussen, al igual que Lértora, integrantes de un triángulo central de contención que había funcionado bien en los últimos tres partidos).
El mal primer tiempo de Colón terminó en el peor de los escenarios: dominado, perdiendo el partido y con un jugador menos. Era el momento de “barajar y dar de nuevo”, tratando de encontrar orden (como primera medida) y sacudiendo la parte anímica, porque, ante la falta de fútbol, no hubo una reacción temperamental que pudiera ayudar a que se equilibren las cosas.
Bulacio fue una de las modificaciones que introdujo Otta para el segundo tiempo y a los 17 segundos (sí, leyó bien, 17 segundos), sin que un jugador de Colón pudiera tocar la pelota, Morón aprovechó un pésimo escalonamiento defensivo sabalero para generar una jugada que finalizó con un pase desde el sector derecho para que el nombrado Bulacio, en la primera pelota que tocó, convierta un 2 a 0 que complicó más el panorama.
Ya había ingresado Godoy, en el entretiempo, para ubicarse por el sector derecho. En esa posición no funcionó Antonio, tampoco lo hizo Cano (que fue el que salió) y le costó a Godoy, que tampoco le encontró la vuelta a ese puesto que dejó libre Marcioni con su desgarro.
Morón estaba 2 a 0 arriba y daba la impresión de estar más cerca del 3 a 0 que Colón de un descuento. Ese desorden generalizado en el que había entrado el equipo, obligó a que Medrán intente con Sarmiento y con Toledo por Lago y Lértora. Ya sin los dos “5” titulares, el que se paró delante de la línea de cuatro fue Toledo, con Antonio a su lado y la dupla Godoy-Sarmiento para abrirse por los laterales. La diferencia, a favor de Morón era más amplia en el trámite que en el resultado.
Si la actuación contra San Telmo había generado una dura autocrítica y el compromiso de no repetirla, ¿qué habrá que decir de ésta ante Morón? Porque si la diferencia era de dos goles solamente, era exclusivamente porque el rival no aceleraba o porque aparecía Paredes para salvar en alguna oportunidad. El trabajo defensivo de Colón seguía siendo pésimo, no mejoraba en nada y, todo lo contrario, empeoraba peligrosamente poniendo al partido al borde de la goleada.
Jamás hubo rebeldía, ni reacción. Si no fueran por un par de buenas atajadas de Paredes, el partido terminaba en goleada. Quedó para la estadística los ingresos de Castro y Olmedo, ya el partido estaba totalmente liquidado por un rival que estableció clarísimas diferencias ante un Colón desconocido, deambulando en la cancha, con piernas que pesaron demasiado y con un corazón y una rebeldía que nunca aparecieron.
