Martín Sansarricq

Todo sobre mi padre

Gigantes de Martín Sansarricq reúne 12 relatos cuyas tramas son atravesadas por la paternidad desde los dos hilos que conforman su existencia: ser padres, ser hijos. El autor presenta su reciente obra en diálogo con Mirador Provincial.


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Con la paternidad como eje central en sus tramas, la recopilación de cuentos que componen Gigantes de Martín Sansarricq (UNR Editora) presentan al lector 12 relatos ambientados en escenas comunes y cotidianas, donde un punto de fuga en la trama
funciona como puerta de desvío al mundo fantástico y onírico de la imaginación sin límites. Punto de fuga que el lector podrá apreciar al comienzo, en su medio o en su final, sin saber cuando pero con la real certeza de encontrarse sumergido en un sueño confortable.

El autor del notable cuento “Gigantes” que además de bautizar a la reciente obra tuvo el honor de ganar la 10ma edición del “Premio Itaú digital” (año 2020) de la fundación Itaú dialogó con Mirador Provincial .

Gigantes y la paternidad

El cuento “Gigantes” no solo le da nombre al libro sino que ha sido el ganador de la 10ª edición del premio Itaú. Recuerdo aquella tarde de pandemia de fines del 2020, recuerdo tu emoción vía YouTube cuando en vivo recibiste la distinción. En el evento vía Streaming definiste al escrito como un escrito muy especial para vos.

-¿A qué se debe esta valorización?

-Bueno, hay una sencilla razón: el texto narra la muerte de mi padre. Desde ese punto de vista es un cuento que uno no quisiera escribir, del mismo modo en que preferiría que ciertas cosas no pasaran, claro. Ahora bien, la vida -y la muerte-, se ve, tiene otros planes y cada uno echa mano a las herramientas que puede. Cuando lo leyó mi madre, ni bien lo había escrito, me miró sin sonreír, sin un solo gesto que me mostrara qué sentía y me dijo: claro, vos tenés la literatura. Eso me dijo. Y probablemente era cierto. Ella tenía razón. Y si bien es un cuento que yo no podría leer en voz alta, uno que escribí en estado profundamente emotivo, pienso que no tiene golpe bajo, que si es triste lo es porque la vida muchas veces es así, pero que se trata, en el fondo, de un cuento honesto y luminoso. Sobre todo, luminoso. Me gusta pensar eso, porque es el tipo de relación que tuve con mi padre. Claro, se me dirá que no es necesario, ni relevante en absoluto que el hecho que narre un cuento sea cierto o haya ocurrido o tenga una ligazón, si se quiere argumental, con hechos “reales”; los escritores de ficción luchamos todos los días contra eso. No hay una vinculación entre una cosa y la otra, así como nunca anduve sobre el hombro de un gigante que se desplazara por el tiempo. De cualquier modo -y esto es algo en lo que pienso a menudo-, y si bien el texto me abrió puertas y me dio satisfacciones, confianza y el cariño de gente valiosa para mí, yo sé que es un cuento que no habría podido escribir si mi padre no se hubiera muerto. Así de simple. Es lo mejor, en todo caso, lo más genuino que pude hacer con un momento de mi vida. Desde ese punto de vista, es especial para mí.

-Unos de los ejes temáticos que suele atravesar los relatos que componen el libro es la paternidad. ¿Qué pensás que te empujó a escribir sobre la paternidad?

-El trabajo de escritura se fue dando en esos años en que nacieron Juan y Maite. No creo haber sido consciente mientras lo iba haciendo, pero no puedo dejar de ver una unidad temática fuerte, casi una obviedad o algo difícil de discutir. Uno -o es lo que me pasa a mí- las más de las veces no sabe sobre qué cosas escribe hasta que las escribe. Es medio un lugar común, sí, pero no por ello menos cierto. Mientras trabajaba no terminaba de ver cuál era el cordón, el hilo que unía esos cuentos y que podía hacer que juntos conformaran un libro. A veces uno observa cierta relación de género, que en el caso de Gigantes es inexistente, o no tiene importancia. Creo que como bien decís el hilo que enlaza estos cuentos es, en sí, la paternidad, pero la paternidad vista desde dos lados: esa unión que existe entre ser hijos y ser padres o madres. El libro habla de eso, lo aborda desde lugares bien distintos, partiendo de dudas, armado con debilidades, con preguntas entre los dedos que -como dice Ana María Shúa en el prólogo-, por suerte, no encuentran una respuesta. Alguien me dijo, específicamente sobre el cuento “Gigantes” -y creo que puede aplicarse a gran parte del libro-, que se notaba que estaba escrito desde los dos lados del mostrador. Así: como hijo y como padre. En ese ida y vuelta, en esa relación que se desarrolla y se extiende en el tiempo. Por eso, ese es, si se quiere, el otro tema del libro. El tiempo. Un tiempo dislocado, libre de andamiajes y de linealidad, orgánico, en espiral y vuelto sobre sí.


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El punto de fuga
-Muchas veces tus relatos ambientan escenas de lo cotidiano, con un punto de fuga que rescata al lector del tedio de la vida misma sumergiéndolo en un viaje onírico que parece no detenerse, al mejor estilo David Lynch si habláramos de cine. Una estética de la cual me afinco para leer tus relatos, ya que tienen mucho del registro visual a mi entender. Si nos centramos en el registro literario en sí, ¿a quiénes ubicás como tus lecturas referenciales?

-Es algo que suele decirse de mis textos, que son visuales. Sin dudas que hay una preocupación, casi una obsesión por hacer ver tan nítido como se pueda ciertas cosas. Prefiero mostrar antes que decir. Eso es una máxima. Claro, hay otras cosas que intento que no se vean tan claras, que apenas se adivinen para que tengan la fuerza propia que pueda inyectarles la imaginación en el momento de la lectura. Me maravilla, por supuesto, que lo nombres a David Lynch. Y es cierto, por otra parte, que pueda haber relaciones, ciertos momentos de piso tembloroso con los que me siento tan identificado. En cuanto a la escritura, te podría nombrar una lista larguísima, pero al final no sabría decirte si es cierto o si se trata de una descripción de las cosas que me fascinan. La respuesta verdadera es que no lo sé. Muchas veces, cierto trabajo del detalle, o cierta forma de intentar influir sobre el tiempo, me hace pensar en Saer, a quien admiro profundamente; otras, cierto modo de enfocar -o desenfocar- el mundo, me hace pensar en Kafka, en Calvino, en Felisberto también. De todos modos, siempre estoy intentando robar trucos, giros, formas de decir. De cada autor que se me cruza saco -o trato de sacar- algo. Es fabuloso tener al alcance de la mano el trabajo de otros que lo han hecho tan bien, quizás con otra percepción y otra sensibilidad, pero que se han enfrentado a los mismos problemas de todos los días: cómo hacer que alguien se pare, nombrar el espacio exacto que se abre entre un ojo y el otro, hacer que un diálogo sea creíble y mueva la trama, convencernos del sonido múltiple y sincrónico que va haciendo una bicicleta. En palabras de John Gardner: rara vez sucede que un escritor pueda lograr efectos mayores que los efectos logrados en los libros que ha leído. Lo suscribo y, por supuesto, lo robo.

-Tu recorrido te llevó a escribir para teatro en coautoría con Fernando Morado, para ser más precisos la obra “Un Marciano en la Boca” que fue representada nada más y nada menos que por la compañía de Títeres del Teatro San Martín. ¿Qué tal fue aquella experiencia?
-Todo ganancia. Morando además de coescribir el guión fue el director de la obra. Y lo hizo muy bien. Para alguien de Rosario el San Martín suena a grande, a lejano y a muchas luces y fue una oportunidad extraña, reconfortante, que no esperaba. Alguna vez fui actor y el escenario siempre me atrae; por eso cuando Fernando me preguntó si quería ayudarlo en un proyecto al que le venía dando vueltas, me interesé de inmediato. Él había leído Fuegos en el Cielo y ya nos conocíamos de antes, teníamos -y tenemos- buena química. Fue divertido trabajar en conjunto, una extraña experiencia de escritura de a dos. Me maravilló ver la obra terminada, la belleza de los títeres y esa reacción del público a la que no estamos acostumbrados los que escribimos cosas para que se lean, si se leen, allá lejos y quién sabe cuándo.

Próximas producciones
-Volviendo al libro “Gigantes”, contanos un poco el origen de la recopilación de los doce relatos que lo componen...

-Bueno, había terminado una novela y me puse a trabajar en unos cuentos. Como te dije, son posteriores al nacimiento de mis hijos y, claro, los tiempos de los que disponía para el trabajo en ese entonces se habían hecho más cortos. Por eso pensé que era mejor trabajar con textos breves, que no iba a encontrar los tiempos que hacían falta para los asaltos largos que demanda una novela. Puede ser cierto, o quizás no. Como sea, se fue dando de esa forma, y llegó un momento en el que tenía una cantidad de cuentos que podían conformar un libro. Cuando logré ver que había cierta unidad temática me fue sencillo hacer la selección y decidir cuáles cuentos quedaban, y cuáles no. Creo que el libro tiene cierta circularidad, y eso me gusta; el primer cuento y el último pueden leerse de ese modo, y casi todos los textos dan vuelta sobre lo mismo: un padre que busca al hijo y se encuentra consigo mismo, un chico que no puede ver y descubre la forma de no estar solo cuando conoce la mirada de su madre, el hombre que vuelve a su niñez, la carta que acompaña y estructura la vida de una pareja, el hombre que cree ya estar listo para formar una familia, la mujer que recuerda aquel verano en el que todavía estaban a tiempo de todo.

-¿Estás trabajando en algún proyecto editorial en la actualidad?
-Estoy trabajando en un libro de cuentos y tengo una novela que quisiera publicar pronto para dejar de corregirla de una vez por todas. El trabajo de volver sobre el texto es una de las cosas más lindas que tiene la escritura, aquello, creo, que está en el centro mismo del oficio. Hay momentos en los que sentís cierto dominio sobre el trabajo y caés en la cuenta de que con un poco más de tiempo podrías mejorarlo. Claro, después pensás que no alcanza y volvés, y pensás que te va a hacer falta todavía más tiempo, y un poco más, y así hasta que un buen día alguien, o algo, la montaña de papeles o los tachones de birome que hacen casi ilegible un renglón, te dicen que basta, que ya está, que hasta acá llegaste. Entonces, y solo si tenés suerte, te podés dar el lujo de frenar.

En su destacada trayectoria, el autor rosarino nacido en 1977 publicó la novela “Fuegos en el Cielo” (2012, Río Ancho ediciones). Un fragmento de su novela “El dueño del Violín” se tradujo al italiano en el año 2015 para integrar el libro L’ereditiera di Dolceacqua, di Claudio Nobbio (editado por Fratelli Frilli Editor, Génova 2015) y su texto “Un Marciano en la Boca” en coautoría con Fernando Morando fue representada por la compañía de Títeres del teatro San Martín.



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