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21-01-2020 / Poemarios

Las escritoras Patricia Severín y Silvia Rodríguez premiadas en España

A fines de 2019 se publicó el libro que contiene los dos poemarios ganadores del XXIV certamen de poesía María del Villar de Tafalla 2018: "Eclipses familiares" de la escritora santafesina Patricia Severín y "Marabulla" de la escritora española Silvia Rodríguez. Ambas poetas, en sendos textos, se leen entre sí y comparten sus pareceres y visiones.


Mirador Provincial
redaccion@miradorprovincial.com


La escritora santafesina Patricia Severín ha sido premiada en España por su libro de poesía "Eclipses familiares". El premio ex aequo en el XXIV certamen de poesía María del Villar de Tafalla consiste en la edición del libro por parte de la fundación del mismo nombre. El premio fue compartido con la escritora Silvia Rodríguez, de Islas Canarias, con su libro "Marabulla".

Aunque muy diferentes en su estilo de escritura, la temática de ambos textos gira alrededor de un eje común: la familia. La edición consiste en un solo volumen que contiene ambos libros, con pintura de tapas de María del Villar Berruezo.

Las autoras han decidido comentar mutuamente sus poemarios. Aquí las impresiones y pareceres de dos mujeres que son protagonistas en el universo literario de habla hispana.

"Marabulla": Un murmullo que repta por los intersticios
Por Patricia Severín


La infancia es para Silvia Rodríguez (Islas Canarias, 1970), "el lugar" por antonomasia, donde todo es seguro, pleno, perfecto. El anhelo de conservar ese paraíso se observa como a través de un vidrio esmerilado: "no existía la pena/ todo era para siempre/ y el oxígeno duraba/ toda la vida".

La mirada de la poeta se desliza para fijarse en momentos precisos, y es allí donde descansará su atención: recortes de un pasado diáfano en el cual la madre hace lo mismo con su cámara de fotos. La madre atesora recuerdos, instantáneas, para no olvidar la época de dicha: "tendríamos que buscar la felicidad/ en las fotografías de una caja vieja".

Los juegos, la hermandad, la familia, habitan ese tiempo de oro. La niñez es soporte para encarar y sostener la vida adulta. Hay musarañas y buganvilla, un perro fiel, triciclo, hamacas, piñatas, yoyó, y vuelos que tocan el cielo. "Aquel era un lugar para volver/ un árbol hermoso donde crecimos/ salvajemente libres". Hay complicidad e inocencia, y por sobre todas las cosas una familia completa.

En el segundo poema el pájaro herido introduce el dolor de lo que vendrá. La vida se convierte entonces en ese estanque en donde ya no se espera casi nada. La infancia acabó y no se puede recuperar.

Por los intersticios del libro se va colando un murmullo que se hace dicotómico: por un lado el tiempo pasado en donde la felicidad eran recortes encadenados de algo pleno y total, y por otro lado el presente, en donde se atraviesa, una y otra vez, la desilusión y el dolor.

La poeta no se resigna a la pérdida, descree que la muerte sea parte de la vida. La muerte intercepta a la felicidad y hace que se evapore, se diluya. Entonces invoca por una vida en donde la infancia pueda prolongarse indefinidamente. Es el tiempo perdido, lo que jamás volverá.

El corazón del libro se presenta como un juego, la Marabulla, que gira y subyace en ese murmullo durante todo el texto; ¿es un juego de espectros el futuro?, ¿quién te elige cuando mueres?

Las preguntas de la poeta no quedan ahí: ¿se busca la felicidad entre las viejas fotos?, ¿somos esas gallinitas ciegas que giramos sobre la vida con los ojos vendados?

Las respuestas reptan por los versos cargados de imágenes que se van superponiendo hasta lograr un encastre perfecto: "lo que no sabíamos bien/ era que nuestro tiempo caería/ como un puñado de tierra celeste/ para estrellarse como un satélite/ en el polvo de la galaxia".

Silvia Rodríguez nos deja la experiencia de un universo en donde seguimos viviendo porque los recuerdos nos enlazan con la luz de lo que no tiene olvido.

"Eclipses familiares", las palabras que no salen de la boca
Por Silvia Rodríguez


Los libros circulares, que nos llevan y nos traen al mismo lugar, al mismo dolor a través de un hilo confesional, de "un fino hilo de amor", encuentran a menudo una poesía personal de la observación y del recuerdo, algo íntimo que corretea veloz como las gatas montesas sobre tajos profundos en la llanura, entre espigas y yararás.

Patricia Severín (Rafaela, 10 de agosto de 1955) vive donde el mundo se pierde, en una península alargada y austral: Argentina. En su libro "Eclipses familiares" nos introduce en su íntima descripción de la pérdida de sus progenitores. A través de la vulnerable figura de su madre y de su difunto padre escuchamos los versos que, como "los pájaros acorralados, inmóviles, mastican con sus plumas los desechos del piso".

En la primera parte del libro, o primer eclipse, se suceden imágenes cotidianas de la madre, donde ella "corre de lugar un plato abre la heladera/ mira la llanura desde el ventanal mojado" y se adivina que todo fue de otra manera y "el abismo se va enredando en sus tobillos". Severín escribe "si fumase/ hoy/ fumaría otra vez o el viento sacude la cabeza de los girasoles" y nos involucra en ese estado doloroso, hiriente de lo que se nos marcha, de lo que se transforma, pero antes fue belleza, calma.

Un eclipse solar es el fenómeno que se produce cuando la luna oculta al sol, desde la vista de la Tierra. Quizás Patricia Severín sea la Tierra en este poemario donde su padre le enseñan de nuevo las galaxias, la niebla, los caballos, o grandes lecciones de biología donde el escarabajo es tan fuerte como un elefante. Tal vez la luna sea una noche infinita, abismal, donde madre e hija comparten un inmenso cubo de estrellas repleto de silencio.

El dolor de la pérdida es infinito, transformador y por ello para Severín su padre es una estrella fugaz que impactó sobre su pecho y su madre es un planeta hecho de roca en el medio de un desierto de sal. El recuerdo de sentirse protegido nos acompaña en el tiempo melancólico, incontable, que nos lleva a un tiempo mejor: las lianas nos rozan la cara/ como babas de anguilas/ papá abre el camino con sus brazos.

Y aunque Severín no diga siempre la verdad, añora los lirios silvestres en el agua, la calma de los ojos de su madre cuando aún la miraba... Porque para todos, poetas o no, progenitores o no, "morirse no estaba convenido".

Mujeres escritoras

Silvia Rodríguez (Las Palmas de Gran Canaria, España, 1970). Poeta, premio ex aequo en el XXIV certamen de poesía María del Villar de Tafalla (España, 2018); entre otros títulos, ha publicado "Rojo Caramelo" (2004), "Casa Banana" (2007), "Departamento en Quito" (2013)" y "Padresueño" (2018).

Patricia Severín (Rafaela, Santa Fe, 1955) Poeta, narradora y editora; premio ex aequo en el XXIV certamen de poesía María del Villar de Tafalla (España, 2018); entre otros títulos, ha publicado: "La tigra" (2018), "Helada negra" (2016) y "Poemas con bichos" (poesía, 2001).




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