Messi levantó la tan deseada copa del mundo

Argentina campeón: se "alinearon los planetas" para volver a la cima

El equipo de Lionel Scaloni hizo bordar la tercera estrella en la camiseta celeste y blanca en un inolvidable Mundial de Qatar 2022, en lo que fue el hecho deportivo más importante no sólo del año, sino de los últimos tiempos.


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Se conjugó todo. El tiempo de tristeza, condicionamientos y cuidados intensivos a los que nos sometió la pandemia; la empatía que generó esta selección de Scaloni, plenamente identificada con la gente y Messi. El orden no importa. Los tres factores se aglutinaron. Por un lado, la necesidad de la gente de desahogarse y de encontrar motivos para festejar; por el otro, el ida y vuelta que generó este equipo que, más allá de los 36 partidos sin perder, brindaba todo lo que la gente quiere ver de un equipo de fútbol (fútbol, garra y sacrificio). Y Messi, ese talento incomparable al que todo el mundo empujaba para que logre lo que todos queríamos. Por la Argentina y por él. Y lo consiguió.

Los planetas se alinearon desde la misma concepción de este proceso. Los buscados antes que Scaloni decían que no. Y llegó la Copa América de Brasil, la del 2019, que marcó un quiebre. Argentina fue tercera y Brasil salió campeón derrotando a Perú. Pero el equipo dejó algo, hubo un cambio que no sólo contempló la tan mentada renovación, que seguramente cualquier técnico hubiese realizado por la edad avanzada de quiénes venían jugando.

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El gran mérito de Scaloni, al margen de darle un estilo de juego al equipo, fue el de armar un buen grupo. Sólido, sin diferencias ni vanidades, respetuoso hacia la figura del capitán (Messi) en el que los jóvenes se supieron adaptar y los grandes enseñaron el camino, sabiendo que les quedaba la última ficha para apostar.

En el Mundial, no hubo mal que por bien no venga. La derrota ante Arabia Saudita obligó a una toma de decisiones tan drástica como oportuna y salvadora. No salió bien enseguida. Duró un tiempo (el primero ante México). Messi fue el encargado de abrir el camino con ese zurdazo cruzado que se metió junto al palo izquierdo. Y ahí se liberaron y el equipo empezó a crecer. En confianza y en fútbol.

Claro que hubo un gran artífice: el entrenador. Scaloni no dudó en tomar decisiones. Sacó a jugadores que fueron clave en todo el proceso, pero que en ese primer partido dejaron muchas dudas. Los dos casos testigo fueron Paredes y Lautaro Martínez. Los dos se habían constituido en pilares y titulares indiscutidos. Scaloni entendió que si no cambiaba de inmediato, la vuelta y el fracaso eran un riesgo subyacente. Metió cinco cambios y acomodó el equipo. Encontró para ello a jugadores que le dieron un resultado magnífico. Enzo Fernández se terminó acomodando en la posición de volante central, conjugando fútbol, recuperación y sacrificio. MacAllister también, con mucha claridad para el manejo de la pelota. Y Julián Alvarez fue otra revelación, con goles y con un sacrificio que lo distinguió y lo puso en un pedestal, compitiendo claramente como uno de los mejores delanteros del torneo. Ninguno de los tres tenía un lugar asegurado entre los titulares y hasta me animo a decir que alguno ni siquiera figuraba como segunda alternativa. Con ellos, más el mejoramiento de De Paul (no empezó bien) y el Cuti Romero (muy buen complemento para un Otamendi de gran Mundial), el equipo fue alcanzando una fisonomía colectiva que lo hizo crecer, hasta cambiando permanentemente de esquemas.

Campeones. Argentina logró su tercera estrella.Foto: Agencia Xinhua


Con Messi como eje y en un gran nivel, más la seguridad que transmitió Dibu Martínez (con atajadas clave como los mano a mano del final contra Australia y Francia, más los dos penales en la definición con Paises Bajos), el equipo fue creciendo. Los marcadores de punta (sobre todo los de la derecha) dejaron de ser una duda; Acuña y Tagliafico le dieron absoluta garantía al costado izquierdo y, como se apuntó, el técnico fue mutando esquemas con el mismo nivel de rendimiento y hasta incrementándolo.

Argentina había arrancado con un 4-3-3 casi clásico; luego pasó a un 5-3-2 (así empezó ante Paises Bajos) y un 4-4-2 (así arrancó con Croacia en el mejor partido). Se adaptaron sin problemas y eso le dio mucha seguridad a Scaloni. En la final, vuelta al 4-3-3 pero con Di María jugando de wing izquierdo y no por derecha. Había que atacarlo por los laterales a los franceses. Scaloni también los entendió así y Di María fue pieza desequilibrante hasta que su físico no dio más.

Argentina fue campeón del mundo en un país lejano, con otra cultura, sin historia futbolera y hasta sin pasión deportiva. Los jugadores pusieron lo que había que poner adentro de la cancha y los hinchas contagiaron tanta alegría, bullicio y emoción, que no sólo terminaron conquistando a los qataríes, sino también al mundo entero.

Con Pumpido lo hablábamos al día siguiente de la final. El contaba que veía de qué manera se asombraba Infantino y sacaba fotos y filmaba a la hinchada argentina. Observaba alegre y satisfecho que semejante demostración popular y pasional le estaba dando el clima exacto a un Mundial al que los argentinos le pusieron el toque futbolero.

Fue una verdadera revolución, en la cancha y en las tribunas. La gente identificada con el equipo y el equipo sabiendo que la gente, con su aliento, le estaba dando un plus. Un gran plus. Así fue. Así se dio todo. Argentina campeón del mundo. Messi con la copa y elegido el mejor jugador. Un pueblo entero volcando masivamente a las calles para un festejo postergado y hasta necesario. ¿Qué más se puede pedir?

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