Sobre dos antiguos emprendimientos

De sobradas tintas ha expresado MIRADOR ENTRE RÍOS sobre la época pujante de la ciudad de Victoria. Desde la industria portuaria, calífera, vides, arquitecturas importadas del viejo mundo, de todo ha sido plasmado en estas páginas. Pero como la historia de Victoria siempre deja relatos escondidos en el tiempo, ahora es el momento de descubrirlos una vez más.

Folletín de la empresa Aranguren.
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04-03-2021 / Produciendo historias
Ignacio Etchart
redaccion-er@miradorprovincial.com

La historia de la ciudad de Victoria, de sus riquezas materiales, de su desarrollo comercial e industrial y de las inspiradas personalidades que hicieron todo posible, sólo queda una manera de homenajearla: simplemente recordándola.

Una ciudad cuya fundación ya anticipaba cómo sería el desarrollo de su existir, basada en el altruismo de sus habitantes, en la determinación y providencia de quienes la vivieron como propia.
Tiempo atrás tal vez hubiese sido difícil revivir viejos registros y archivos de historias victorienses, pero hace un tiempo ya que un grupo de historiadores locales divulgan viejos relatos de la ciudad y la región. Relatos que se pueden encontrar en la página de Facebook: “Historias de Victoria”, las cuales además alimentan los humildes fragmentos textuales que a continuación se presentan.

La vieja artesanía Aranguren

Alrededor de 1866, nacido 20 años atrás en la región vasca de Guipuzcoa, un joven Pedro Aranguren llegó al entonces naciente poblado de Victoria. Allí comenzó a trabajar como oficial de obra en un taller de ebanistería situado entre las actuales calles Mitre e Italia, establecimiento que perteneció alguna vez a Antonio Muzzio. Con el tiempo, ese taller se transformó en la carpintería de los hermanos Camoirano, pero esa es otra historia que será contada en otro momento.

Volviendo al joven Pedro, luego de trabajar un año por un miserable sueldo en el taller de Muzzio, harto de la explotación que ejercía su patrón, decidió finalmente tomar sus herramientas y alojarse por su cuenta en una humilde vivienda que su amigo, Domingo Olazagoitía, le facilitó en los terrenos ubicados en el fondo de su propiedad.

Factor común presente en todas las personalidades descriptas en estas páginas, las condiciones de tenaz trabajador y de hombre responsable en las encomiendas encarnadas en el joven Aranguren, lograron que en poco tiempo realizara numerosos encargos por toda la ciudad.

Ya bautizado en los negocios, sumado a los conocimientos artesanales y fabriles traídos del País Vasco, don Pedro Aranguren se trasladó a otro domicilio, donde instaló la primera máquina de carpintería bajo la forma de torno en la historia de Victoria. En aquellos años, este tipo de maquinaria era propulsada por un caballo.

Esta innovación tecnológica le permitió ejecutar trabajos de gran importancia y dificultad para la época, algo que de otra forma hubiesen resultado casi imposible de realizar.

Los hermanos sean unidos

Ya asegurado un posicionamiento económico y social superlativo, Pedro se comunicó con Guipuzcoa, para invitar a su hermano José María a sumarse a la campaña industrial. No fue sorpresa que con el tiempo, la alianza fraterna Aranguren se convirtiera en uno de los aserraderos más importantes de la zona.

Como todo ávido hombre de negocios, conforme surgían nuevas maquinarias, los hermanos Aranguren trataban de mantenerse informados para adquirirlas. Sin embargo, a veces resultaban tan difíciles de comprender o reparar estos nuevos aparatos, que Pedro decidió un día encomendar su taller a su hermano para poder viajar hacia París. Durante su estadía en Francia, Pedro se dedicó a instruirse en los nuevos conocimientos sobre mecánica, mientras trabajaba como un simple obrero en una gran factoría impulsada a vapor, tecnología que recientemente había generado una revolución industrial, económica y social sin precedentes en la historia. Inevitable era que don Aranguren transportara las revoluciones europeas al corazón de la Victoria de finales de siglo XIX.

Cuando retornó a Victoria, don Pedro instaló un gran establecimiento en la esquina de actuales calles Piaggio y Montenegro. Allí todavía se pueden apreciar las edificaciones de la vieja casa y algunas ruinas de la fábrica, en cuyos interiores se construían muebles, carruajes y carros.
Inquieto en sus labores, los hermanos Aranguren luego anexaron a su taller de carpintería una herrería, donde construían balcones, camas, arados, rastras, portones e incluso embarcaciones. Fueron sus manos las que trazaron las líneas de las tantas y famosas rejas de la ciudad, artesanías que hoy hacen al ejido urbano un reflejo de adelanto, belleza y progreso, evidencia de la pujanza de la antigua Victoria.

Con el transcurso del tiempo, los Aranguren se asociaron a los Fernández y luego traspasaron los derechos de este emporio a don Florentino Fernández, quien continuó con su esposa e hijos administrando el lugar, el que mantuvieron hasta entrada la década del 40.

Por su parte, los hermanos Aranguren se trasladaron a Paraná donde continuaron realizando importantes trabajos industriales, firmes en la labor que durante muchos años supieron llevar adelante cuando llegaron a Victoria. Algo que la ciudad siempre estará en deuda, pues no sólo facilitó el progreso como sociedad, sino también la transformación estética de la arquitectura urbana.

Un minúsculo relato reivindicador

Esta historia es sobre la farmacia Iris, que alrededor de 1920 perteneció a Florentino Narbaiz, quien sucedió en la titularidad del establecimiento luego de las familias Arca y Albornoz. Pero en realidad, la historia debería ser sobre la hermana de Narbaiz, María Josefa, la primera mujer farmacéutica de la historia de Victoria.

Sin embargo, capricho mediante pero no casual, en la fotografía añadida al artículo sólo se reconocen Florentino y Bernardo Narbaiz, junto con su auxiliar, el Sr. Sartori.

Década y media más tarde, Don Florentino cerró las puertas de su farmacia para marcharse con su esposa, Argentina Betinotti, e hijas, Mirtha y Necci, a Tres Bocas, en el departamento Gualeguay.
Evidentemente la rama femenina Narbaiz tuvo en sus genes la impronta disruptiva, pues tanto Argentina como sus dos hijas son aún recordadas por sus incontables actividades humanitarias, y educativas.

Hoy, la hermosísima mueblería que habitaba la farmacia aún se conserva en el museo Carlos Anadón, de Victoria, utilizada para resguardar otras reliquias locales, tal como fue solicitado por los descendientes de don Bernardo, quienes la donaron un 16 de febrero de 1994.


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