Con la demolición de los últimos seis monoblocks que quedaban en pie, este martes se concretó el cierre definitivo de la transformación urbana del barrio Acería, en el norte de la ciudad de Santa Fe. La intervención, encabezada por el gobernador Maximiliano Pullaro, permitió la relocalización de 101 familias en nuevas viviendas construidas en el sector y a través de créditos hipotecarios, culminando un proceso habitacional iniciado hace una década.
El fin de una larga espera en el norte de la ciudad
El ruido de una máquina excavadora se escuchó este martes a la mañana en el barrio Acería. No era una obra más. La pala mecánica comenzó a derribar los últimos seis monoblocks que quedaban en pie de aquel conjunto habitacional, mientras a pocos metros las familias que durante años vivieron allí estrenaban las llaves de sus nuevas casas.
Para algunos vecinos, el sonido fue el alivio de una larga espera; para otros, una mezcla de nostalgia. Los edificios que comenzaron a caer habían sido durante décadas parte del paisaje cotidiano, pero también se habían convertido en estructuras deterioradas con graves problemas de infraestructura, insalubridad e inseguridad.
La escena marcó este martes el cierre de una transformación urbana que había comenzado en 2016 y que atravesó distintas gestiones provinciales. De los 22 monoblocks originales, seis fueron demolidos como última etapa del proceso. En paralelo, 101 familias fueron relocalizadas: 74 recibieron viviendas nuevas construidas en el barrio y otras 27 accedieron a créditos o soluciones habitacionales para adquirir una unidad.
Una década para completar la transformación
La historia reciente de Acería comenzó a cambiar el 4 de noviembre de 2016. Ese día se inició el relevamiento de las familias que vivían en los 22 monoblocks, con el objetivo de conocer el estado de los edificios y diseñar una intervención que permitiera reemplazar las estructuras sin desarraigar a los vecinos.
La intervención comenzó durante la gestión de Miguel Lifschitz y con la llegada de Maximiliano Pullaro al gobierno provincial el proceso llegó a su fin. El secretario de Hábitat y Vivienda de la Provincia, Lucas Crivelli, recordó aquella decisión inicial de buscar una alternativa habitacional manteniendo la identidad del barrio.
Por su parte, el ministro de Obras Públicas, Lisandro Enrico, graficó las condiciones extremas en las que se encontraba el sector: «En uno de los edificios vivía una persona que tenía un caballo adentro de su departamento, ese es el nivel de vida que había acá; no había otra opción que derrumbarlo y hacer esta obra que le da dignidad a las personas». La inversión provincial acumulada en el sector superó los $ 8.800 millones.
De edificios deteriorados a casas nuevas
Las nuevas viviendas construidas en el propio barrio cuentan, en su gran mayoría, con dos dormitorios, aunque también hay algunas de tres habitaciones y unidades adaptadas para personas con discapacidad. Tienen unos 70 metros cuadrados promedio y disponen de los servicios esenciales.
Desde la Secretaría de Hábitat destacaron la coordinación con las empresas prestatarias para garantizar la habitabilidad inmediata: la Empresa Provincial de la Energía (EPE) conectó en un solo día los medidores correspondientes, mientras que Aguas Santafesinas aseguró el acceso al agua potable y cloacas.
El futuro de los terrenos recuperados
La caída de los últimos seis monoblocks abrió un interrogante sobre qué ocurrirá con el espacio recuperado. Por ahora, los terrenos pertenecientes a la Dirección Provincial de Vivienda y Urbanismo serán despejados y los escombros retirados de manera progresiva. Una parte permanecerá en el lugar de manera preventiva para evitar intrusiones.
Todavía no existe un proyecto definitivo para todo el predio, aunque desde la Provincia admitieron que podría utilizarse para futuras construcciones destinadas a atender la demanda habitacional de la ciudad, integrando el sector definitivamente al tejido urbano de la zona norte.
