Los recientes episodios de amenazas, desafíos virales e incidentes registrados en establecimientos educativos de Santa Fe han reavivado el debate en torno al presente adolescente, así como sobre la capacidad del entorno adulto para comprender, acompañar y prevenir estas conductas antes de que deriven en situaciones de riesgo.
En diálogo con el programa Santa Fe Policiales, conducido por Danilo Chiapello y Verónica Ensinas en CyD Litoral, el médico psiquiatra Franco García Cervera (MP 6682) propuso reorientar el enfoque de la discusión. El especialista sugirió desviar la atención exclusiva sobre los jóvenes para interpelar el rol de padres, docentes y referentes comunitarios en un contexto marcado por la hiperconectividad.
García Cervera remarcó que no se trata de una «psicosis colectiva» ni de hechos aislados vinculados estrictamente a trastornos mentales. Por el contrario, enfatizó que estas conductas son aprendidas, imitadas y validadas en entornos específicos, donde las redes sociales actúan como amplificadores de mensajes, desafíos y expresiones de violencia que luego repercuten en la vida cotidiana.
«Los adolescentes no necesariamente no hablan; muchas veces hablan en un lenguaje que nosotros, como adultos, no estamos entendiendo», sostuvo el psiquiatra. Asimismo, advirtió que detrás de numerosas conductas disruptivas subyace una necesidad de ser vistos, escuchados o reconocidos dentro de un entorno que no siempre logra ofrecer espacios reales de contención.
La corresponsabilidad del entorno adulto
Para el profesional, uno de los errores más frecuentes radica en reducir el vínculo con los adolescentes a una pregunta automática sobre el desempeño escolar, sin lograr construir un espacio genuino de escucha. La clave, explicó García Cervera, reside en generar ámbitos donde los jóvenes puedan expresar malestar, frustraciones o miedos antes de que esos sentimientos se canalicen en acciones violentas.
En esa línea, insistió en que la ausencia efectiva del adulto genera un vacío que es ocupado por otros espacios: grupos virtuales, comunidades digitales, consumos problemáticos de contenido o incluso pares que validan discursos agresivos como forma de pertenencia. En estos contextos, la violencia puede llegar a convertirse en un lenguaje aceptado e incluso incentivado.
El psiquiatra también puso de manifiesto el desconocimiento que gran parte de los padres posee respecto del universo digital que habitan sus hijos. «Somos, en gran parte, analfabetos digitales respecto de lo que consumen los adolescentes», señaló, al indicar que muchas familias ignoran códigos, plataformas, dinámicas y formas de interacción que hoy moldean conductas.
La prohibición sin diálogo y las señales de alerta
En relación a la respuesta adulta, García Cervera alertó sobre una estrategia habitual que, según su análisis, tiende al fracaso: la prohibición sin diálogo. El especialista sostuvo que retirar el teléfono celular o restringir el acceso a redes sociales sin una conversación previa no resuelve la problemática de fondo y, por el contrario, puede profundizar la distancia entre adultos y jóvenes.
«Lo que se prohíbe sin conversación no desaparece; simplemente encuentra mejores formas de ocultarse», explicó. Subrayó que la clave no reside en la imposición, sino en la apertura de canales de comunicación donde el adolescente pueda expresar lo que ve, siente y consume en el entorno digital.
Consultado sobre las llamadas «banderas rojas», el especialista enumeró algunas conductas que demandan atención inmediata por parte de las familias y los establecimientos educativos. Entre ellas mencionó el retraimiento social, los cambios bruscos y persistentes de humor, el aislamiento progresivo y la fijación casi exclusiva con contenidos violentos o discursos agresivos.
También advirtió sobre la naturalización de la violencia como forma de entretenimiento o reconocimiento social. Conforme explicó, la exposición constante a videos, amenazas virales, desafíos y relatos extremos puede generar una pérdida de la noción de riesgo, particularmente en adolescentes que aún se encuentran en proceso de construcción de herramientas psíquicas para procesar tales estímulos.
«Cuando el consumo de violencia deja de ser curiosidad y se vuelve monotemático, hay que mirar qué está pasando», enfatizó. Para el profesional, estos signos no deben minimizarse ni explicarse de forma simplista a partir de una única causa, como acoso escolar, problemas familiares o salud mental, debido a la complejidad inherente al fenómeno.
Finalmente, García Cervera insistió en que la respuesta no puede limitarse al castigo o a la sanción penal. Por el contrario, sostuvo que escuelas, clubes, familias y espacios comunitarios deben recuperar su rol como lugares de referencia afectiva, escucha y contención para evitar que la violencia se manifieste como la única forma de hacerse visible.

