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17-04-2019 / Entrevista

El cine, esa quimera que justifica lo imposible

Cinéfilo. Fanático del séptimo arte. “Un loco por el cine”, como él mismo se define. Esa pasión por ir detrás de un sueño persistente, ha hecho que Antonio Álvarez tenga como eje de su vida abrir salas de proyección en distintos puntos de la provincia y el país.

Carlos Marín
redaccion-er@miradorprovincial.com

“Esto es lo que uno ama”, asegura en el inicio de la entrevista. La placidez de la charla permite acceder a la vida de este hombre calmo, que con tranquilidad y parsimonia desgrana para el cronista anécdotas y acontecimientos que son parte de la historia del cine en el país y región.
Con enfoque propio de un visionario, desde los 70 este bonaerense hijo de inmigrantes y casado con una entrerriana, vislumbra cosas que otros aún no han visto. Lo suyo es hacer realidad sueños, como en un juego, en el que ha veces las cosas salen muy bien y muchas otras no. El sueño: formar espectadores que amen el séptimo arte. “Eso es locura mía. Traer títulos que para mí termino exhibiendo a pérdida, pero tengo la satisfacción de haber compartido con gente amiga del cine, que siempre quiero que sean más, cosas que a uno le gustan”. El propósito, agrega el empresario, es “estar atentos a brindar productos de jerarquía artística a la gente que comparte el amor por el cine”.

“A veces –asume– esas apuestas no tienen la receptividad que uno espera, pero en este momento de mi vida, además de cuestiones de pasión y gusto personal, la prioridad es que la gente pueda profundizar en el conocimiento del género. Es decir formar público. Como tantos otras cosas, el cine también se aprende a partir de ejercitarlo, digamos. Y si uno no ‘practica’ como espectador, se va alejando poco a poco de la actividad”.

Reapertura

La mañana transcurre en calma mientras Álvarez hilvana recuerdos y fechas relevantes. “En Paraná arranqué hace 40 años exactamente. Fue el 17 de marzo de 1979, con la reapertura del cine Mayo, que había cerrado hacía un tiempo”, evoca.

El programa, ese día, fue con dos películas por función, algo habitual entonces. Se proyectaron “Los nuevos monstruos”, de tres grandes directores del cine italiano: Dino Risi, Mario Monicelli y Ettore Scola; y “Un elefante con la trompa enorme”, producción francesa dirigida por Yves Robert. Ambos largometrajes estrenados en 1977.

“Fue duro. En aquel momento había salas muy establecidas: el Cine Ópera, el Rex, el Select. La verdad fue muy difícil romper esa hegemonía que había en la ciudad para proponer un enfoque diferente, con producciones de cine que no encuadraban con los títulos de Hollywood”, recuerda el cinéfilo. Y agrega: “era un momento muy diferente al actual en términos del negocio. Hoy las películas llegan a la ciudad simultáneamente con el estreno a nivel nacional. En esa época sufríamos la distancia con Santa Fe, que era considerada ‘cabecera’, o ‘ciudad llave’. Por lo tanto tenía primacía sobre el resto de las plazas de la región. Paraná nunca fue incluida en esa categoría por los distribuidores, que eran los que monopolizaban el negocio”.

Luego de un período llegaría el colapso. “Estuvimos diez o doce años peleando. Al poco tiempo de desistir nosotros en el Mayo cerró el Cine Ópera; el Select se reformó a Atlas y el Rex siguió un curso inestable”.

Luego pasaron los 90, años que configuran un período oscuro para las salas, ya que se cerraron decenas en todo el país. Incluso en Entre Ríos sólo quedó un espacio, en La Hendija. A comienzos de siglo el Rex reabrió, pero luego de Cromagnon, volvió a cerrar sus puertas. En ese intervalo se abrieron las salas Cinemas 1 y 2 en Coto, con actividad por unos cuatro años, entre 2000 y 2005.
Hasta que Álvarez decidió volver a Paraná. “Regreso al Rex en 2006 y fue volver a empezar, porque estaba tan caído como el Mayo en su momento. Hubo que volver a levantarlo en todo sentido”.

Hace un par de años, Álvarez fue tras otro desafío y plasmó otro sueño: inauguró un nuevo complejo en el Círculo Católico de Obreros, espacio que venía cerrado como sala de cine hacía más de medio siglo.

“En aquella época el cine era un negocio monopólico, en términos de la distribución, así que tuvimos que ingeniarnos para ver cómo conseguir las películas. Yo tenía 20 años. Tuvimos que salir a comprar producciones al extranjero, porque no teníamos acceso al mercado en el país”.

Antonio Álvarez


El comienzo

–¿Cómo se explica esta particular especie de “locura” por el cine? ¿Cuándo se genera?

–Diría que nací dentro de un cine. Recuerdo que era muy pequeño cuando mi padre –inmigrante español, mi madre era inmigrante italiana, ambos de familia trabajadora– me llevaba a una sala para que lo ayudara a limpiar las máquinas y a arreglar butacas. Eso me hizo tener cariño a todo esto que uno hace. Y de ese modo entré, sin darme cuenta, en este mundo. Hace 50 años, en 1968 construimos una sala en Buenos Aires. Y cuando abrimos el por entonces Cine Lion, en Avenida Corrientes, caímos en la cuenta que no teníamos producto para mostrar. En aquella época el cine era un negocio monopólico, en términos de la distribución, así que tuvimos que ingeniarnos para ver cómo conseguir las películas. Yo tenía 20 años. Tuvimos que salir a comprar producciones al extranjero, porque no teníamos acceso al mercado en el país.

–¿Qué recuerda de ese momento?

–Fue una etapa hermosa. Estar en los festivales. Ingresar a un mundo al cual no es fácil acceder, ver muy cerca a estrellas como Antonio Saura, Alain Delon, Roman Polansky, Lino Ventura. Para mí, por entonces, era tocar el cielo con las manos. Así nos tocó trabajar con productos que las compañías estadounidenses no traían. Y salimos a buscar otros canales. Eso me permitió estar en contacto con el cine latinoamericano, por ejemplo de Brasil. Las producciones del director Glauber Rocha, las trajimos nosotros a la Argentina. Tuvimos éxitos y satisfacciones muy grandes en los 70. Conocí estudios en el país, en Brasil, en Estados Unidos. Y me quedé con ganas de llegar hasta Cinecittá, en Italia. Aún no pierdo la ilusión de estar allí alguna vez. Hoy puedo decir que esa sala que abrimos en Buenos Aires, actualmente Cine Lorca, continúa abierta. De hecho acaba de celebrar 50 años. Es un espacio reconocido por exhibir una línea de material particular, que en definitiva es lo que me gusta. Así ha transcurrido mi vida. Abriendo salas en distintos puntos del país: en Entre Ríos, Corrientes, Río Negro, Neuquén, Buenos Aires. En ese sentido, puedo decir que el cine es también mi vida.

–¿Como cinéfilo, nunca tuvo la tentación de pasar a otro rol dentro de la industria, como producir, escribir o dirigir?

–En algún momento tuve que ver con algo en producción, pero fue un camino en el que no me mantuve. Participé indirectamente a través de una cooperativa en la producción de “Flores robadas en los jardines de Quilmes”.

–Diseña usted mismo las salas que abre ¿por qué?

–Mi primera experiencia fue con el actual Cine Lorca, en Buenos Aires. Eso me marcó para lo sucesivo. Hay muchas cuestiones que considerar cuando se piensa en un espacio como una sala de cine, con una función muy específica, vinculada con el entretenimiento. Luchar y seguir adelante me llevó a aprender. Y en cada proyecto que he llevado a cabo, he puesto mi vida. En cuanto al diseño, no soy un arquitecto, pero mi trabajo sobre el terreno, la experiencia, han sido maestros. Seguramente algunos errores podemos haber cometido, pero las obras hablan por sí mismas. Y me gustaría contestarle con el último ejemplo; la sala más reciente que abrimos: el Cine Círculo, acá en Paraná. Cuando fuimos a verla por primera vez junto a mi señora, nadie me alentó a llevar adelante el proyecto que tenía. Todos me aconsejaron de forma adversa. ‘No lo hagas’, ‘esto es una locura’, ‘imposible hacer esta idea’. Sin embargo yo seguí mirando el lugar durante cierto tiempo. Y me mantuve en seguir adelante con el sueño que tenía. Y finalmente se hizo lo que había previsto.

Horizontes

–¿Qué sueños conserva y espera poder concretar?

–Siempre es el mismo. Pese a que vivimos en el país del desaliento, no dejo de tener esperanzas. Me olvido de los años que tengo, de lo que me quede o no de vida, y sigo para adelante. Sin horizonte uno no puede vivir. Y el cine, para mí, es un sueño permanente.


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