Letras de mujer

Cuando la escritura es un arte sanador

La literatura se compone de imágenes, de ritmo, de música, de palabras y de sentimientos. Escribir significa elegir palabras. Eugenia Hermida es trabajadora social y docente universitaria, es esa escritora joven que a través de un duelo pudo escribir y publicar Parte /41. Una escritura de duelo y dolor. Publicado por la editorial Fundación La Hendija.
20-11-2022 | 10:29

“Es una historia de duelo, y por tanto su punto gravitacional es la muerte de mi padre”, sostiene Eugenia Hermida (derecha).
Foto:Gentileza.
20-11-2022 | 10:29
Dialogar con Eugenia es embarcarse en un túnel poético y espiritual. La relación narrativa-tiempo se presume como variable constitutiva de esos momentos tan singulares como dolorosos que es el duelo. Acá hay una mirada retrospectiva de todo.

Parte /41 es una escritura de duelo, sobre el duelo y el dolor. Entre noviembre y diciembre de 2021, mientras Eugenia acompañaba los que serían los últimos días de su padre, surgieron las primeras páginas de este libro, y concluyeron días después de su muerte. Vertiginoso, sentido, como una herida abierta que estalla en su latir, en su ritmo, en su esperanza, en su nostalgia, así se van desgajando sus páginas, que alternan entre las imágenes del pasado, el fluir (lento y a la vez voraz) de un presente que espera un parte diario y escande entonces el tiempo con el conjuro de la palabra escrita. Mirador Provincial conversó con la escritora donde repasa sus vínculos con la literatura desde su primera infancia hasta la actualidad.

-¿A partir de qué suceso surgió esta historia?

-Es una historia de duelo, y por tanto su punto gravitacional es la muerte de mi padre. Pero pensándolo mejor, podríamos decir que el surgimiento de esta historia en tanto tal, tiene tres sucesos temporales diferenciados: el tiempo largo de mi vida y de nuestro ser padre e hija, la internación de mi papá por su cuadro de covid-19, y su muerte. Si hubiera salido de la internación no sé si mis escritos hubieran continuado y derivado en un libro. Si no hubiera sido el padre que fue, y yo la hija que fui, tampoco. Y sin dudas, no se hubiera desencadenado la escritura sin ese primer momento de abismo que fue estar 48 horas aislada y esperando el llamado de la clínica para tener un parte (recordemos que por el protocolo vigente en 2021 no era posible esperar noticias en la clínica, sino que sólo podías aguardar que te llamen para brindártelas).

-¿Cómo se construye Parte /41 desde el duelo? ¿Cómo funciona la inspiración?

-La idea de inspiración me devuelve una imagen de cierta pasividad. Un estar a la espera y que algo o alguien venga de afuera a tocarte con su vara mágica. En mi caso fue al revés. Me sentí tomada por una suerte de materia viscosa, un pantano que me subía por las venas y erupcionaba en palabras que tenía la obligación de escribir. No sería preciso decir que la enfermedad de mi padre me inspiró. No me sentí inspirada, sino compelida. A su vez, sí hubo ciertas condiciones materiales. Porque por más instinto visceral que sienta una, no siempre actúa en consecuencia. Nos levantamos aunque queramos dormir, vamos al trabajo aunque queramos fugarnos a caminar por la playa. Aquí puedo hacer eso que mi cuerpo exigía por estar aislada y con licencia. Estábamos mi hermana mayor y yo, en la casa de mi padre (que estaba internado) aisladas, por protocolo. Nuestro tiempo no estaba capturado por el trabajo doméstico ni el asalariado, sino por la perplejidad y el miedo, atentas a la fragilidad de la vida que nos dio la vida.

-¿Por qué elegiste ese título para esta novela?

-No quisiera hacer spolier. El último relato “explica” (si vale el término) los alcances del título de la obra. Pero adelanto algunas cuestiones. Una es que el primer relato se denomina parte y el último cuarenta y uno. En el libro se va perfilando esta idea de los “partes-que-nos-parten”. Y a su vez el número cuarenta y uno tiene múltiples significaciones que también se van presentando en el texto y sobre todo en el relato final que lleva ese título.

-¿Podes hablar sobre los elementos sanativos de la escritura? La gente no suele hablar de ese tipo de dolor.

-Sí. Puedo y quiero hablar de esto. Porque tuvo que ver con la necesidad de escribir y con la decisión de publicar. Que son dos actos distintos. Escribí como una necesidad y como una estrategia para mantenerme viva. Y publiqué porque creo firmemente en que dolernos es un derecho. Y como buena trabajadora social, creo que tenemos que luchar por los derechos, defenderlos, militarlos. Mostrarnos hechas un manojo de mocos y agua salada es una forma de desarmar el mandato de la superwoman, el guion de felicidad prescripta por este neoliberalismo que nos robó también los rituales, y el derecho a no poder, a detenernos, a llorarnos.

-¿Una escritora elige de que va a escribir o las historias la eligen?

-Al ser un texto de no ficción, esta pregunta se torna aún más interesante. Porque el libro cuenta una historia. Y esa historia es una de las múltiples formas de ver, revisitar, destapar una dimensión de mi propia vida, que es la de mi ser hija. Fui tomada por el impulso de amasar esa materia que es la propia vida y que tiene componentes diferentes: recuerdos, escenas presentes, la propia sensibilidad, la forma en que analizamos la relación que la Historia con mayúscula tiene con nuestra propia biografía. El texto tiene climas y estilos que se van encontrando y desencontrando. Y algo también del género del ensayo que se cuela. No elegí lo que iba escribir, pero sí elegí mirarme al espejo y armar un dique de letras para evitar ahogarme en la carga de afectos que la irrupción de la enfermedad y la muerte de mi padre me generaron. Es un acto desesperado también por construir un puente, una escalera, un salvavidas, para poder salir sin irte. Para no negar el dolor pero tampoco hundirte en él.

-¿Cómo fueron tus orígenes en el campo de las letras?

-Cuando era muy pequeña mi mamá me regaló un diario íntimo. Era un cuaderno hermoso con tapas de cuero. No sé si había sido de ella o de dónde lo había sacado. No era un objeto “infantil”, era una suerte de antigüedad. Yo tendría 8 años más o menos. Quise escribir allí una novela. No me salió. A veces pienso que con este libro que escribí pude cumplir ese deseo que tuve aquel entonces. Quizás mi origen fue ese. O los cuentos que escribí en mi adolescencia y tiré. O los posteos raros de facebook que hago hace años, a medio camino entre la anécdota, el poema y el relato. O las narrativas travestidas de ensayo que publico en revistas indexadas. O quizás el origen sea este mismo libro, donde laten esos y otros furcios e intentos previos fallidos.

-¿Cuál es el principal reto que enfrentaste como escritora?

-Tomarme en serio. No obturar erupción de imágenes y palabras que me brotaban. Es un reto que sigo afrontando: reconocerme como escritora.

-¿Cuáles son esas sensaciones que experimentas a la hora de escribir?

-Me preguntaría en todo caso cuáles son las que no experimento. Al menos con este libro, atravesé toda una topología sensitiva y emocional. Llanto, risa, melancolía, ira, temor, ternura… Algunas de esas sensaciones podrían tener que ver con la metáfora de lo bélico. Escribir en ese sentido fue como armar una tienda de campaña en medio de una guerra. Entre la vida y la muerte, la resistencia y la aceptación, el pasado y el presente… Yo no era de ningún bando, era el campo mismo de batalla, y veía litigar en mi pecho, en mis ojos, en mis dedos buscando cada letra en el teclado, las estrategias, los repliegues. Pero también escribir fue y es como un viaje. Una suerte de expedición. Nada que ver con el turismo. Un adentrarse a lo desconocido. Y esto es raro, porque en apariencia nada hay más conocido que la propia biografía. Ocurre que en rigor esta narrativa, si bien se enmarca en el género biográfico, no es un relato de vida. Y lo que recojo de mis vidas pasadas emerge en el texto como una novedad para mí misma. Escenas olvidadas que se me presentan nítidas, relecturas, la comprensión tardía, la risa amarga producto de caer por fin en el sinsentido de algún mal chiste de mi historia que recién al poner palabra lograba entender… Escribir fue leerme. Y reescribirme. Y lo que más me inquieta y me fascina es saber que el libro se reescribe con cada nueva lectura. En estos meses recibí muchos mensajes de lectores y lectoras, que me cuentan su experiencia de transitar por Parte/ 41. Esos viajes intensos, que me maravillan y a la vez me dejan perpleja, me hacen pensar en esa idea deleuzeana de lo singular y lo universal, y la literatura en ese “entre”. Esta es “una” historia, que surgió siendo la mía, pero que en algún punto es la de otros, que se acercan a este charco de agua que es el libro, y al leer se miran, y al mirarse se hablan, y al hablarse se transforman.

-Hablanos de tu niñez, ¿Cómo la recuerdas? ¿Algún libro que haya marcado tu niñez?

-El mejor libro de mi niñez no existe. Fue, es y será la voz de mi mamá. Mi mamá inventándome historias, mientras hacía las “cosas de la casa”, después de jornadas maratónicas de trabajo, y yo siguiéndola, embriagada por su tono, su forma de hilar las ideas, su poder de crear para mi sola un mundo efímero y solo nuestro. Los libros, los que leo, los que escribo, son un eco de esos instantes sagrados, llenos de barullo, opacos por cotidianos, incandescentes. Tibios como un pulóver tejido por una abuela. Daría mi biblioteca entera por volver aunque más no sea unos instantes, a la caricia de esa voz tejedora de historias.

-Si pudieses cambiar algo en este mundo a través de tu escritura, ¿qué sería?

-Con toda la soberbia de la que soy capaz (que es mucha por lo que se ve) diría que no podría. Que pude. Que puedo. Aunque quizá no sea sólo soberbia. Sino reconstruir algo de eso que a diario horada el patriarcado: la posibilidad de mirarnos a los ojos, y reconocernos a nosotras mismas, sin grandilocuencias ni fuegos artificiales, como sujetas que tenemos algo, que tal vez sea pequeño pero que es muy valioso, para compartir. Tenemos algo para compartir. Tenemos y somos. Somos cuerpos que saben, que sienten, que piensan. Tenemos el derecho y el deber de reconocernos, de dolernos, de celebrarnos. Yo no tengo la menor idea cual es el grado de calidad del libro que escribí. No lo sé, y lo cierto es que tampoco me importa demasiado. Hice lo mejor que pude, y espero que alcance. Lo que sé es que el libro me hizo bien. Y sé que le ha hecho bien a muchas personas. Lo sé porque me lo han dicho. Hacer bien no en términos terapéutico-comerciales, que para eso están los bets sellers, que en su género son insuperables. Hablo de hacer bien en términos de lo vital, lo vivo, lo genuino de reconocernos bichos arrastrándonos por el barro de la historia colectiva y personal. Sé que lo escribí porque no pude dejar de hacerlo. Y sé que al publicarlo soñé con que abrace a otros, y construya un rincón, quizás deficiente y precario, pero al menos un rincón donde guarecerse de esta planicie descampada que se vuelve el mundo para nosotras, las personas en duelo.

-¿Cómo describís la escritura y literatura en nuestro país, en nuestra provincia?

-No me siento la persona indicada para responder esta pregunta, por mi carácter de lectora y escritora autodidacta. Sí pienso que necesitamos no claudicar en la apuesta por fomentar la soberanía cultural. Como supo decir el viejo Jauretche, la colonización pedagógica está a la base de muchos de nuestros problemas, personales y colectivos. Cuando una se reconoce en el sentir, en la geografía, en las costumbres, en los problemas de los personajes que dan vida a una novela por ejemplo, la experiencia de lectura toma otra densidad. Esa gramática singular, encastra distinto con nuestro archivo ambulante, con nuestras memorias, con nuestra percepción. Si el cuento que estoy leyendo me habla de los olores, los sabores, las temperaturas de mi ciudad, de mi región, me provee de mil abrojos donde dejar enganchados mis cinco sentidos. Es cierto que la literatura también me permite ir a los tiempos y sitios que no conozco y no conoceré, y hasta al cuerpo mismo de esa otredad que me es ajena. Y eso es celebrable. Lo que quiero señalar, es que el derecho a no ser dichos por otros también es importante. Poder narrar nuestras historias. A nuestro modo. Eso nos da un lugar simbólico que es necesario para poder reparar, crecer y transformar. Nuestro país se ha dado a sí mismo y al mundo plumas inigualables. Le ha dado y le sigue dando. El desafío de este tiempo es poder también generar las condiciones para visibilizar esas prosas potentes y silenciadas, profundizar en políticas que desarmen la lógica unitaria, cis-hetero-centrada, adulto céntrica, que ha puesto siempre como figura privilegiada de escritor, al hombre blanco hetero académico porteño. Esa presunción de que esos cuerpos están mejor dispuestos para tejer un relato, ha mermado nuestras posibilidades de enamorarnos y perseguir esas voces otras, como yo supe hacer cuando niña con la de mi mamá. Así que aprovecho, antes de despedirme y agradecer este espacio, a instar a todos los cuerpos que sienten, a que escriban, a que friccionen, a que relaten, a que proletaricen este oficio, a que tomen por asalto la pluma y la palabra, a que digan con su voz propia. Necesitamos mundos otros. Como dijo Simon Rodriguez: imaginemos o erramos.



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