Psicología

Daniel Winger: "El psicoanálisis produce un enorme y profundo alivio a las tribulaciones cotidianas"

 El prestigioso analista, docente e investigador universitario mantuvo una extensa entrevista para Mirador Provincial.

08-02-2024 | 23:09 |

En su extensa trayectoria ha publicado artículos en distintas revistas especializadas tanto a nivel nacional como internacional, además de la escritura de distintos libros.
Foto:Foto: Gentileza.

 Daniel Winger desde hace décadas se desempeña como psicoanalista, investigador y docente universitario. En su extensa trayectoria ha publicado artículos en distintas revistas especializadas tanto a nivel nacional como internacional, además de la escritura de distintos libros de su autoría entre los que se destacan: “Psicopatología e histeria en la posmodernidad” (Homo Sapiens, 2013), “Psicoanálisis: Escuela Francesa” (Ediciones Shirpley, 2004) o “Tontos. Historia de dos mundos” (Ediciones Gauderio, 1992).


En un encuentro profundo con Mirador Provincial nos ayuda a pensar desde su práctica distintos tópicos de la actualidad.


Sobre la práctica analítica

-¿Puede el psicoanálisis curar a los neuróticos?


-Absolutamente. Podríamos discutir qué es curar, pero coincidiríamos en que produce un enorme y profundo alivio a las tribulaciones cotidianas. Ahora, lo que el psicoanálisis no puede o no lo estaría logrando del todo es “fabricarlos”. Esto no es una cuestión menor. Si no los fabricáramos, en realidad, si no pudiéramos contribuir a eso, los psicoanalistas tendríamos ‘pan para hoy, pero hambre para mañana’. Seguro no era lo que soñaba S. Freud, que imaginó el futuro del psicoanálisis como un patrimonio, un legado a la humanidad. No era solo para que los psicoanalistas ganen algunos pesos, cosa que, en “Los consejos al médico sobre el tratamiento psicoanalítico” (1912), no descuida, pero sabía y alertó del peligro de la asimilación, de ser un capítulo más de la historia de la psiquiatría.

-¿Qué necesita un neurótico?


-El neurótico necesita circunstancias que favorezcan su desarrollo. No vive del aire, la caza y la pesca, o por lo menos no solamente. Necesita ciertas coordenadas que favorezcan su impulso. Pensar lo contrario está tan inundado de falso optimismo, como afirmar que el hombre del Paleolítico era igual al hombre actual. J-A. Miller da una enorme lección práctica de la responsabilidad de un psicoanalista al asumir él mismo la defensa internacional de una colega, Mitra Kadivar, detenida arbitrariamente en Irán. La crónica la estableció en su libro: Conversaciones clínico-políticas (2013). V. Palomera, dice, en el prólogo del mismo: “es una invitación a los analistas a asumir claramente las consecuencias políticas de su práctica”. Por eso, hay que tener cuidado con el falso y automático anti-positivismo. ¿Cómo que no hay evolución? Se repiten falsas consignas, muchas veces fuera de contexto, que son frases hechas que, en el fondo, no se comprenden. Creo que hoy en día sobra crítica porque falta lectura.

-¿Te referís a que la psicología actual simplifica los problemas?


-Ocurre que hay intentos, en este caso de la psicología, de simplificar complejidades que nos pueden llevar a caminos y atajos sin salidas, como creer que somos iguales a los primates superiores porque compartimos un altísimo porcentaje genético, el 99 en el caso del chimpancé. Podemos llevar hasta la estupidez estas cuestiones que se resuelven muy fácil: ¿Se casaría usted con un gorila o un orangután? Claro que podría quererlos muchísimo, pero no me casaría.


El hombre no es una creación ex nihilo, no es el producto de la inspiración de algún dios iluminado; somos una pura diferencia que transita un prolongado exilio de sí y busca vanamente una verdad que sea eterna, plena de sentido, para satisfacerse, especificarse, constituirse y consustanciarse en torno a ella. De modo tal que, para nosotros, seres finitos, esa palabra-verdad-religión no existe, estamos, bíblicamente, condenados al exilio con la angustia que conlleva.

-¿Qué hacer para regular esta angustia existencial?


-Son, en este aspecto, interesantes e ilustrativas las imágenes poéticas, sobre esta hiancia, que produce la letra de una canción “Vacío”, de Daniel Drexler: “No hay centro, ni fuera, ni dentro/ Ni punto de inicio/ Ninguna secuencia en el tiempo/ Ni tiempo propicio”. Pero tenemos la huella de ese vacío, por lo tanto, de la ruptura. Hay ruptura, pero, también continuidad. Hay paradojas, las más insospechadas para nuestra inteligencia excesivamente concreta, producto de dos sistemas heterogéneos obligados, por las circunstancias, a co-existir (cuánticamente) en su extimidad, y, de yapa, un dios que, cuando lo decide, ‘juega a los dados’. Habrá que decir, como Ciro Alegría, “el mundo es ancho y ajeno”.

-¿Hacia dónde va el hombre con su proceso evolutivo?


-Freud escribe, en su famosa correspondencia con Einstein en 1932: “desde tiempos inmemoriales se desarrolla en la Humanidad el proceso de la evolución cultural. Sus causas y sus orígenes son inciertos (…) Por ahora sólo podemos decirnos: todo lo que impulse la evolución cultural obra contra la guerra”. La evolución existe, decía, pero con atajos, aporías que marcan distintos “reinos” que no se mezclan, pero que comparten mucho. La verdad es que el devenir no es ni en orden, ni en unión y ni en progreso. Hay siempre nuevos paradigmas, quiebres epistemológicos, revoluciones científicas y de las otras; pero, los que se repiten desde tiempos inmemoriales, son cuatro personajes, que, con cierta ironía, describe el historiador Carlo Cipolla, en su teoría: Las leyes fundamentales de la estupidez humana, un compendio muy abreviado de los personajes que se repiten, como series complementarias, en los distintos momentos y en las distintas culturas. Son estos: los inteligentes (benefician a los demás y a sí mismos), los incautos o desgraciados (benefician a los demás y se perjudican a sí mismos), los estúpidos (perjudican a los demás y a sí mismos) y los malvados o bandidos (perjudican a los demás y se benefician a sí mismos).


Así como hemos usado cuadros nosológicos para representar estructuras preexistentes como neurosis-perversión y psicosis, con gran éxito diagnóstico y en la dirección de la cura, analicemos rápidamente nuestro país a la luz de la interpretación que el cuadro de Cipolla permite conjeturar. Si nuestro país, en los comienzos del siglo pasado, era una potencia mundial y ahora, con gobiernos altamente populares (dejo de lado, por supuesto, los criminales golpes de estado militares) estamos como estamos, es decir, muy mal. Me pregunto: ¿con mayoría de qué personajes estamos construidos socialmente? No habrá que ser muy conspicuo para advertir que nos gobiernan los malvados y votamos muy como estúpidos. Para que nadie se ofenda aclaro que es un resultado estadístico, no mi opinión.


Todo aquel que sea profesor sabe que, antes de la primera palabra, antes de ser carismático o no en la clase, se encontrará con estos cuatro personajes sentados en su pupitre. Un aula puede ser como una versión a escala de un país, de una fábrica y, podría ser también, de una familia. El equilibrio con tan disímiles personajes, sin embargo, no vendrá de la violencia, de la represión, de manipular textos para los alumnos, ni tampoco saldrá de ningún consultorio psicoanalítico. Seamos realistas, curémonos de espanto por los resultados, frenemos el furor curandis, recordemos el regaño de J-A. Miller en su Conferencia de Madrid del 19 junio, 2017: “Me han obligado a desplazar mi atención hacia ustedes [los argentinos], ¡cuando estaba, y estoy aún inmerso en la formidable batalla política de la Escuela de la Causa Freudiana para apoyar a las fuerzas democráticas anti Le Pen!”. El equilibrio solo vendrá de la mano de la política en democracia y de la libertad económica. No hablo de Milton Friedman, por ejemplo, pero sí de lograr empresas sostenibles con concepciones y gestiones éticas que generen trabajo digno.


Sobre la paternidad actual

-¿Cómo piensa la paternidad desde su práctica?


-Como sociedad no necesitamos del hombre que sea un padre-paternalista de los que protegen y cuidan a sus hijos, maternalmente, como una pertenencia, cosa que el hijo nunca fue aunque sí en el cuerpo de la madre. El padre no puede ocupar el lugar de la madre porque excede su diseño, pero, es una obviedad, porque para eso existe la Madre. Lo que se necesita del Padre es, además de que advenga al tono y carácter de su época, no es igual ser padre en Argentina que en Paquistán, pero que no abandone su tarea indeclinable que es insertar, mediante identificaciones, no tan masivas (que lo atormentarían), al niño, y a su familia, en la sociedad (colegio, club, iglesia, partidos políticos, etc.). Esa es la función insoslayable, que comienza ya en el niño, al llevar, por un lado, el Nombre del Padre y, por el otro, el Cuerpo con que la madre lo parió a cada uno y que ambos, cuerpo y alma, con las reglas de juego que el lenguaje prohíbe y permite, interactúen, se amen, se alteren, se entiendan, se las arreglen y, en lo posible, se diviertan o hagan un esfuerzo de poesía o ciencia. Ahí, la pulsión, como un hilo de plata muestra que, lo que llamamos realidad, le es dócil.


Ambos espacios, lo materno y lo paterno, no se confunden ni deberían hacerlo. Habría que decir, a estas alturas, que es tan necesario ser parido durante los primeros años de vida (parir es un proceso que lleva algunos años en la primera infancia, incluye el modo de destete, etcétera), como portar un nombre, paterno, que equivalga a un estandarte, como primera patria. Para que esta maniobra (mediante una fuerte y necesaria reciprocidad del padre con la madre y viceversa) sea exitosa, el ‘candidato’… a padre deberá ocupar –como en un eclipse ‘parcial’ y, digamos, simbólicamente-, el lugar/completud que la madre perderá, cada vez, despojada, al donar su niño al enjambre social.

-¿Cómo se logra?


-De ningún modo propondría una fórmula única porque sería imposible que en una misma nación se deje contentos a los cuatro personajes (Cipolla) antes mencionados. Para este dilema algunas religiones o las normas de una sociedad tradicional puede ser una orientación, pero, es por definición imposible fuera de una política de correspondencias y nuevos equilibrios mutuos, familiares y en la pareja.


Digamos, que ni el hombre/padre debería ‘embarazarse’ (ni idealmente con fantasías autodestructivas de no alcanzar la talla, ni con ayuda de la ciencia si llegase allí), ni la madre desconocer la función del padre y de su propio padre. Esta es la base para una sociedad vigorosa y sin tanta grieta alienante. Así de simple pero también así de complejo.


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