Literatura

Fernanda Trebol, la acción gestionada

La escritora presentará su libro “Después de la siesta” junto a la escritora Susana Ibáñez, este domingo 24, a las 20, en la Feria del Libro Santa Fe.

22-09-2023 | 10:11 |

La Feria del Libro Rosario es testigo de su operatividad y de una enorme labor con un grupo de compañeras.
Foto:Gentileza.

María Fernanda Trebol es una gestora cultural y corporativa a la que cualquier desafío le viene bien para transformarlo en acción, poner su impronta y accionar sobre la marcha tras sesudas dilucidaciones con los grupos que le toque trabajar. La Feria del Libro Rosario, es testigo de su operatividad y de una enorme labor con un grupo de compañeras con quienes no dejan nada librado al azar. Los resultados de estos últimos dos años dan fe del éxito con que fue llevada a cabo la Feria. Todo empezó en Casilda, su ciudad natal en donde la lectura y la narración oral fueron su primera patria junto a un fuerte compromiso con el trabajo como desafío y novedad.

-¿Cómo fueron tus inicios?
-Nací en 1975, el 17 de junio, en Casilda. La primaria la hice en la escuela Carlos Casado y la secundaria en la Escuela Comercial. Íbamos a donde iban los amigos, entonces no teníamos ese pensamiento estratégico de ir a estudiar algo perfilado ya desde esa etapa. Mi papá fue viajante de productos de veterinaria. Después pasó a ser empleado de una empresa en Rosario, por lo tanto, iba y venía. Mi mamá era peluquera y le gustaba escribir. Era buena lectora, una gran observadora y narradora oral. Contaba cuentos que ella misma inventaba. Cuando yo tenía 13 años empezó a padecer una grave y larga enfermedad: falleció cuando cumplí 23.

La carrera universitaria
“Mi papá estaba presente, pero viajaba mucho a Rosario, pero cuando empiezo la carrera de Comunicación Social, en Rosario, en la UNR, en 1993, yo era la que viajaba más que nada. No tenía el sostén económico para quedarme. Entonces venía a Rosario todos los días y estudiaba en el viaje. Estaba enamorada de la situación Facultad, así que le ponía toda la garra. También lidiando con la enfermedad de mi vieja, con todo lo que eso implicó. Lo que más padecí fueron los inviernos, porque la terminal de Rosario en esa etapa era horrible. Me agarré el periodo en el que la reconstruyeron y hubo un montón de tiempo en que estaba sin puertas. Yo cursaba a la noche y terminaba a las diez u once. Si perdía el penúltimo colectivo y esperaba el último de las doce, no sabía en dónde meterme, porque tampoco tenía dinero para ir a un bar. Tengo tatuado en la retina el campo que hay entre Rosario y Casilda, en la ruta 33”.

Los trabajos
“Cuando definitivamente fallece mi mamá, empiezo a trabajar dos veces por semana en un estudio de abogados en Casilda. Después fui cajera en un supermercado y también peluquera. Cuando me recibí de Comunicadora Social, fui a trabajar a Buenos Aires, en el área de comunicación y prensa de la Fundación Andreani. Me encargaba de la redacción de gacetillas de prensa, ayudar para el envío de invitaciones y coordinar cuando había inauguraciones y demás. Fue entrar en un mundo que no conocía. La Fundación se dedicaba a la promoción de las artes plásticas y ciertas labores solidarias. Conocí grandes artistas argentinos, maestros que han fundado movimientos que yo no entendía cómo no los estudiábamos en la escuela. Me enriqueció y aprendí a trabajar al ritmo de Buenos Aires. Vivía en Flores y la Fundación estaba en Suipacha al 200, cerquita del obelisco. Tenía que tomarme un colectivo, toda una cosa nuevísima, amaba Buenos Aires”.

 

Fernanda Trebol nació en Casilda en 1975.
Gentileza.

 

“A mi marido lo conocí en Arcus, un boliche de Casilda. Cuando me fui a Buenos Aires, nos veíamos cada 15 días. Sostuvimos el noviazgo a pesar de la distancia y después de años de relación, queríamos vivir juntos. Yo siempre quise a vivir en Rosario. No sé, tenía esa fantasía. Una de esas cosas que una tiene por ahí, de piba de ciudad chica. Rosario era como 'ohhh', la gran ciudad. Y yo me imaginaba viviendo acá y por alguna razón, no se daba y quedé embarazada, antes de casarme, por supuesto. Estábamos ya en plan de comprar un departamento y apuramos la cosa. Y aquí estoy, hace ya 19 años. Cuando me vine fue durísimo, porque seguía vinculada con Buenos Aires. Por mucho tiempo viajé todas las semanas, incluso con mis hijos chiquitos porque me costaba encontrar trabajo acá. Hasta que un día al fin empecé en la Fundación Fraternitas, después trabajé en un proyecto de Fundación Litoral. Trabajé para una concejal, como prensa y llevo dos años trabajando para la editorial Beatriz Viterbo en la parte de prensa y redes. Todo muy freelance lo mío. Considero que distanciarte del lugar donde estás también enriquece. Te hace verlo en otra perspectiva. A mí si mañana me dicen: 'che, bueno, hay que ir a laburar a Montevideo'. Vamos a Montevideo. Y mañana a Europa: 'dale, vamos'. O sea, me encanta conocer. El desafío constante de la novedad. Porque han sido trabajos cortos en general, pero sumamente enriquecedores. Cada uno me dio la oportunidad de conocer instituciones interesantes, dinámicas y personas. Eso para la literatura es increíble. Poder conocer diferentes tipos de personas y de lugares es como un insumo. Me gusta, además, escuchar mucho y me quedo con las voces de las personas, con las inflexiones. No lo hago con intención, pero siento que cuando me pongo a escribir, resuena todo eso. No es fácil después darle voces a los personajes”.

La escritora
“En Casilda teníamos un grupo de gente conocida, un grupo literario. Nos juntábamos a tomar mate y charlábamos de libros. Yo era una de las más chicas, tenía 15 años y estaba mi mamá, la vecina de enfrente, un escritor de Casilda que se llama Argentino Moreira Ramos, que hace poco le hicieron un homenaje y Sandra Blúa. Nos reuníamos todos los sábados a conversar y escribir”.

“En 2018, empecé en el taller literario de Marcelo Scalona. Fue interesante; escribimos con el grupo una novela colectiva y demás. Cuando Marcelo ingresa a la función pública y asume la dirección de la Feria del Libro del año 2022, me convoca para trabajar en cuestiones organizativas. Este año me convocaron para las mismas cuestiones más la mesa de programación. Fue muy desafiante. Se empieza con una grilla de actividades y se trata de trabajar un orden lógico. La mesa de programación fue otro tipo de experiencia. El hecho de poder proponer nombres y de conversar y dialogar con las personas convocadas, fue hermoso. La gente de Rosario responde muy bien a la feria del libro. La quiere, se la apropió. Eso juega mucho a favor de la organización. Es una corrida increíble, pero que después da su fruto. Lo que conlleva la organización de un evento monstruoso me desafía y me gusta ver cómo se resuelven determinados asuntos. Me brindó un diálogo muy interesante con editores, libreros, autores, que no lo hubiera tenido si no estaba en esa experiencia”.

El libro
“Después de la siesta”, el primer libro de María Fernanda Trebol, publicado por la editorial La gran Nilson, fue galardonado con el Primer Premio en el Concurso Literario Ciudad de Casilda 2023. Fue presentado en la Feria del Libro Rosario y el domingo se presentará en la Feria del Libro Santa Fe, acompañada de nada menos que la escritora, docente de nivel superior y traductora Susana Ibáñez.

Después de la siesta podría ser también después de la tragedia, esa que inunda la vida de la gente en todo su aspecto. En el primer cuento del libro “El dueño de todo”, Fernanda escribe una oración clave en la primera página: “Nunca hicieron falta entre nosotros muchas más palabras que ‘vino’ o ‘Cynar’ y ninguno intentó jamás enseñarle nada de la vida al otro. Eso nos basta”. Y eso determina lo dicho y observado de esta nota. Su recorrido justifica esta oración. Acá hay calle, experiencia, certezas y errores con consecuencia lógica del aprendizaje: ya había pasado la valla de la lógica cuando leía frente a un público sin saber leer.

"La sordidez de la siesta con la magnitud que abarca la miseria y el hacinamiento del impenetrable chaqueño, es una factura al cargo de ciertos nombres políticos paseando desde un helicóptero para controlar estadísticas como desde un frío Excel, como así también desde el estilo indirecto libre, que delata en códigos fáciles de descifrar, la miseria de la pobreza y la inundación vista a través de los ojos y pensamientos de un médico en el cuento 'La siesta'”.

"En este realismo hay una distancia justa entre autora y personajes. En algunos cuentos hay frases y palabras que no tienen el cuidado urbano y que se dicen con la crudeza de la realidad más certera. En la diaria, la que se vive en medio de la pampa salvaje no hay que cuidarse de qué podría llegar a decir el otro, porque el vecino no está cerca para opinar o censurar. En especial cuando se trata del control de una posible superpoblación de gatos en el cuento 'Cerca del molino', y hay que matar a todos los cachorritos recién nacidos y dejar sólo uno. Escribe Fernanda: “…era lo mejor para la cachorrita. Toda la leche para ella sola”. Por supuesto".

"También hay palabras para mostrar ciertas pérdidas, de las más duras, justo en que los proyectos de una pareja alcanzan su momento de éxito en el cuento “Como un glaciar”. O las pérdidas totales en “16 diamantes”, en donde lo único que no se perdió fue el dinero. El sentido verdadero de la palabra pérdida (que nunca se dice) cobra un dejo de angustiosa búsqueda de no se sabe bien qué: ¿el alcohol que toma un hijo para marear u olvidar un poco y entender que el padre tenía razón? Los verdaderos afectos “comprados”, para traerlo a la ciudad y cambiarle su hábitat, no era lo que hacía falta y fueron al fin situaciones y momentos que se pasaron y queda ese sabor ahí en el pecho, dando vueltas en un vaso del mejor bourbon".

Un resumen de cuentos que enseñan -sin moralina-, sobre la vida misma, esa que no es fácil de llevar, pero que abre el camino al riesgo de escribir sin miedo a errores o críticas.

La Fer

“A mi vieja le gustaba escribir, contar cosas, leer. Mi primera lectura fue una no lectura, porque tenía cuatro años, y me acordaba de memoria el cuento que mamá contaba. Entonces agarraba un libro y hacía que leía, frente a tías y todo ese tipo de fauna que vienen a visitarte y demás. A mi mamá le encantaba que yo hiciera eso; ahí fue el primer gancho con la lectura. No sabía leer todavía, después cuando supe, me compraron de la colección “Mis animalitos”, de la Editorial Sigmar. Tenía un montón de libros, pero nunca fue una biblioteca enorme, y los releía todo el tiempo. Tenía uno que amo, que se llama “Caramelos surtidos”, con unos autores argentinos maravillosos. En ese momento no tenía ni idea de quiénes eran, pero las historias estaban buenísimas.

Hoy los miro y veo muy buenos autores ahí. Hay un cuento que al día de hoy no lo puedo leer sin emocionarme, que se llama “La última hoja”, de O’ Henry. Un autor norteamericano de cuentos clásicos, famosísimo por los finales sorpresa. Yo lo leía de muy chiquita y me emocionaba, y hoy me pasa lo mismo. O sea, sigo siendo chiquita para ese cuento”.


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