Un viaje sin certezas, una travesía en solitario y una inmersión en lo desconocido fueron motivos más que suficientes para que Daniel Chiummiento se decida a publicar las memorias de su encuentro con la Amazonia peruana.
Las crónicas dicen que en su itinerario aventurero, el autor navegó en un viejo buque de pasajeros por las caudalosas aguas del río Amazonas, recorrió los mercados desbordantes de Iquitos y se perdió entre los misterios de la selva tropical.
Se cuenta que pasó días acampando en un bosque encantado, nadando en aguas infestadas de pirañas y escuchando el eco de los monos aulladores mientras tucanes y papagayos surcaban el cielo. En su búsqueda por entender lo que lo rodeaba, se inyectó el veneno del kambó y participó de la tradicional ceremonia de la ayahuasca, un viaje al interior de sí mismo que difícilmente podrá olvidar.
El libro tuvo presentación rosarina en el mes de abril, y desde entonces parece seguir los destinos de su autor viajero, con presentaciones en distintas ciudades del país, como será la del próximo 20 de junio en el Centro Cultural Eugenio F. Virla (Tucumán).
En primera persona
-¿Qué te estimuló a realizar una travesía por la Amazonia?
– El Amazonas está en el imaginario de cualquier viajero que se precie de tal. Cuando aparece la palabra Amazonas en nuestra cabeza se disparan las imágenes de árboles gigantescos, monos saltando de rama en rama, cocodrilos arrastrándose por tierras pantanosas y todo tipo de animales salvajes. Es que la selva nos acompaña desde siempre, al menos a los que crecimos mirando Tarzán. La selva nos asusta, nos envuelve y nos llena de curiosidad ese mundo donde habitan los peligros, la oscuridad y lo inesperado a cada paso. Si uno no ha matado al niño que alguna vez fue de pantalones cortos, rodillas raspadas y gomera al cuello, es imposible no soñar con ir al Amazonas algún día.
-¿Por qué narrar la experiencia en un libro?
– El propósito de escribir el libro es anterior al viaje. El libro nace del cruce de tres caminos, o de tres pasiones para expresarlo con mayor precisión. Por un lado la pasión por viajar, que me habita desde siempre. Por otro carril, el gusto por escribir, que lo descubrí hace relativamente poco tiempo (menos de diez años) y por último, mirando para atrás, advierto que siempre me gustó contar. Diría que desde la época de la escuela secundaria, me veo contándoles a mis compañeros algunos de mis viajes de adolescente a la Patagonia.
-¿Qué hay en la Amazonia que encontraste de aquella que imaginabas antes de partir a la travesía?
-Lo que más me sorprendió no es lo que todos suponen y yo mismo pensaba que me iba a encontrar cuando llegara. Esto es, la exuberancia del paisaje con su flora y su fauna desmesurada. Eso es distinto y sorprende cualquier paisaje, claro que sí. Pero a mí lo que más me sorprendió es la relación que sus habitantes tienen con la naturaleza que los rodea. Hay una armonía muy marcada entre los pueblos amazónicos y el ambiente. Al punto que ellos se colocan en un pie de igualdad y de respeto con todo lo que existe. Ya que consideran que todas las cosas tienen un espíritu. Un río, una montaña, un pájaro o una roca tienen un ánima, como ellos dicen. Igual que nosotros, los seres humanos.

La escritura
-¿Qué autores te inspiraron para narrar las crónicas del viaje?
-Ninguno, sólo leí Pantaleón y las visitadoras que es un libro de Vargas Llosa, pero lo hice porque está ambientado en Iquitos, que era el lugar donde pensaba instalarme una vez que llegara al Amazonas peruano. Luego, Alejandra, mi profe, al leer uno de los capítulos me preguntó si había leído a Carlos Castaneda, porque mi estilo de escritura le sonaba parecido. No lo había leído, pero me picó el bichito de la curiosidad y leí Las enseñanzas de Don Juan, pero no creo que eso pueda considerarse una influencia.
-¿Cómo fue el proceso de escritura?
-Durante el viaje escribí el borrador de la mayoría de los capítulos en el celu y los fui publicando en mi Facebook en tiempo real. Luego mientras duró el encierro de la pandemia los fui puliendo en la noteboock. Cuando todo fue volviendo a la normalidad, el tiempo que le dedicaba a escribir era más bien escaso y así los plazos fueron alargándose.
-¿A qué se debe el título del libro?
-Una mañana me levanté y apareció el título del libro en mi cabeza. Me gustó y lo dejé. Ese viejo río que va tiene más de una lectura. En primer lugar, remite a la primera estrofa de El cosechero (levemente modificado). Esa canción de Ramón Ayala la conocí en la voz de Mercedes Sosa y fue amor a primera vista. Además, ese viejo río que va se puede referir al río Amazonas. También puede ser una referencia metafórica a la vida del autor y como si todo esto fuera poco El cosechero es el nombre de un bar al que yo asistía en los años en que viví en Tucumán a comienzo de los ochenta.
Nuevos viajes
-Tu espíritu aventurero te llevó a inyectarte el veneno del kambó y participar de la tradicional ceremonia de la ayahuasca, ¿cómo fue la experiencia?
-Antes de viajar leí sobre el veneno de la rana mono (kambó) y sobre la ceremonia de la ayahuasca. La curiosidad, solo la curiosidad me llevó a experimentar en esos rituales de curación milenarios que en la cultura selvática del Amazonas son cosas de todos los días y para nosotros, hombres y mujeres de ciudad, nos resultan tan extraños. La experiencia fue enriquecedora, me saqué el gusto. Pero ya fue, no la repetiría. Si quieren saber por qué, van a tener que leer el libro.
-¿Estás pensando en una nueva travesía?
-Si, claro. No en una, en muchas. A principios del 2024 estuve en Nepal. También tengo escritos algunos borradores de ese viaje y ojalá puedan seguir el camino de este libro.
Para adquirir el libro: Publicado por la editorial rosarina CR, el libro puede ser adquirido online en www.eseviejorioqueva.com, a un precio promocional y con envío a todo el país.
Presentación oficial en Tucumán
Viernes 20 de junio a las 19 horas, en la Sala Osvaldo Fasolo del Centro Cultural Eugenio F. Virla (25 de Mayo 265), con entrada libre y gratuita.
