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12-05-2020 / Variado esquema productivo

Los vascos y los genoveses en los orígenes de la riqueza victoriense

Durante gran parte del siglo XIX y XX la Argentina se encontraba en pleno desarrollo social, comercial y político. Las industrias nacionales alimentaban la conformación de un Estado que se proponía ser uno de los mayores exportadores de materia prima en el mundo. Y en este emprendimiento, Victoria tuvo su lugar protagónico.


Ignacio Etchart y Ezequiel Rubattino
redaccion-er@miradorprovincial.com

El apogeo comercial del país durante el 1800 y primera mitad del 1900 estuvo basado en el desarrollo de materias primas. Las industrias agropecuaria, pesquera, minera, azucarera y textil, por mencionar algunas, motorizaban el progreso de una incipiente economía basada en la exportación de estos insumos. En el amplio espectro productivo de la época, Victoria no se quedó atrás.

Gracias a su ubicación a orillas del riacho Victoria, vástago del gran Río Paraná, la actividad portuaria fue creciendo a medida que la zona era habitada. La fertilidad de un suelo que estuvo sumergido por el océano hace millones de años facilitó el desarrollo de variadas actividades comerciales e industriales durante este período. Pero el puerto sólo era el origen de un camino fluvial donde navegaban riquezas variadas.

Las milenarias inundaciones, además de generar un suelo verde donde toda semilla que crece florece, depositaron una enorme cantidad de riquezas minerales que fueron explotadas por los primeros inmigrantes europeos, en su mayoría vascos, durante las primeras décadas del 1800. Pero a diferencia de la rica y despojada plata que los españoles tanto celebraron en su conquista, en Victoria el mineral precioso era blanco y polvoriento, simple como la cal.

De blanco polvo de oro

La industria de piedra caliza fue sin lugar a dudas, la fuente madre de la riqueza de Victoria. La explotación estaba concentrada principalmente en las zonas aledañas como el Cerro de la Matanza, Corrales y Laguna del Pescado. Inspirados en su labor, los explotadores de los yacimientos, en su mayoría vascos, instalaron sus hornos cerca del hoy llamado riacho Victoria, lo que facilitaba la exportación a Buenos Aires. Esta zona se la conocía como El Barrio de las Caleras, hoy Quinto Cuartel.

El abogado, periodista e historiador César Blas Pérez Colman destacaba que Don Joaquín Salvador de Ezpeleta, exitosísimo comerciante y fundador espiritual de Victoria, fue el primer propietario de un horno de cal, entre los años 1804 y 1822, aproximadamente. Sin embargo, no hay evidencia física de dicho emprendimiento aunque dicha interpretación de Pérez Colman invita a pensar.

Entendiendo que la historia se interpreta y se construye, sin dejar de lado la incertidumbre sobre la iniciativa industrial de Ezpeleta, sí existe un registro de 1822 donde se encuentra el primer horno de cal formalizado y legalizado. Documento firmado por el Receptor de Rentas de La Matanza, donde comunica al ministro de Hacienda don Celedonio José del Castillo que “del mismo modo participo a Vd. Por hacer serrado hoy día de la fecha (31/8/1822) el único horno de cal que había en ésta pagado al interesado el correspondiente derecho de que me hice cargo”.

Dicho horno de cal era propiedad de Francisco Antonio de Zabala, vasco oriundo de Guipúzcoa, quien en segundas nupcias se casó con doña Brígida Escobar. De este matrimonio descienden los Frugoni-Zabala, estirpe de conocida actuación en Entre Ríos y Santa Fe. La producción de cal se sostuvo hasta 1829, que era transportada al puerto de Las Conchas en Buenos Aires, en chalanas de don Ignacio Espíndola o en la de don José Galisteo.

De nombres y sus riquezas

Años después la inmigración italiana acaparó la industria de la cal, fundándose en 1852 el primer horno de don Juan y don José Taquela. Pero fue en 1858 de la mano de don Carlos Reggiardo, quien había fundado en su llegada a la ciudad 6 años atrás una importante casa de comercio, que la industria de la cal tuvo su gran salto de calidad. Sus inversiones multiplicaron los hornos en la zona, convirtiéndose rápidamente en un gran productor de la época.

Poco a poco los genoveses fueron adquiriendo las caleras de los vascos. Nombres como Santiago y José Firpo, Miguel Oberti y Cayetano Guilioni compraron la suya a don Tomás Echayse. Por su parte, doña Saturnina Almeyda vendió su enorme instalación de hornos a don Carlos Fontana y Cía. Sociedad, constituida por el mismo Fontana y sus socios, Antonio Brassesco, Carlos Brassesco y Juan Fontana.

También la Historia destaca a don Miguel Lanieri como un importante comerciante del Quinto Cuartel. Durante la década de 1860, administraba un almacén de ramos generales, flota, jabonería, hornos e incluso un banco privado. Por otro lado, el Dr. Joaquín Vivanco también era un próspero mercader de la época. Durante la segunda mitad de siglo producía y compraba cal para exportar a Buenos Aires.

Variedad productiva

Hacia 1867, Victoria contaba con 15 fábricas de cal con una capacidad productiva de 218.500 fanegas en total, como se medía en la época. Los principales propietarios eran Carlos Reggiardo, Antonio Arreseygor, Cayetano Corbetto, Manuel Uranga y Cía, Santiago Firpo y Cía, Juan Taquela y Cía, Miguel Sanzberro y Cía, Manuel Brassesco y Cía, Ferroni Hnos, Juan Bautista Zubizarreta, Natalio Reggiardo y Cía, José Copello, entre otros.

Era tal la riqueza de las familias de la industria calífera, que rápidamente el Quinto Cuartel se llenó de verdaderas casonas de estilo europeo, adornadas con frondosos parrales y viñedos que también generaban sus ingresos, aunque en menor medida. Otras especies florales como olivos y frutales pintaban las casas de verde, homenajeando la tierra originaria.

Estas lujosas edificaciones eran financiadas por la enorme cantidad de fanegas exportadas a Buenos Aires. Gran cantidad de la cal con que se construyó la ciudad de La Plata proviene de los yacimientos y producción de la ciudad de Victoria. Cientos de carretas confluían en el Puerto Viejo, cargando la mayor cantidad de producto industrial victoriense. Del Riacho Victoria hasta el Paraná Pavón, sin escalas hasta el puerto de Buenos Aires, para quedar en la historia.


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