Reseña del libro Un tipo cualquiera de Pedro Squillaci

La vida rosarina de Lamónica

El autor, escritor peluquero o viceversa, juega con el estado del cabello y los tonos de color de las/os escritoras/es, como excusa para reseñar sus obras.

23-05-2023 | 16:50

Foto:Gentileza.
23-05-2023 | 16:50

Pedro Squillaci cuenta con el DNI propio de su generación en lo que concierne a corte de cabello. Es identificativo por una usanza de generaciones pasadas, pero no se puede evitar, ante la avalancha de la moda, agregarle las novedosas herramientas de desmechar, alternando con navaja más la ponderada tijera de entre-sacar que pule su flequillo en toques milenials. Pedro lo permite porque no quiere quedarse establecido definitivamente en un corte de época y porque vive el presente tomándose de las manos como puede frente las tragedias de la vida. Lo aclara el epígrafe de su libro Un tipo cualquiera, que fue publicado en 2019: “Cuando perdiste casi todo / no te importa casi nada / y eso te da más libertad”. Como un perro que mea el terreno anunciando qué se contará, como la vida misma o la vida normal que lleva el héroe de la novela Juan Lamónica, un tipo cualquiera, un título certero.

Gentileza.



Posiblemente Juan Lamónica haya usado el corte de cabello de Pedro, y ese asunto está descripto desde las primeras páginas. Un tipo con jeans y remeras, modelos aparentemente ochentosos. Un desprecio como de abandono por su figura, también propio de esa generación que no todos, pero sí de muchos jeans anchos que, a mediados de los noventa, habían dejado de ser moda. Estancado en su siglo, nombra al héroe máximo que representó esa generación: Charly García, alguien que como Pedro, se desmarcó de los tiempos pasados, pero que Lamónica no pudo y tuvo que enfrentar una enfermedad grave para caer en la cuenta de su contexto.

El taxi en el que trabaja Juan Lamónica, es el símbolo máximo de una ciudad como Rosario. Recorrerla a la manera de Juan, es la marca del ser rosarino. Los nombres de las calles, las fallas en los acentos casi siempre entre las primeras sílabas porque sí, o porque Ovidio Lagos pasó a llamarse Ovidios, por un simple hecho rosarigasino de identidad, porque el Boulevard Seguí, es Ségui sin explicación alguna o como Ituzá-ingo cuya batalla de tiempos pasados, ya se había iniciado con el acento en la “o”. El auto con el que trabaja es el reemplazo del Renault 12, el más usado por generaciones de taxistas hasta que llegó el Chevrolet Corsa a finales del siglo XX, para quedarse hasta el 2025 estimativamente, cuando los modelos expiren ante los convenios municipales. Juan recorre esas calles desde el Corsa observando su lugar común diario, del que no ha salido nunca. Al fin de la jornada le lleva la recaudación a su patrón y llora en los tiempos de descanso adentro del Corsita como una circunstancia inexplicable sobre el sentido de la vida. ¿Es infeliz?

Los personajes como la tía Mary, su amigo eterno el Tito, La Sole y los médicos, marcarán las pistas de las primeras páginas para recorrer las calles. Rosario Central como cuadro identificativo de una ciudad grande, define en qué lugar al autor quiso colocarlo a Lamónica, una parcialidad que puede llevar a que otra parte de la ciudad no quiera leer el libro.



En pleno punto de inflexión, Juan creerá que la muerte puede ser algo cercano. Piensa en la Sole, su eterna novia, compañera de la vida que una noche subió al Corsita para quedarse cerca de Juan, pero nunca en una permanencia de amor concreto. El médico le diagnostica un tumor maligno en una pierna cercana a la nalga. A Juan sólo le quedarán tres meses de vida. Es el momento de ir a ver a su novia, quizás su único amor. Y llegan los primeros cambios como instancia principal. En una tienda de la peatonal Córdoba, que define la excelencia céntrica rosarina del recorrido comercial diario, compra ropa nueva en el sentido de actual, no más década del ochenta encima de su cuerpo. La lleva -literal- a Sole a cenar a un restaurant cerca de río Paraná, otro mítico lugar que delimita la ciudad. Ordena el menú sin preguntarle s Sole, aunque sea qué vino querría tomar y le declara una confusa situación de amor. Pero se ofusca ante los cuestionamientos claros de la Sole, la deja en su casa y parte raudo en el Corsita.

El desconcierto de Juan ante la muerte en medio de acciones desesperadas, no aflojará en el contexto de la tensión narrativa. Entonces la amistad, el primer refugio rosarino en donde cualquier charla o circunstancia se forja en los bares como el centro de reunión de todas las causas, será la descarga de Juan. Si algo sobra en Rosario son bares y ningún dueño puede jactarse del vacío de parroquianos, al contrario. El turista podrá apreciar la herencia italiana en su máximo esplendor. El café cortado, o café solo en taza pequeña, dos amigos/as en una mesa; cientos de amigues pululando los fines de semana por los bares en una previa al boliche que más tarde Juan, llevará en el Corsita a sus casas borrachos o llorando por las causas perdidas. La charla entre Tito y Juan en plena confesión, entre ruidos de pocillos, conversaciones como un gran murmullo que abarca el bar, más algunas llamadas telefónicas de la mujer de Tito, se mezclan con la peor noticia que Juan le cuenta a su amigo. Sin saber bien qué decir frente a su mejor amigo, Tito calla pensando soluciones inmediatas. La idea central: ir a vivir al mar. En el viaje de vuelta en el Corsita, Juan recuerda a otro amigo, el Chino, en un lugar al que se fue a vivir llamado Lucila del Mar.

Juan se mira constantemente frente al espejo la llaga en su pierna cerca de la nalga, el tumor que le quitará la vida. Mide las posibilidades frente los próximos noventa días y decide irse a Lucila del Mar, a vivir con el Chino, a trabajar con él, o de lo que fuera. El cambio desde la ciudad a una pequeña villa en la costa del mar será toda una experiencia nueva a vivir. Podrá ser el lugar donde comenzará la sanación de Juan, no sólo de su enfermedad sino de un cambio de hábitos y una lección de vida para leer a partir de la llegada de la Sole a Lucila del Mar.

En la cuarentena del covid, en abril de 2020, Pedro recibió la propuesta de trabajar para la revista online “De coplas y viajeros”. Inicia la columna mensual a la que llama Por el ojo de la cerradura, que poco a poco irá definiéndose como un relato largo y continuo cuya tirada acabó resumiéndose en capítulos. Verá la luz en formato de libro la historia de otro Juan, Juan Carlos Foco, un baterista, hijo de una cantante cuyo recorrido de amistad, historia de amor y críticas a ciertos artistas y modelos culturales serán a través de El foco de Foco, un programa radial que trabajará junto a un histórico amigo, el Panza.

Biografía

Pedro Squillaci, es licenciado en Comunicación Social de la UNR y periodista de espectáculos, lleva más de treinta años publicando en diarios de la ciudad de Rosario. Es integrante de la comisión directiva de la Asociación de Críticos Cinematográficos de la Argentina, que anualmente entrega los Premios Cóndor. Escribió el libro “Perfiles de Rosario” (Fundación La Capital, 2008), con entrevistas a personalidades como Rita, la salvaje y la educadora Leticia Cossettini. Formó parte de la antología “Las cosas tienen movimiento / 40 años de la Trova Rosarina” (Santa Fe, Cultura Ediciones, 2022). Fue baterista de Neolalia, la primera banda de Fito Páez en 1979, e integró distintas agrupaciones musicales de la ciudad como la banda de Caio Viale, con la que grabó el disco “Caio Viale” (Redondel, 1987). Es integrante de la Legión de Bateristas que anualmente realiza un homenaje a Oscar Moro para celebrar el Día del Baterista Argentino.

* Pablo Bigliardi montó una biblioteca en su peluquería desde donde fomenta la lectura sugiriendo escritores tanto emergentes como conocidos a cuya obra también las reseñas en redes sociales, diarios y revistas culturales.

 


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