Reseñas peluqueriles

El brillo de la Noctiluca

 Vicky Lovell es una verdadera y genuina gestora cultural. En su larga trayectoria ha postergado su obra para dedicarle el tiempo al otro, a la crianza de sus tres hijos, a los alumnos de talleres literarios, a su gestión en festivales, publicaciones y revistas. Actualmente junto a Alejandra Méndez dirige el Centro Cultural Atlas. Aún así, publicó libros, participó en antologías, fue traducida a varios idiomas y la poesía es el eje central de su obra.

16-02-2024 | 16:56 |

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Victoria Lovell fue jurado en concursos, panelista en Ferias del Libro y Festivales de Poesía. Foto: Foto: Gentileza.


 En su libro Los Noctiluca, Vicky Lovell logra que un poema brille a través de un noctiluca. Ella misma es una noctiluca que brilla en todo lo que hace y como un hada fue tocando con sus originales destellos creativos a sus hijos, alumnos y quienes la acompañaron siempre. Si en su obra lleváramos todo al plural y los noctiluca fueran muchos, tendríamos una lluvia de estrellas en donde se facturaría un brillo que no decaería.


En Los Noctiluca hay otras facturas hacia el deseo, el paso del tiempo, la naturaleza, la realidad, la ciudad, el arte y el otro que marchan compilados en una aleatoriedad en donde el movimiento pareciera emparejarse poema tras poema, en especial en los de fraseo corto y preciso: “Designio del equivoco / amarrar para no quedar” ó “En una mecedora / el arrullo es bitonal”. O la ciudad: “Enrarecimiento de medianeras / expansión / el vacío habita en cuartos redados / donde se pregunta por sí mismo / y no recuerda”. Incluso hay una tensión que se mantiene como suspendida, como una trama cuyos destellos no se develan en el final del libro, sino en cada poema.


El libro es acompañado tanto en la tapa como en algunas páginas por la obra de la artista plástica Pato Frey.

-La edición completa de las páginas de este diario no alcanzaría para exponer el anecdotario de Vicky, una gran hacedora, por eso vamos por el inicio, ¿podrías contar Vicky desde dónde empieza todo?


-Nací en Rosario y viví toda mi vida en Rosario. Hice la primaria y la secundaria en un colegio de monjas, Adoratrices y bueno, creo que en algún punto me enseñó algo: a rebelarme. Era un colegio de monjas y al terminar el secundario tuve la necesidad de buscar otros espacios. Empecé el profesorado de Letras, estudié teatro y me reformulé una serie de cuestiones como por ejemplo el tema de la religión, el de la pertenencia social y como dice una frase de Freud: por suerte a mí nada me fue fácil. Yo creo que eso me permitió hacer una búsqueda profunda de muchas cosas porque formo parte de una generación que cuando apenas asomamos la cabeza llegó la dictadura militar. Hay mucha gente de mi generación que está desaparecida y otra gente cuya militancia fue en las cárceles. Siempre digo que somos media generación porque la mitad ha desaparecido. Por eso para mí las actividades colectivas son importantísimas. Cuando me recibí de Profesora de Letras, continué en la Facultad y si vos me preguntas qué estudié durante toda mi vida, te voy a decir la misma carrera, Letras.

-El interés en la literatura, ¿era también el mismo interés por escribir?


-Es que a mí me interesa mucho, a partir de una formación teórica, poner todo en práctica y que, en algún punto, me lleve a la propia creación. En mi caso, fueron los talleres literarios. Ya en la democracia coordiné muchos, el primero fue durante 27 años en la Municipalidad, que dependía de la Secretaría de Cultura de la provincia. Fue en el Centro Cultural Bernardino Rivadavia y el director era Reynaldo Uribe. En esa época, esos talleres eran algo que prácticamente no se conocían o resultaban sospechosos. Hubo un periodo importante entre los años 1987 y 1989, la propuesta era que aquellos que hasta ese momento iban al Centro Cultural como espectadores, pasaran a ser participantes. Y entonces estaban todos sentados en el hall, gente muy joven, y había talleres de música de Myriam Cubelos; análisis del discurso con Coqui Fernández. Había un taller de ciencias para niños que lo dictaba Mario Mántica. Norberto Macera estaba en teatro, y hacíamos cruces, alumnos de uno iban al otro. Lo interesante era lo que planteaban porque me ayudaba a completar una mirada. En ese entonces se comentaba, ¿qué horizonte tenía un joven? Esa era la pregunta y cuando llegaban a ese espacio abierto, sentían algo de asombro y veían que eso realmente funcionaba. Era emocionante darme cuenta de que eso haya sido un espíritu que hoy, aún se mantiene vivo y que se esté moviendo en distintas zonas geográficas. Pero sí hubo un proyecto que quedó en obra, el de formar una carrera de gestión cultural.


“Después estuve en la Biblioteca Argentina, coordinando talleres literarios y un curso de Formación de Coordinadores de Escritura Literaria. Fue un proyecto mío que duró entre 5 y 7 años. La gente que hizo ese curso con un proyecto final, después trabajaron en distintos lugares educativos. Me interesaba ver cómo podía desarrollarse en distintos espacios, en determinado tipo de barrios, o en las cárceles. Un ejemplo fue una de las asistentes, una jueza jubilada que trabajó en las cárceles.

También una bibliotecaria de Pueblo Esther, que le daba libros a los alumnos para que leyeran. La mayoría volvía con el libro intacto porque en su casa no tenían luz o porque sus papás subestimaban el trabajo de la lectura. Entonces ella empezó un taller literario con los padres y otro con los niños. Cada tanto nos reuníamos y cada uno hacia la devolución de su propia experiencia del lugar en el que estuviera trabajando. Era como el taller del taller, sobre los obstáculos con que se iban topando. Cada tanto se siguen comunicando conmigo y me dicen, mirá Vicky, estoy haciendo tal cosa en tal lugar”.

-¿Cómo empieza todo este interés por tu trabajo? Porque en tu obra literaria se capta un interés no solamente por el otro, sino por un ojo clínico posado sobre distintos y múltiples aspectos.


-Quien me entrenó el ojo fue mi abuela. Yo era muy chiquitita y tenía un ojo entrenado, así de corta. Por ejemplo, yo salía del baño, envuelta en una toalla turquesa y mi abuela me decía; “quedate quieta, que hace un bosque”. Ella era una enorme lectora. Entonces yo adolescente, rompí con todos los cánones familiares. Antes de la dictadura, intentaba acercarme a todas las movidas sociales, compraba libros. La primera persona en mi casa que había leído el libro antes que yo era mi abuela. Ella sabía cómo conectarse, era muy hábil. La atención de mi abuela siempre estuvo puesta en mí. Ella vio su transmisión a futuro, a su heredera. Cuando estaba por cumplir 80 años me dice: “bueno, llegar hasta los 80 años está bien”. Pero en el interín yo quedé embarazada de mi primer hijo y ella no tuvo un gesto de amor, tuvo uno muy particular, el de morir antes que naciera mi hijo. Y yo sentí que ella presintió eso, que se iba de la escena y me tocaba a mí, era mi turno. Es muy fuerte para mí esto que te estoy diciendo.

-Estás llevando a cabo un enorme trabajo en el Centro Cultural Atlas, ¿cómo empieza todo? También mencionaste algo sobre tu tiempo para trabajar en tu obra personal


-Es que todo parte desde mi amor por trabajar con otras personas. El año pasado fui curadora del Festival Internacional de Poesía. Entonces no me hago tiempo para escribir y creo que me debo eso conmigo. Siempre trabajaba, criaba hijos, daba clases de lo que me interesaba, también clases en el secundario. Por el otro lado, esta cuestión del trabajo con otros que me hace muy feliz y pienso en el Complejo Cultural Atlas. Era un edificio abandonado que había sido un teatro, un cine y deciden ponerlo en marcha. Es un proyecto privado de gente que invierte en la cultura porque el proyecto nunca tuvo subsidios y siempre fue un lugar de resistencia. Hay proyectos que llevamos a cabo como el Festival de Poesía y Música, Melopeas Fest, que lo hicimos con Alejandra Méndez en el año 2019 en forma presencial y en 2020 y 2021 en forma virtual. Pero hoy es un proyecto donde necesitamos que haya algún flujo de dinero a través de subsidios o instituciones interesadas en auspiciarlo. Cuando me invitaron a que coordinara esa área, yo me estaba jubilando. Me comuniqué con Alejandra Méndez, porque la conocía como una muy buena gestora cultural. Sabemos que este año será complicado, pero seguimos juntas con propuestas porque trabajamos muchísimo y sigue abierto.

VICKY A CABELLO ABIERTO


 "Hablando de las distintas etapas de mi vida, hay algo que siempre está muy presente para mí y es la creación. El poder de la creación excede en algún punto a las religiones y a la política. Y cuando se posibilita, todos tenemos algo para ofrecer y algo para aprender. De distintas maneras la creación que me aúna es esa.

"Lo que me está dando esta entrevista es un conocimiento y tiene que ver en cómo se va dando la conversación. Desde lugares que uno no pensaba en un primer momento y que por ahí es mucho más vital, más vívido. Porque una está hablando desde un aquí y un ahora. A lo mejor hace diez años me preguntaron lo mismo, pero vos lo contarás de otra manera. Vos y yo estamos aprendiendo en este momento, los dos nos estamos enseñando. Cuando venían a mi taller yo les decía: preséntense con todo lo que ustedes son, no con una parte de sí. Porque hay cosas que vos decías, a ver, yo estoy en la peluquería, viene alguien para preguntarme sobre el cabello, entonces yo hago un recorte mío. Yo también hago recortes míos. Pero insisto en que no: poné todo, tanto como si fuera un hijo tuyo, porque eso es lo que posibilita que ahora estés sentado conmigo.

" Yo te digo, mi taller dependía de la Municipalidad. Cambiaba secretario de Cultura ¿y adónde iba yo? La gente que me conocía, que trabajaba en Cultura en la municipalidad, me decía: “Vicky, vos sos como los gatos”. Es cierto, me mandan a Casa de la Poesía y cuando me avisan que cierra, me mandan a la Biblioteca Argentina y así siempre. Y mi taller siempre se llenaba, ¿por qué? Porque me seguían a mí. Algunos me decían, “Vicky, tomalo con calma, ¿no te acordás cuando estuvimos en tal año, en tal lado?”. Se acuerdan más ellos que yo".

 

Minibio

 

Victoria Lovell fue jurado en concursos, panelista en Ferias del Libro y Festivales de Poesía. Fue traducida al francés y al inglés. Integró ediciones y antologías conjuntas y publicó los libros De cobre y barro, Máscaras de familia, Jardines cerrados al público, Olvidante, Desde el hastío y Los Noctiluca


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